miércoles, 11 de noviembre de 2009

EL SISTEMA Y YO

EL SISTEMA Y YO

Por Freddy Quezada

En una fiesta de disfraces, el sistema -- sabiendo todos que no tiene rostro -- es aquel que llega vestido de espejo. Tal atuendo nos hace sentir, al platicar con él, que estamos con nosotros mismos, incluso cuando le enseñamos el puño y le escondemos nuestros sueños. En este sentido, Matrix (el simulacro) es una vulgar máscara de Sphere (la seducción) ese pésimo film (con Dustin Hoffman, Sharon Stone y Samuel Jackson) que no se quiso maestro, acaso a propósito.

Sé que este título, recuerda a dos españoles que nada tuvieron que ver el uno con el otro, aunque ambos vivieron más o menos por la misma época. El autor de “Platero y yo” y el filósofo del “Yo y mis circunstancias”. El creador de un burrito dulce que acompaña siempre al protagonista en sus aventuras y el pensador preocupado por la conciencia y libertades del individuo frente a un marco correlativo que lo condiciona y desafía. Pero si les debo algo, fuera de la parentela del nombre, está en mi memoria y no sé si estas reflexiones los reencuentren en la pesadilla viscosa de las que les hablaré hoy.

Las circunstancias no pueden cambiar y uno quedar permanente. O cambian ambas o no cambia ninguna. O, paradojas de moda, al cambiar ambas no cambia ninguna, porque la conciencia, para existir, necesita que solo una no cambie para que la otra la mire, mida, explique, comprenda y controle. Pero esta es la ilusión que mueve todo. Es el burrito que se deja engañar por la zanahoria en la noria. Es como si Juan Ramón Jiménez se dejara engañar siempre por José Ortega y Gasset.

He perdido la nobleza inconsciente que tenía – inicio la pesadilla. Energía prisionera de otros fines, acaso más perversos. Ahora me poseen la furia de todos los sentimientos que apaciguaba, anulaba o desviaba, mi antigua ilusión. El sistema me traspasa porque es su modo de hacerse empujar; soy transparente, sin duda, porque así me desaparece. Saberlo es el precio que le rindo a un remordimiento infeliz y a una pequeña melancolía que no puedo tocar con el músculo.

La lucidez me cobra un tributo que no permite apartar mi rostro hacia otro lado. Verme en mí mismo, conjugado en una miseria que me supera, me recorta al lado de los otros y me prepara para condenarme con recursos antiguos. Tirado hacia todos lados, calculo y consumo.

Un cielo estomacal revuelve la mirada en la escoria donde se levanta un placer para masacrar mis refinamientos del período ilusorio. Me cercan redondeces y cavidades por todos lados, hasta los límites del tabú clásico. Me hago invisible en medio de la libertad de todos con mi maldito peinado a lo David Cassidy. Y tiranizan mis sentidos, las ambiciones más pequeñas y una desazón nueva que me abrasa en una mendicidad de “no” nocturnos que me temen o estiman mis cuentas para arrasarme.

Salgo de un circuito de protección a un sistema que se alimentaba despóticamente de mis combates. Una pureza rebajada a hacerse elegir siempre de lo peor, claudica. Ahora que ha elegido vivir dentro de él, lo alimenta más todavía. Se premia a sí misma sus nuevos vicios que empieza a sentirlos como aventuras en sus sienes.

Mentira de reos penitenciarios, no hay sistema que tenga la culpa. Es un recurso de gordas (“la belleza se lleva por dentro”) y de la cochina clase media que todo lo esconde debajo de la escritura, como hacen los gatos con la mierda. El sistema es un invento mío, recurso de poeta (“la paz más importante es la de un solo salvaje”) que no puedo remontarlo. Es el oasis para descansar un momento y deshacerme de las bajezas que deliciosamente descargo en los rostros más desagradables que me ha enseñado a desear Sade, el primer publicista del sistema.

¿Quién dice que una dignidad inventada por un lamento se recupera? Que nadie se haga el inocente en este escenario y que no nos haga equivaler con los imbéciles. Hay que eliminar a los rivales que hay en uno, sin asco. Si codicias su lugar con piedad, apártate miserable, que otros bárbaros esperan con el hacha sonriente.

El Saber se sirve por detrás del Placer que, a su vez, tira cadenciosamente del Poder; tres escarabajos empujan en conga (examen de conciencia -- dolor de los pecados -- propósito de enmienda, pasito a la derecha; tesis -- antítesis -- síntesis, pasito a la izquierda; crítica, autocrítica y superación, brinquito) --, la ecuación de un montoncito de estiércol llamado deseo, y recorren todo el sistema separando imperceptiblemente un punto de otro de la esfera, intersticios donde nace la pequeñez, como cabello, que lo derrota para hacerlo de nuevo. Fragmentos triádicos indeseables que se reflejan unos a otros en el vacío como pedazos de una cadena circular que se cierra en uno, privándonos de un punto de vista.

Este trabajo, traidor de una causa inconfesable a la que no pudo servir, y de la que se hace acreedor de una venganza exquisita, cobrada con olvido, vivirá de la impresión y de la seducción de los demás. No pueden decirse los muy gazmoños que no necesitamos empuñar con firmeza grandes mentiras nobles (como hace la Filosofía), estupendas calumnias sin culpas (como hace la Historia), colosales matanzas honorables (como hacen las Guerras), poderosas envidias limpias (como hacen las rivalidades nacionales), trampas llenas de grandezas (como las Democracias), traiciones memorables (como las Elecciones) y monumentales ingratitudes públicas (como las Biografías). Bien visto, el tamaño de nuestros vicios es el mismo en todas las escalas, incluso la virtud, ese vicio travestido que se engaña a sí mismo.

Lo que el sistema ha hecho de mí es sistema. Lo mismo que ha hecho con los demás. Cuando creo expulsar con esta idiotez a cobardes y débiles, no entiendo que están dentro. Cuando digo ¡Pereced bajo mi mano!, como Platero bajo los desahogos de Jiménez, no reconozco que los eliminados son los de afuera. Sólo saltaremos nuestra propia sombra esperando un sol meridiano que, sin opacidades, ilumine la más bella de nuestras miserias: el éxito.

Su anverso, la identidad, avanza enmascarada al abandono de sus resistencias. Sola, colgada de sus esencias inventadas sobre un vacío que la anima, nos recuerda la sabiduría de la cultura de masas que nos ha enseñado a escuchar la música de los clásicos desde las caricaturas y que nos humilla ahora al invitarnos a comentarlas.

Silvestre: -- ¿Y vos quién sois? ¿Acaso D`Artagnan?

