miércoles, 11 de noviembre de 2009

CINCO NEGRITOS

CINCO NEGRITOS

Por Freddy Quezada

Atacaré un documento en el que yo mismo participé, por el puro gusto de provocar, como Lee Marvin en Cat Ballou donde, para impresionar a Jane Fonda, borracho, dispara al aire desde su caballo, por el puro placer de escuchar las detonaciones.

El borrador de documento se llama “Impacto del neoliberalismo en América Central”, efectuado por un colectivo de autores en el que este servidor figuró como delegado del CIELAC/UPOLI, convocados por la Fundación Friedrich Ebert y cuyo contenido está dividido en cuatro capítulos: económico, político, social y sobre el Estado.

En él se percibe una preocupación por la “igualdad”. Una preocupación por defender a los sectores más vulnerables. Sea demostrando la desigualdad de las políticas de liberación en los servicios, el mercado, la agricultura, la eliminación de los subsidios, entre otros, para el área centroamericana por medio de un CAFTA aterrador. Sea concluyendo que el pacto Ortega - Alemán le ha permitido al sistema una gobernabilidad “con la pobreza y falta de esperanza de muchos originada en el neoliberalismo”. Sea manifestando el impacto ocasionado por el “consenso de Washington” en la salud, educación, políticas de género y dependencia tecnológica. Sea, en fin, creyendo que el Estado nación es la fuente de todas nuestras desgracias.

Todo un discurso que tiene una finalidad prometeica y enfoca las situaciones desde el ángulo de los fines. Permítanme, por favor, ahora, hacer un comentario breve sobre un aspecto oblicuo de estos temas.

Toda presentación para un auditorio de izquierda, como fue el caso, se hace para la acción. Si fueran tesis, se examinaría del documento, la coherencia de las exposiciones, la bibliografía referida y la metodología empleada, para dictaminar el grado científico de lo aducido, como hacen los tribunales académicos. Como fue entre políticos, y nadie podía alegar inocencia en esa reunión, las presentaciones por muy académicas que sean se debaten en medio de la acción. Es una discusión sobre medios, no sobre fines, de los cuales teóricamente todos estamos más o menos de acuerdo. Sólo se hace en este último terreno una discusión, cuando se está frente al “otro”, al enemigo, al “macho”, al adversario, al extraño, a la “derecha”, a “nariz de plata”, el gemelo malo de Lee Marvin, para los que lo recuerdan en Cat Ballou, el film aludido al inicio; en fin, a lo que no somos o creemos no ser.

Desde hace tiempo, he llegado a la conclusión que si debe haber una izquierda, esta debe centrarse no sobre fines (que son estrategias discursivas), ni sobre medios (que son acciones ciegas), sino sobre controles. La pregunta es: ¿De qué forma controlo yo a mi dirigente, después de ser convencido por él, desde luego, para que no traicione su promesa? ¿De qué forma le hago llegar mi desconfianza hacia su discurso sin impedir la acción que emprendo con él? Alguien, me parece que fue Trotsky o Bakunin, definió una vez a los partidos como la desconfianza organizada. A nadie más le oí decir después cosa semejante. Incluso, en el propio foro al que gentilmente fui invitado y originaron estos comentarios, no capté preocupación por estas cosas. Y todos sin excepción le siguieron dando vueltas a la rueda del molino, a los mismos discursos de siempre.

Podemos presentar, como lo hace el documento, cuatro ángulos para descargar la culpa en el otro, cuatro ángulos para indignar al auditorio y desencadenarle su imaginación con propuestas para la acción (en la que usualmente desembocan estas reuniones, como no podía ser de otra manera), pero nadie se preocupa por hablar de los controles (esas cuatro reglitas famosas de la Comuna de París que impulsaron los anarquistas): a) temporalidad en los cargos públicos y partidarios, b) revocabilidad con la mitad más uno de los electores en cualquier momento, c) rotabilidad para que todos ejerzamos el poder y; d) salario de trabajador calificado para evitar las burocratizaciones.

De todos los teóricos políticos contemporáneos, Giovanni Sartori es el único que ha justificado el paso de la democracia directa a la representativa, por el poder del número (un argumento cuantitativo que en nuestra era tecnológica de procesamientos instantáneos de grandes cantidades de datos, ya no tiene sentido) diciendo que la población creció mucho desde la polys griega y la civitas romana como para seguir ejerciendo la democracia directa. Ahora que el Estado-nación (territorio de los muchos que eligieron la representación) está en crisis, vuelve la discusión y pertinencia de este asunto. ¿Se puede hacer en “grande” lo que siempre se ha hecho en “pequeño”?

El marxismo clásico, con su concepto de Dictadura del Proletariado, pero también la democracia, como la conocemos hoy, indirecta y delegativa, deformó o asimiló a su manera, las tradiciones directas que nunca le han pertenecido, a través de los soviets como hicieron los leninistas, o como los constitucionalistas con sus referendums y plebiscitos, residuos de la democracia directa, revocaciones de autoridades en tiempos diferidos y enfriables, periodicidad de unas elecciones delegativas por parte de las personas sencillas y sin tiempo cada cuatro o seis años y unos salarios a funcionarios partidaristas y públicos que nada tienen que ver con los ingresos de los trabajadores.