Pato Lucas: (disfrazado de Conde) -- ¿me creeríais, si te dijera que soy el enmascarado peligroso?

Silvestre y Porky (riendo): El enmascarado pe, pe, peligroso, que buen chiste.

Lucas, dice la verdad de su identidad, pero la dice desde un disfraz a otro. Un tercer disfraz más y lo hubiésemos averiguado todo. Pero no es tan fácil. No se dejan, las muy cretinas, sin duda, pero no se escapan. Daffy es el vacío que nadie puede reconocer. Nadie sabe realmente quién es. El más escéptico creerá que es un fruto de la Warner Brothers. Es el sistema que ha elegido una máscara, como pudo haber sido otra cualquiera. Lo que hace reír a Silvestre y a Porky, es que el sistema, el peligro, no necesita máscaras, para presentarse. El precio a pagar es no verlo, no temerle, diluirnos en él. Un hombre o mujer, da lo mismo, puede saberse malo hoy porque fue bueno ayer. Envidioso, egoísta y morboso (quiere todo lo que no puede tener) porque se lo debe a haber sido generoso, desprendido y respetuoso (tuvo todo lo que no pudo saber). El sistema nos disuelve circularmente y nos presta máscaras, roles, pasiones, tiempo, comparaciones entre un punto y otro que nos miden, entristecen o alegran, para que actores con poder nos identifiquen en un espacio determinado. Aquí es donde salta el enmascarado peligroso para defendernos del mismo sistema que lo crea.

“El sistema y yo” (en gard, nos dice Lucas, flexibilizando su florete), vivimos de hablarnos continuamente, de preguntarnos y respondernos, de amarnos y odiarnos, de eliminarnos y sustituirnos, de desafiarnos y acomodarnos, de negarnos y reconocernos, en una ilusión que nos hace ver dos agentes, donde sólo hay uno, que no se detiene en un carrusel de acción perpetua que ahoga los intersticios de silencio.

Pero, como el niño que ha crecido junto a uno en el vecindario y que jamás le hemos dirigido la palabra, aunque cada vez que coincidimos, ya viejos, siempre nos miramos directamente a los ojos, sin saludarnos, sabemos que algo se romperá el día que nos hablemos, es decir, al revés, para el caso que nos ocupa, el día que callemos. Mientras tanto, ese día, me prepararé para combatir al sistema aunque, como el alumno al antiguo maestro, llorando por el dolor de la ruptura, por la nostalgia de lo aprendido, por las heridas de la herencia (“Vamos Sam, tócala otra vez”), no me entere que ya habrá muerto y que yo agonizo.

domingo, 1 de noviembre de 2009

MUERA LA REPUBLICA: ¡VIVA LA DIFERENCIA!

MUERA LA REPUBLICA: ¡VIVA LA DIFERENCIA!

(Comentario a la obra "Barroco Descalzo")

Por Freddy Quezada

Cuando se elige ver las cosas desde la "diferancia" como epistemología, cambiando la "e" por la "a", como hace Derrida en su célebre ensayo fundante, equivalente al cambio de "o" por "a" de las especialistas en género, se corren muchos riesgos. Uno de ellos es que un país se vea literalmente dividido, como cuando los dragones de papel en los carnavales chinos se rompen por el centro, y que una parte de la población se quede con la mitad del nombre y la segunda con la otra mitad, como Chequia y Eslovaquia, por ejemplo. Es como si mañana, los costeños decidieran quedarse, con toda justicia, con el AGUA, y el resto del país, pacífico e interior, termináramos siendo conocidos como NICARA.

La diferencia, mientras rompía con la igualdad y los deberes, liberó una energía caótica en todas las direcciones. Puede ser confundida con las fiestas de Artaud, el carnaval de Bajtín, el caos postmoderno, el escepticismo postcolonial y la hibridez postoccidental.

Apenas las diferencias ganaron cierto consenso y lograron carta de ciudadanía, empezaron oprimir al "otro" vencido, que sólo la víspera era el verdugo o cómplice pasivo del viejo orden. Algunos que han advertido el asunto (que se quejan de no poder llamar a los afroamericanos, "negros"; a las personas con capacidades diferentes, "tartamudos" y "ciegos"; a las personas con opciones sexuales distintas, "cochones" y "marimachas"; al marxismo abierto, "totalitarismo"; al lenguaje ordinario, llenarlo de plecas y vocales alternas) creen, y no sin cierta razón, que es la justicia que ha progresado a costa de la libertad. Un día de estos, Vargas Llosa decía que uno ya no puede escribir nada sino está con el temor de ofender a alguien y se preguntaba si Sábato correría para hacerse perdonar ante los no videntes su célebre obra "Sobre Héroes y Tumbas".

A mi juicio, sin embargo, creo que más bien la diferencia pagó con su triunfo, obligar a expresarnos de forma "políticamente correcta", el precio que exige todo poder: reprimir al vencido. Mientras en el reparto del poder, la política se desenmascaró por el descrédito de la ciudadanía, en el lenguaje se cobró la revancha. Los "afroamericanos", no porque los llamemos así han modificado su situación un ápice, y ya sabemos que estar consciente de una cosa alimenta el dolor de ella pero no necesariamente la resuelve; ni las mujeres han mejorado mucho porque usemos las plecas de marras, a no ser que estemos convencidos de que la conciencia llegada de afuera le agrega algo a los sujetos a redimir. El marxismo pagó con su vida esta equivocación.

Se ha creado entre todos ellos una especie de clase media que habla con un discurso ilustrado de nuevo tipo, pero igual de cómoda y arrogante que la clásica pequeña burguesía, que ya a todos nos tiene sin cuidado recordar, después que la sepultaron los mismos que la creamos. Muchos tienen la piel oscura, pero se mueren por vivir como los blancos; otras, lanzan discursos radicales desde las conferencias internacionales de Pekín y Nueva Delhi lanzando e-mail mundiales para mujeres pobres desde sus laptop de 2000 dólares.

Es la diferencia de la diferencia, que jamás puede ser igual a sí misma pero que, en algún momento de verdad, lo es.

Ahora, la diferencia, en sus excesos, está cobrando el precio del mismo modo que sus enemigos, que no pueden ser "otros", porque es una categoría reservada para "otros", iguales en dignidad, derechos y respeto, es decir, ellos y ellas mismas. Siempre habrá, en estas lecturas, un otro/a, que no es deseable. Es decir, para repetir el error que queremos evitar, habrá diferencias buenas y diferencias malas, como las que un país puede ver entre turistas y emigrados. Así, pues, las diferencias se disparan en dos direcciones: son liberadoras mientras se están haciendo y opresivas cuando están hechas. Entonces no hay diferencia única

Dentro de la tradición de Leonel Delgado (aún muy literario en Márgenes recorridos) y Carlos Midence (todavía muy sociológico en Rubén Darío y las Nuevas Teorías), Erick Blandón nos trae el aparato de los Estudios Culturales y el postmodernismo de la diferencia, para deconstruir nuestros imaginarios nacionales, en particular dos: el Guegüense en el reino escriturario y el Torovenado en el oral.

Todos estos autores coinciden en destacar el poder de la narración como código maestro de deconstrucción en las combinaciones hasta hoy inadvertidas entre los canon literarios y la historia real, tiempo y narración (colonial y subalterna) de los Estados naciones. Las teorías literarias se funden con las filosofías de la historia y el poder que tienen después por medio de los intelectuales como imaginarios de referencias. Un poco como cruzar las perspectivas de Ricoeur y Foucault, e inscribirlas en las nuevas corrientes de los estudios culturales, subalternos y postcoloniales que se desarrollan en las universidades de los países rápidos.

La propuesta de Blandón nos hace ver que los imaginarios nacionales son recursos de poder que usan distintas capas sociales, generalmente letradas, para mantener la cohesión social e identitaria del Estado nación. Darío y Sandino, no escapan a estas lógicas que Blandón centra sólo sobre el Guegüense, un personaje del Pacífico nicaragüense que se impuso a todo el país, bajo el discurso de un mestizaje sepultador de la diferencia étnica, sexual, de género y colonial.

Esta manera exige la solidaridad entre los ilustrados, independientemente de sus contradicciones (como la referida por el autor entre Carlos Cuadra Pasos y Jaime Wheelock sobre Pedrarias Dávila) para inventar las tradiciones (como demostró Erick Hobsbawm) o mantener una comunidad imaginada (como la concibe Benedict Anderson).

El método o los principios que usa Blandón son tributarios del diferencialismo derridiano que elogia las diferencias sean estas de sexo, raza, género, clase o colonialidad. A esta altura me parece, sin embargo, que llega tarde este movimiento que agoniza y ha sido reabsorbido por otras escuelas (como los Estudios Culturales mismos y el postcolonialismo), pero que en Nicaragua son una novedad. Una vez hizo notar Arturo Andrés Roig, uno de nuestros filósofos latinoamericanos más notables, que el barroco es nuestro postmodernismo (una especie de pre- post), y que en ese sentido nuestros teóricos han sido José Lezama Lima y Alejo Carpentier. Así, pues, siempre están llegando tarde a América Latina unas ideas que siempre han estado aquí.

Siguiendo esta línea, hay un aspecto sobre las diferencias que quiero tratar basado sobre lo que dijo hace tiempo otro autor latinoamericano, también considerado pre-postmoderno. "Pensar es olvidar las diferencias" -- decía. En efecto, ver diferencias en todos lados es matar el pensamiento (un perro no puede ser todos los perros del planeta en sus diferencias), pero la operación también mata la memoria, porque las cosas en su unidad siempre son y serán como las recordamos o como nos la contaron la primera vez. Es decir, no podemos ver más que a través de la memoria, es decir, del pensamiento. De ahí que Funes no pueda ser el memorioso, si no, al revés, el desmemoriado y esta es la gran broma que nos gasta Borges, porque Funes, al reconstruir un día entero en dos, no necesita la memoria, porque sólo se pueden ver diferencias sin ella. La memoria es la que permite las comparaciones al medir una cosa con otra e imponerse la que cuenta con el mayor poder de seducción y fuerza. Nadie sabe si Nicaragua es pobre o no, así como nadie conoce el tamaño de su cara, si no es en un cuadro comparativo donde nos imponen los referentes. La realidad sin comparaciones es infinitamente rica en sus diferencias, mata al tiempo, es atemporal al pensamiento y a esa diferencia que compara y mide. Se es lo real. Es.

El concepto de Estado nación en Europa, se impuso también como diferencia (homogenizada a lo interno con un himno, una bandera, una moneda, una lengua y una narración épica única) frente al "otro" diferente (las otras naciones que hacían lo mismo). La nación es un imaginario violento, impuesto por los letrados en forma de leyes, custodiado por un ejército y en el cual los intelectuales asumieron un papel de cómplices (ya sabemos lo delicioso que es ser opresor y, más todavía, defender a los oprimidos pero, faltaba más, sin confundirse con ellos). Blandón lo descubre así: "Es la pervivencia de una estructura de pensamiento de bases coloniales, que pone al descubierto las limitaciones del letrado en su solidaridad con el subalterno, que no pasa por negociar su lugar hegemónico de enunciación, ni por la renuncia al sitio en torno al cogollo del poder, que heredó de la colonia, y sobre el cual siguió cabalgando desde la independencia hasta la revolución sandinista y de esta a lo que corre en la era de la globalización neoliberal".

Pero ahora viene la gran pregunta autorreferencial que nos echa a perder todo ¿cómo un letrado, por medio de la escritura, llama a otro a no serlo? Yo sería, por ejemplo, en este escenario, si me uniera a Blandón, un eslabón más de la cadena, que no debiera decirse. Una de dos: lo digo para que de verdad, incluyendo al que lo dice, se suiciden todos de una maldita vez, o, lo digo como una boutade, para continuar el juego. Me parece que nadie puede estar en la primera opción porque está muerto o decidió callarse; entre los segundos, nos contamos muchos, porque son otros discursos más, sin decir que queremos imponerlo.

Esta expresión nos saca de la lógica del discurso y nos mete de cabeza en la de la fuerza. Cuando uno exige, como lo hace el Dr. Blandón, que haya diálogo y consenso entre las diferencias y cito "Donde haya diálogo con el respeto que ello implica para todas las diferencias, y no el monólogo de una voz tonante desde el lugar de la hegemonía letrada", no perseguirá mi viejo profesor, ser él la voz tunante (otra vez ilustrada) que condena?

Hay una diferencia entre Blandón y yo (y no puedo decir si es de la buena o de la mala): él cree que se puede conocer a los subalternos y corre el riesgo de construir otros sufrientes. ¿Es que no puede mi querido profesor, como dice Peter Sloterdijk, "aceptar con gesto hosco cualquier dación de sentido a partir de sí mismo y de ahí el shock nihilista cuando se reconoce que no hay sentido, sino que nosotros lo fingimos (y después lo olvidamos, le agrego yo) para después consumirlo"?

Blandón, mi viejo y respetado profesor, cree que los "otros" pueden hablar con voz propia porque la han perdido o se las han silenciado, pero porqué no piensa que son también un invento "...las historias emergentes pueden ser escritas, dichas u oídas e inscritos los signos de las identidades contrahegemónicas. Es decir, que el subalterno desde su etnia o comunidad, desde su sexualidad o género recupere la voz o la representación perdidas en el proceso de colonialidad y homogenización"?

La pregunta sería entonces, si la igualdad, ese término áspero e ilusorio que nos ha perseguido, no rompió las ataduras de los subalternos, el diferencialismo las anudó aún más, haciéndonos representar una nueva máscara, la diferencia por fuera de nosotros mismos.

No puedo decir que los otros u otras se pueden conocer o no, para mi es una indecidibilidad godeliana. Esa suspensión, como la colgadura del árbol donde muchos debemos pender, es la única opción que tienen los desesperados del saber como yo. Nadie puede saber quién es el otro, porque ya lo es, y está en serlo no saberlo. El otro puede llegar a ser construido por un infinito de imaginarios para el otro que nunca sabrá quién es.

Nuestra cultura no puede entenderse mientras no conciba seres sufrientes marcado por el cristianismo. El sentido más fuerte de nuestra cultura es el dotar de sentido mediante recompensa y castigo al dolor ajeno. El sufrimiento, sobre todo el de los inocentes, no quiere, no debe y no puede quedar sin castigo para los responsables, y sin recompensa (en el cielo, en el mañana, en el hoy) para las víctimas. En estas coordenadas el intelectual, construye sucedáneos de sufrientes: esclavos, siervos, individuos, trabajadores, colonizados, mujeres, etnias, minorías sexuales, y ahora subalternos.

Pero también la venganza que se ha tomado el espíritu postmoderno en contra del dolor de los sufrientes, imaginados por sus intelectuales, es el placer por el placer, no sólo de romper con los redencionismos sino de quemar el puente que los unía con la sustitución del deber por los derechos: así, dolor y placer, unidos por una bisagra, el deber, para alcanzar la felicidad, vienen a ser la misma cosa en la modernidad. Los postmodernos sólo la invirtieron: placer y dolor, unidos con otra bisagra, el derecho, para evitar el sufrimiento. Total, como descubrió Buda, el dolor y el placer son lo mismo, y se pasa del uno al otro, y viceversa, por medio del deseo, cuyo nombre en occidente es la promesa emancipadora y el consumo.

Las cadenas de diferencias son círculos concéntricos elásticos que sólo una voluntad de saber y poder decide donde detenerlos. Es como la inútil búsqueda del átomo de los viejos físicos y el descubrimiento del holismo de las partículas más pequeñas. La modernidad detuvo las diferencias en las fronteras del Estado-nación primero (siendo el "otro" Estado, el enemigo) y, en las clases sociales, después (siendo el "otro", el burgués, el enemigo).

Ahora se ha reducido el nudo y por lógica los defensores de la diferencia tienen que colegir que el Estado y las clases sociales se han debilitado. Hay que decir en consecuencia que el Estado-nación tiende a desaparecer como imaginario dominante para dar paso al archipiélago de diferencias que nos circula y que exigen nuevas mediaciones. Y, como Blandón no lo hace, no sé si por prudencia o desconocimiento de las conclusiones de sus propias premisas, al amparo de aquel refrán luterano, que me permitirá este exquisito auditorio reproducir con respeto, "un culo estricto rara vez deja escapar un pedo jovial", déjenme decirlo a mí:

¡Muera la nación,

viva la diferencia!

7 de agosto de 2003

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Penser contre soi


Pensar contra sí mismo

Emile Cioran


Debemos la casi totalidad de nuestros conocimientos a nuestras violencias, a la exacerbación de nuestro desequilibrio. Incluso Dios, por mucho que nos intrigue, no es en lo más íntimo de nosotros donde le discernimos, sino justo en el límite exterior de nuestra fiebre, en el punto preciso en el que, al afrontar nuestro furor al suyo, resulta un choque, un encuentro tan ruinoso para El como para nosotros. Alcanzado por la maldición que los actos conllevan, el violento no fuerza su naturaleza, no va más allá de sí mismo, más que para volver de nuevo a sí enfurecido, como agresor, seguido de sus empresas, que vienen a castigarle por haberlas suscitado. No hay obra que no se vuelva contra su autor: el poema aplastará al poeta, el sistema al filósofo, el acontecimiento al hombre de acción. Se destruye cualquiera que, respondiendo a su vocación y cumpliéndola, se agita en el interior de la historia; sólo se salva quien sacrifica dones y talentos para que, liberado de su condición de hombre, pueda reposarse en el ser. Si aspiro a una carrera metafísica, no puedo a ningún precio guardar mi identidad; debo liquidar hasta el menor residuo que me quede de ella; mas si, por el contrario, me aventuro en un papel histórico, la tarea que me incumbre es exasperar mis facultades hasta que estalle con ellas. Siempre se perece por el yo que se asume; llevar un nombre es reivindicar un modo exacto de hundimiento.
Fiel a sus apariencias, el violento no se desanima, vuelve a empezar y se obstina, ya que no puede dispensarse de sufrir. ¿Que se encarniza en la perdición de los otros? Es el rodeo que toma para llegar a su propia perdición. Bajo su aire seguro de sí, bajo sus fanfarronadas, se esconde un apasionado de la desdicha. De este modo, es también entre los violentos donde se encuentran los enemigos de sí mismos. Y todos nosotros somos violentos, rabiosos que, por haber perdido la llave de la quietud, no tienen ya acceso mas que a los secretos del desgarramiento.

En lugar de dejar al tiempo triturarnos lentamente, hemos creído oportuno sobreabundar en él, añadir a sus instantes los nuestros. Ese tiempo reciente, injertado en el antiguo, ese tiempo elaborado y proyectado debía pronto revelar su virulencia; objetivándose, iba a convertirse en historia, monstruo urdido por nosotros contra nosotros mismos, fatalidad a la que no podríamos escapar, ni aun recurriendo a las fórmulas de la pasividad, a las recetas de la sabiduría.

Intentar una cura de ineficacia; meditar sobre los padres taoístas, su doctrina del abandono, del dejarse llevar, de la soberanía de la ausencia; seguir, según su ejemplo, el recorrido de la conciencia cuando deja de tenérselas con el mundo y se moldea sobre todas las cosas, como el agua, elemento al que son afectos, eso ya podemos esforzarnos en lograrlo, que no lo conseguiremos jamás. Ellos condenan juntamente nuestra curiosidad y nuestra sed de dolores; y en esto se diferencian de los místicos, y singularmente de los de la edad media, hábiles en recomendarnos las virtudes de la camisa de cerdas, de la piel de erizo, del insomnio, de la inanición y del gemido.

«La vida intensa es contraria al Tao», enseña Lao-Tsé, el hombre más normal que hubiere. Pero el virus cristiano nos recome: legatarios de los flagelantes, sólo refinando nuestros suplicios tomamos conciencia de nosotros mismos. ¿Qué la religión declina? Perpetuaremos sus extravagancias, como perpetuamos las maceraciones y los gritos de las celdas de antaño, ya que nuestra voluntad de sufrir iguala a la de los conventos en la época de su florecimiento. Si bien la Iglesia no goza ya del monopolio del infierno, no por eso nos tendrá menos anclados a una cadena de suspiros, al culto del padecimiento, de la alegría fulminada y de la tristeza jubilosa.

El espíritu, tanto como el cuerpo, paga los gastos de la «vida intensa». Maestros en el arte de pensar contra sí mismos, Nietzsche, Baudelaire y Dostoievski nos han enseñado a apostar por nuestros peligros, a ampliar la esfera de nuestros males, a adquirir existencia por la división de nuestro ser. Y lo que a los ojos del gran chino era símbolo de decadencia, ejercicio de imperfección, constituye para nosotros la única modalidad de poseernos, de entrar en contacto con nosotros mismos.
«Que el hombre no ame nada y será invulnerable». («Chuang‑tzé»). Máxima profunda como inoperante. ¿Cómo alcanzar el apogeo de la indiferencia, cuando nuestra misma apatía es tensión, conflicto, agresividad? No hay ningún sabio entre nuestros antecesores, sino insatisfechos, veleidosos, frenéticos, cuyas decepciones y desbordamientos nos será preciso prolongar.
Siempre según nuestros chinos, sólo el espíritu desapegado penetra en la esencia del Tao; el apasionado no percibe más que los efectos: el descenso a las profundidades exige el silencio, la suspensión de nuestras vibraciones, léase de nuestras facultades. Pero ¿no es ya revelador que nuestra aspiración a lo absoluto se exprese en términos de actividad, de combate, que un Kierkegaard se titule «caballero de la fe», y que Pascal no sea nada más que un panfletario? Atacamos y nos debatimos; no conocemos, pues, más que los efectos del Tao. Por lo demás, la quiebra del quietismo, equivalente europeo del taoísmo, dice mucho sobre nuestras posibilidades y nuestras perspectivas.

No veo nada más contrario a nuestras costumbres que el aprendizaje de la pasividad. (La época moderna comienza con dos histéricos: Don Quijote y Lutero.) Si elaboramos tiempo, si lo producimos, es por repugnancia a la hegemonía de la esencia y a la sumisión contemplativa que supone. El taoísmo me parece la primera y última palabra de la sabiduría: soy, sin embargo, refractario a él, mis instintos lo rechazan, como rechazan doblegarse a lo que sea, hasta tal punto pesa sobre nosotros la herencia de la rebelión. ¿Nuestro mal? Siglos de atención al tiempo, de idolatría del futuro. ¿Nos libraremos de él por algún recurso de la China o de la India?

Hay formas de sabiduría y liberación que no podemos ni aprehender desde dentro, ni transformarlas en nuestra sustancia cotidiana, ni siquiera encerrarlas en una teoría. La liberación, si efectivamente uno se empeña en ella, debe proceder de nosotros: no hay que buscarla en otra parte, en un sistema completamente acabado o en alguna doctrina oriental. Empero esto es lo que ocurre en numerosos espíritus ávidos, como suele decirse, de absoluto. Pero su sabiduría es un plagio, su liberación un engaño. No incrimino aquí solamente a la teosofía y sus adeptos, sino a todos los que se equipan con verdades incompatibles con su naturaleza. Más de uno tiene la India fácil, se imagina haber desenmarañado sus secretos, cuando nada le dispone a ello ni su carácter, ni su formación, ni sus inquietudes. ¡Qué pulular de falsos «liberados» que nos miran desde lo alto de su salvación! Tienen buena conciencia; ¿acaso no pretenden situarse por encima de sus actos? Superchería intolerable.

Apuntan, además, tan alto que toda religión convencional les parece un prejuicio de familia, con la que su «espiritu metafísico» no sabría contentarse. Reclamarse de la India suena indudablemente mejor. Pero olvidan que ésta postula acuerdo entre la idea y el acto, identidad de la salvación y de la renuncia. Cuando se posee «el espíritu metafísico»», esas son bagatelas de las que uno no se preocupa.

Tras tanta impostura y tanto fraude, es reconfortante contemplar a un mendigo. El, al menos, ni miente ni se miente: su doctrina, si la tiene, la encarna él mismo; no le gusta el trabajo y lo prueba; como no desea poseer nada, cultiva su desprendimiento, condición de su libertad. Su pensamiento se resuelve en su ser y su ser en su pensamiento. Está falto de todo, es él mismo, dura. Estar a la altura de la eternidad es también vivir al día. De este modo, para él, los otros están encerrados en la ilusión. Cierto que depende de ellos, pero se venga estudiándolos, especializado como está en los trasfondos de los sentimientos «nobles». Su pereza, de una rara calidad, hace de él un auténtico «liberado», perdido en un mundo de bobos y engañados. Sobre la renuncia, sabe mucho más que numerosas de vuestras obras esotéricas. Para convenceros, no tenéis más que echaros a la calle... ¡Pero no! Preferís los textos que preconizan la mendicidad. Ya que ninguna consecuencia práctica acompaña vuestras meditaciones, no es de extrañar que el último de los pordioseros valga más que vosotros. ¿Es concebible el Buda fiel a sus verdades y a su palacio? No se es «liberado‑vivo» y propietario. Me rebelo contra la generalización de la mentira, contra los que exhiben su pretendida «salvación» y la apuntalan con una doctrina que no emana de sus profundidades. Desenmascararlos, hacerlos descender del pedestal en el que se han izado, ponerlos en la picota, es una campaña a la que nadie debería permanecer indiferente. Pues a todo precio, es preciso impedir a los que tienen demasiado buena conciencia vivir y morir en paz.

Cuando hace un momento nos oponíais lo «absoluto», afectabais un airecillo profundo, inaccesible, como si os debatieseis en un mundo lejano, con una luz, con unas tinieblas que os pertenecen, dueños de un reino al que nadie fuera de vosotros podría abordar. Nos dispensáis, a nosotros los mortales, unas pocas briznas de los grandes descubrimientos que acabáis de efectuar, algunos restos de vuestras prospecciones. Pero todas vuestras penas sólo logran haceros soltar ese pobre vocablo, fruto de vuestras lecturas, de vuestra docta frivolidad, de vuestra nada libresca y de vuestras angustias de prestado.

Lo absoluto: todos nuestros esfuerzos se reducen a minar la sensibilidad que conduce a ello. Nuestra sabiduría ‑o, más bien, nuestra no‑sabiduría‑ lo repudia; relativista, nos propone un equilibrio, no en la eternidad, sino en el tiempo. El absoluto que evoluciona, esa herejía de Hegel, se ha convertido en nuestro dogma, nuestra trágica ortodoxia, la filosofía de nuestros reflejos. Quien cree poder hurtarse a ella, da prueba de fanfarronería o ceguera. Arrinconados en la apariencia, a veces nos ocurre que abrazamos una sabiduría incompleta, mezcla de sueño e imitación. Si la India, para citar de nuevo a Hegel, representa «el sueño del espíritu infinito», el sesgo de nuestro intelecto, así como el de nuestra sensibilidad, nos obliga a concebir el espíritu encarnado, limitado a encaminamientos históricos, el espíritu sin más, que no abarca el mundo, sino los momentos del mundo, tiempo despedazado al que no escapamos más que a tirones, y cuando traicionamos nuestras apariencias.

Como la esfera de la conciencia se encoge en la acción, nadie que actúe puede aspirar a lo universal, pues actuar es aferrarse a las propiedades del ser en detrimento del ser, a una forma de realidad en perjuicio de la realidad. El grado de nuestra liberación se mide por la cantidad de empresas de las que nos hemos emancipado, tanto como por nuestra capacidad de convertir todo objeto en un no‑objeto.

Pero nada significa hablar de liberación a partir de una humanidad apresurada que ha olvidado que no se podría reconquistar la vida ni gozar de ella sin haberla antes abolido.

Respiramos demasiado pronto para poder aprehender las cosas en sí mismas o para denunciar su fragilidad. Nuestro jadeo las postula y las deforma, las crea y las desfigura, y nos encadena a ellas. Me agito, emito un mundo tan sospechoso como esa especulación mía que lo justifica, me desposo con el movimiento, que me transforma en generador de ser, en artesano de ficciones, mientras que mi verbo cosmogónico me hace olvidar que arrastrado por el torbellino de los actos no soy más que un acólito del tiempo, un agente de universos caducos.

Ahítos de sensaciones y de su corolario, el devenir, somos no‑liberados por inclinación y por principio, condenados selectos, presa de la fiebre de lo visible, husmeadores en esos enigmas superficiales a la medida de nuestro agobio y nuestra trepidación.

Si queremos recobrar nuestra libertad, lo que nos cuadra es deponer el fardo de la sensación, no reaccionar ya al mundo por medio de los sentidos, romper nuestros lazos. Empero, toda sensación es lazo, el placer tanto como el dolor, la alegría como la tristeza. Sólo se libera el espíritu que, puro de todo contubernio con seres u objetos, se ejerce en su vacuidad.

Resistirse a la felicidad es algo que la mayoría logra; la desdicha, en cambio, es insidiosa de otro modo. ¿La habéis probado alguna vez? Nunca os saciaréis de ella, la buscaréis con avidez y, preferentemente, allí dónde no está, y la proyectaréis ahí pues, sin ella, todo os parecería inútil y sin brillo. Se encuentre donde se encuentre, expulsa el misterio y lo torna luminoso. Sabor y llave de las cosas, accidente y obsesión, capricho y necesidad, os hará amar la apariencia en lo que tiene de más potente, de más duradero y de más cierto, y os atará a ella para siempre, pues, «intensa» por naturaleza, es, como toda «intensidad», servidumbre, sujeción. ¿Cómo alzarse hasta el alma indiferente y nula, hasta el alma desligada? Y ¿cómo conquistar la ausencia, la libertad de la ausencia? Nunca figurará esta libertad entre nuestras costumbres, como tampoco «el sueño del espíritu infinito».

Para identificarse con una doctrina venida de lejos, habría que adoptarla sin restricciones: ¿Cómo se compagina consentir en las verdades del budismo y rechazar la trasmigración, base misma de la idea de renunciamiento? ¿Y suscribir a los Vedas, aceptar la concepción de la irrealidad de las cosas y comportarse como si existieran? Inconsecuencia inevitable para todo espíritu educado en el culto de los fenómenos. Porque debemos confesarlo: tenemos el fenómeno en la sangre. Podemos despreciarlo o aborrecerlo, no por ello dejará de ser nuestro patrimonio, nuestro capital de muecas, el símbolo de nuestra crispación en este mundo. Raza de convulsivos, en el centro mismo de una broma de proporciones cósmicas, hemos impreso en el universo los estigmas de nuestra historia, y de esa iluminación que invita a perecer tranquilamente, nunca seremos capaces. Hemos elegido desaparecer por nuestras obras, no por nuestros silencios: nuestro futuro se lee en la risotada de nuestros rostros, en nuestros rasgos de profetas mortecinos y afanosos. La sonrisa de Buda, esa sonrisa que flota sobre el mundo, no ilumina nuestros rostros. A lo máximo, concebimos la dicha; nunca la felicidad, privilegio de las civilizaciones fundadas sobre la idea de salvación, sobre la negativa a saborear sus males, a deleitarse en ellos; pero, sibaritas del dolor, retoños de una tradición masoquista, ¿quién nos columpiará entre el Sermón de Benarés y el Heautontimoroumenos? «Soy la herida y el puñal» [(Verso del poema de Baudelaire «Heautontimoroumenos» (N. del T.)]: tal es nuestro absoluto, nuestra eternidad.

En cuanto a nuestros redentores, venidos entre nosotros para nuestro mayor oprobio, amamos la nocividad de sus esperanzas y de sus remedios, la diligencia que ponen en favorecer y exaltar nuestros males, el veneno que nos inoculan sus palabras de vida. Les debemos el ser expertos en el sufrimiento sin remedio. ¡A qué tentación, a qué extremos nos conduce la lucidez! ¿Vamos a desertar de ella para refugiamos en la inconsciencia? Cualquiera puede salvarse por medio del sueño, cualquiera tiene genio mientras duerme: no hay diferencias entre los sueños de un carnicero y los de un poeta. Pero nuestra clarividencia no podría tolerar que tal maravilla durase, ni que la inspiración fuese puesta al alcance de todos; el día nos quita los dones que la noche nos dispensa. Sólo el loco posee el privilegio de pasar sin roces de la existencia nocturna a la diurna: no hay distinción alguna entre sus sueños y sus vigilias. Ha renunciado a nuestra razón como el pordiosero a nuestros bienes. Los dos han encontrado la vía que lleva fuera del sufrimiento y han resuelto todos nuestros problemas; y de este modo permanecen como modelos que no podemos seguir, como salvadores sin adeptos.

Mientras hurgamos en nuestros males, los de los otros no nos requieren menos. En la época de las biografías, nadie oculta sus llagas sin que intentemos destaparlas a la luz pública; si no lo logramos, nos apartamos de ellos plenamente decepcionados. E incluso aquel que acabó en la cruz, no cuenta aún ante nuestros ojos en modo alguno por haber sufrido por nosotros, sino por haber sufrido sin más y lanzado unos cuantos gritos tan profundos como gratuitos. Pues lo que veneramos en nuestros dioses son nuestras derrotas en hermoso.

Abocados a formas degradadas de sabiduría, enfermos de duración (durée, T.), en lucha con esa tara que nos repele tanto como nos seduce, en lucha con el tiempo, estamos constituidos de elementos todos los cuales concurren en hacer de nosotros rebeldes divididos entre una mística llamada que no tiene ningún lazo con la historia y un sueño sanguinario que es su símbolo y su nimbo. Si tuviéramos un mundo nuestro, ¡poco importaría que fuese el de la piedad o el de la risotada! nunca lo tendremos, ya que nuestra posición en la existencia se sitúa en el cruce de nuestras súplicas y de nuestros sarcasmos, zona de impureza en la que se mezclan suspiros y provocaciones. Quien es demasiado lúcido para adorar lo será igualmente para demoler, o no demolerá más que sus... rebeliones; pues ¿de qué sirve rebelarse para encontrar de inmediato el universo intacto? Monólogo irrisorio. Se subleva uno contra la justicia y contra la injusticia, contra la paz y la guerra, contra sus semejantes y contra los dioses. Después, se llega a pensar que el último viejo chocho es quizá más sabio que Prometeo. Sin embargo, no se llega a ahogar" en uno mismo un grito de insurrección, y se continúa tronando a propósito de todo y de nada: automatismo lastimoso que explica por qué somos todos Luciferes de estadística.

Contaminados por la superstición del acto, creemos que nuestras ideas deben realizarse. ¿Qué hay más contrario a la consideración pasiva del mundo? Pero tal es nuestro destino: ser incurables que protestan, panfletarios en un camastro.

Nuestros conocimientos, como nuestras experiencias, deberían paralizarnos y hacernos indulgentes incluso para con la tiranía, desde el momento en que representa una constante. Somos lo suficientemente clarividentes como para sentirnos tentados de deponer las armas; el reflejo de la rebelión triunfa empero sobre nuestras dudas; y aunque podríamos ser unos perfectos estoicos, el anarquista vela en nosotros y se opone a nuestras resignaciones.

«Jamás aceptaremos la Historia»: tal me parece ser el adagio de nuestra impotencia para ser verdaderos sabios o verdaderos locos. ¿Seremos figurones de la sabiduría y de la locura? Hagamos lo que hagamos, respecto a nuestros actos estamos obligados a una profunda insinceridad.

Evidentemente, un creyente se identifica hasta un cierto punto con lo que hace y con lo que cree; no hay en él una divergencia importante entre su lucidez, por una parte, y sus acciones y pensamientos por otra. Tal divergencia se ensancha desmesuradamente en el falso creyente, en quien manifiesta convicciones sin adherirse a ellas. El objeto de su fe es un sucedáneo. Digámoslo sin ambages: mi rebelión es una fe que suscribo sin creer en ella. Pero ‑no puedo dejar de suscribirla. Nunca se meditará bastante la frase de Kirilov sobre Stavroguin: «Cuando cree no cree que cree, y cuando no cree no cree que no cree».

Más aún que el estilo, el ritmo mismo de nuestra vida está fundado sobre la honorabilidad de la rebelión. Como nos repugna admitir la identidad universal, ponemos la individuación, la heterogeneidad, como un fenómeno primordial. Pues bien, rebelarse es postular esa heterogeneidad, es concebirla de algún modo como anterior origen de los seres y de los objetos. Si opongo la Unidad, la única verídica, a la multiplicidad, necesariamente engañosa, si, en otros términos, asimilo lo otro a un fantasma, mi rebelión se vacía de sentido, ya que, para existir, debe partir de la irreductibilidad de los individuos, de su condición de mónadas, de esencias circunscritas. Todo acto instituye y rehabilita la pluralidad, y, confiriendo a la persona realidad y autonomía, reconoce implícitamente la degradación, el despedazamiento de lo absoluto. Y es de éste, del acto, y del culto que le es ajeno, de donde procede la tensión de nuestro espíritu, y esa necesidad de estallar y de destruirnos en el corazón de la duración (durée, T.). La filosofía moderna, instaurando la superstición del yo, ha hecho de ella el resorte de nuestros dramas y el pivote de nuestras inquietudes. Añorar el reposo en la indistinción, el sueño neutro de la existencia sin cualidades, no sirve de nada; nos hemos querido sujetos, y todo sujeto es ruptura con la quietud de la Unidad. Quien se ataree en atenuar nuestra soledad o nuestros desgarramientos va contra nuestros intereses y nuestra vocación. Medimos el valor del individuo por la suma de sus desacuerdos con las cosas, por su incapacidad para ser indiferente, por su negativa a tender hacia el objeto. Y de aquí la descalificación de la idea de Bien, de aquí la voga del Diablo.

Mientras vivíamos rodeados de terrores elegantes, nos acomodábamos muy bien a Dios. Cuando otros, más sórdidos, porque más profundos, se apoderaron de nosotros, precisamos de otro sistema de referencias, de otro patrón. El Diablo era la figura pintiparada. Todo en él concuerda con la naturaleza de los acontecimientos de los que es agente y principio regulador: sus atributos coinciden con los del tiempo. Implorémosle, pues, ya que, lejos de ser un producto de nuestra subjetividad, una creación de nuestra necesidad de blasfemia o soledad, es el maestro de nuestras interrogaciones y de nuestros pánicos, el instigador de nuestros desvaríos. Sus protestas, sus violencias, no carecen de equívocos: ese «gran Triste» es un rebelde que duda. Si fuera simple, de una sola pieza, no nos atañería; pero sus paradojas, sus contradicciones, son nuestras: acumula nuestras imposibilidades, sirve de modelo a nuestras rebeliones contra nosotros mismos, al odio de nosotros mismos. ¿La fórmula del infierno? Es en esa forma de rebelión y de odio donde hay que buscarla, en el suplicio del orgullo derribado, en esa sensación de ser una terrible cantidad desdeñable, en los tormentos del «yo», de ese «yo» por el que comienza nuestro fin...

De todas las ficciones, la de la Edad de Oro es la que más nos pasma: ¿cómo ha podido rozar las imaginaciones? Y es para denunciarla y por hostilidad contra ella por lo que la historia, agresión del hombre contra sí mismo, ha cobrado empuje y forma; de tal suerte que entregarse a la historia es aprender a sublevarse, a imitar al Diablo. Nunca lo imitamos tan bien como cuando, a expensas de nuestro ser, emitimos tiempo, lo proyectamos fuera y lo dejamos convertirse en sucesos. «A partir de ahora, ya no habrá tiempo»: ese metafísico improvisado que es el Angel del Apocalipsis anuncia de este modo el fin del Diablo, el fin de la Historia. De este modo, los místicos tienen razón de buscar a Dios en sí mismos o en otra parte, salvo en este mundo del que hacen tabla rasa, sin por ello rebajarse a la rebelión. Saltan fuera del siglo: locura de la que nosotros, cautivos de la dudación, somos raramente capaces. ¡Si al menos fuésemos tan dignos del Diablo como ellos lo son de Dios!

Para persuadirse de que la rebelión goza de una honorabilidad indebida basta reflexionar sobre la manera en que se califica a los espíritus ineptos para ella. Se les llama blandengues. Es casi cierto que estamos cerrados a toda forma de sabiduría porque no vemos en ella mas que una blandenguería transfigurada. Por injusta que sea una reacción semejante, no puedo impedir sentirla para con el mismo taoísmo. Aun sabiendo que recomienda el alejamiento y el abandono en nombre del absoluto y no de la cobardía, lo rechazo en el momento mismo en que creo haberlo adoptado; y si doy mil veces razón a Lao-tsé, sin embargo, comprendo mejor a un asesino. Entre la serenidad y la sangre, lo natural es inclinarse hacia la sangre. El asesinato supone y corona la rebelión: quien ignora el deseo de matar, por mucho que profese opiniones subversivas, siempre será un conformista.

Sabiduría y rebelión: dos venenos. Incapaces de asimilarlos ingenuamente, no encontramos en ninguno de los dos una fórmula de salvación. Sigue siendo cierto que en la aventura luciferina hemos adquirido una maestría que nunca poseemos en la sabiduría. Para nosotros, la misma percepción es sublevación, comienzo de trance o de apoplejía. Pérdida de energía, voluntad de gastar nuestras disponibilidades. Rebelarse con cualquier motivo comporta una irreverencia contra uno mismo, contra nuestras fuerzas. ¿De dónde sacaríamos para la contemplación ese derroche estático, esa concentración en la inmovilidad? Dejar las cosas tal como están, mirarlas sin querer morderlas, percibir su esencia, nada más hostil a la dirección de nuestro pensamiento; aspiramos, por el contrario, a zarandearlas, a torturarlas, a prestarles nuestros furores. Así debe ser: idólatras del gesto, del juego y del delirio, gustamos de los que arriesgan el todo por el todo, tanto en poesía como en filosofía. El Tao‑te‑kin va más lejos que Une saison en enfer o Ecce Homo. Pero Lao‑tsé no nos propone ningún vértigo, en tanto que Rimbaud y Nietzsche, acróbatas que se contorsionan en el punto extremo de sí mismos, nos invitan a sus peligros. Sólo nos seducen los espíritus que se han destruido por haber querido dar un sentido a sus vidas.

No hay salida para quien juntamente rebasa el tiempo y se hunde en él, para quien accede sobresaltadamente a su última soledad y se ahínca, sin embargo, en la apariencia. Indeciso, tironeado, se arrastrará como un enfermo de la duración, expuesto juntamente a la atracción del futuro y de lo intemporal. Si creyendo al Maestro Eckhart, el tiempo tiene un «olor», con mayor razón aún debe tener uno la historia. ¿Cómo permanecer in‑sensible a él? En un plano más inmediato, distingo la ilusión, la nulidad, la podredumbre de la «civilización »; empero, me siento solidario de esa podredumbre: soy el fanático de una carroña. Guardo rencor a nuestro siglo por habernos subyugado hasta el punto de acosarmos incluso en el momento en que nos separamos de él. Nada viable puede salir de una meditacíón de circunstancias, de una reflexión sobre el acontecimiento. En otras edades más felices, los espíritus podían desvariar libremente, como si no perteneciesen a ninguna época, emancipados como estaban del terror de la cronología, abismados en un momento del mundo el cual, para ellos, se confundía con el mundo mismo. Sin inquietarse por la relatividad de su obra, se consagraban a ella enteramente. Estupidez genial irremisiblemente pasada, exaltación fecunda, en nada comprometida por la conciencia descoyuntada. Adivinar todavía lo intemporal y saber, sin embargo, que nosotros somos tiempo, que producimos tiempo, concebir la idea de eternidad y mimar nuestra nada; irrisión de la que emergen no sólo nuestras rebeliones, sino también las dudas que tenemos a su respecto.

Buscar el sufrimiento para evitar el rescate, seguir en dirección contraria el camino de la liberación, tal es nuestra aportación en materia de religión: iluminados biliosos, Budas y Cristos hostiles a la salvación, predicando a los miserables el encanto de su desdicha. Raza superficial, si se quiere. No por ello es menos indudable que nuestro primer antepasado nos ha dejado, por toda herencia, el horror al paraíso. Dando un nombre a las cosas, preparaba su decadencia y la nuestra. Si quisiéramos remediarla, nos haría falta comenzar por desbautizar el universo, por quitar la etiqueta que, superpuesta sobre cada apariencia, la realza y le presta un simulacro de sentido. Mientras, hasta nuestras células nerviosas, todo en nosotros aborrece el paraíso. Sufrir: única modalidad de adquirir la sensación de existir; existir: única forma de salvaguardar nuestra perdición. Así será en tanto que una cura de eternidad no nos haya desintoxicado del futuro, en tanto que no nos hayamos acercado a ese estado en el que, según un budista chino, «el instante vale diez mil años».

Puesto que el absoluto corresponde a un sentido que no hemos sabido cultivar, entreguémonos a todas las rebeliones: acabarán indudablemente por volverse contra sí mismas, contra nosotros mismos... Ouizá entonces reconquistaremos nuestra supremacía sobre el tiempo; a menos que, muy por el contrario, queriendo escapar a la calamidad de la conciencia, no nos reunamos con las bestias, las plantas y los objetos, con esa estupidez primordial de la que, por culpa de la historia, hemos perdido hasta el recuerdo.

Texto extraído de "La tentación de existir", Emile Cioran, Págs. 9/21, editorial Taurus, Madrid, España, 1979.
Edición original: ed. Gallimard, París, 1972.
Selección y destacados: S.R.
Con-versiones abril 2004