El fracaso de las burocracias socialistas siempre estuvo aquí y no en otro lado. De tal manera, pues, que estamos de acuerdo en divulgar los fines, en responsabilizar al otro, en indignar a la audiencia para formular alternativas y actuar en consecuencia, pero cómo, desde ya, controlamos a nuestros líderes para que no nos traicionen.

Cómo incluimos este aspecto en las agendas de discusión. No es sólo credo indispensable, sino reaseguro vital; no sólo santidad necesaria, sino control estricto; no sólo mística basal, sino desconfianza profunda; no sólo discursos sin garantías, sino prácticas desde nosotros mismos; no sólo ética, sino poder.

No hay que confiar en ningún discurso (ni siquiera en éste) salvo que lo controlemos o podamos devolver lucidez a los encantados, como en aquel chiste de los cinco negritos, donde cuatro de ellos desean ser respectivamente, blancos, millonarios, poderosos y cultos, mientras el último, a grandes carcajadas, los hace bajar a tierra, exigiéndole al genio de la botella que les otorgó el derecho de un deseo por cabeza, convertirlos de nuevo, a todos, en negros.

¿HECHOS O INTERPRETACIONES?

¿HECHOS O INTERPRETACIONES?

(Comentario a “Subversión de la memoria” de Erick Aguirre)

Por Freddy Quezada

“No hay hechos, sólo interpretaciones”, grito apache del postmodernismo que hizo dominar el terreno de las problemáticas sociales desde de las filosofías del lenguaje, la crítica literaria, los estudios culturales, las teorías semióticas y las microfísicas del poder, todas tributarias de un modo o de otro de este aforismo de Nietzsche. Grito que tomó por asalto los Departamentos de Literatura de las Universidades del Norte y desde los cuales empezó a dominar los de las ciencias sociales en todos los países “rápidos”.

Me pregunto si el propio Erick Aguirre en su “Subversión de la memoria” está claro que milita en esta escuela. Su obra cuenta con un conjunto de temas abiertos en la agenda de la discusión académica, más que política, pertenecientes a esta corriente y donde la sociología tiene tanta propiedad y autoridad de hablar como la literatura y su crítica. El asunto me recuerda a un investigador “tico”, educado en la Escuela Cultural de Birmingham, que efectuó hace poco un estudio comparativo sobre los emigrantes nicas a punta de cartas privadas y relatos literarios de costumbre de los años cincuenta y sesenta.

Incluso por capítulos, en la obra de Aguirre, se advierten tales preocupaciones, que bien puede ser el índice de una tesis sociológica, girando alrededor de la narrativa centroamericana contemporánea: el discurso y el poder; el Estado-nación y la historia; la representación y la realidad; y el discurso estético de la violencia.

Todas las cosas parecen ser una construcción cultural. No sólo el género es construido, según repiten las feministas desactualizadas de nuestro país, sino también el sexo, como piensa Judith Butler, y es lo que hace que muchos seamos engañados, según ella, por los travestis y por las parodias que se hacen de cualquier sexo. Así, son construcciones culturales, unos intestinos que pueden ser afrocaribeños, el mal aliento de probable signo árabe, unos genomas nicas, unos riñones con enfoque de género o unos pulmones budistas, entre otros fenómenos biológicos que ya no escapan al exceso de la fórmula nietzscheana. Todos estamos dentro de la burbuja cultural. Nadie sabe qué hay afuera.

No sólo la imaginación, como sabe todo artista, es capaz de crear, sino el poder mismo, como sabe todo político (“el poder crea realidades”, dicen los poderosos de cualquier signo). Algunos sociólogos sólo han cruzado la primera con el segundo y han descubierto los imaginarios. Eso es lo que hoy hace de la Historia y la Sociedad (con mayúsculas), verdaderas novelas de finales abiertos y de las novelas reales, miles de historias sociales autopoiéticas.

Por primera vez las academias y sus miembros más prominentes, en nombre de no dejarse contaminar por la política vulgar y ordinaria, se encarga ella misma de hacerlo por la vía del terciopelo: Es la dictadura de los especialistas. Fernando Mires habla de las vacas sagradas en las Universidades alemanas y sus nubes de cortesanos en su texto “Miseria de la Sociología”; Paul Feyerabend se burlaba de ellos en Inglaterra según cuenta en “Tratado contra el Método” y Ken Wilber en “Breve Historia de Todas las Cosas” describe cómo todos los postmodernos casi lo echan a patadas de las prestigiosas universidades estadounidenses por divulgar sus nuevos paradigmas integrativos y holísticos. Nelly Richards le llamó a esto “internacionalismo académico” y a las universidades, verdaderas agencias que posicionan sus temas financiables en la agenda pública. A veces, se advierte esta alianza cuando los especialistas son entrevistados en los grandes medios de comunicación.

Digo todo esto, porque creo que hay por parte de Aguirre un sobre uso de Seymour Menton, John Beverley y Werner Mackenbach, críticos literarios profesionales (norteamericanos y alemanes) que creo no escapan a ese “macondismo” que el propio Beverley le acuerda cierta pertinencia y que quiere reconducir como un “nuevo latinoamericanismo” en la crítica que le hace su propio discípulo, Mario Roberto Morales, novelista guatemalteco.

Estos críticos (simpatizantes de los procesos revolucionarios del área) ven a los escritores centroamericanos, probablemente por el artista fracasado que hay dentro de todo crítico, al decir de Joyce, como personajes que ellos saben qué piensan, en qué paradigma se inscriben, para dónde van y qué harán mañana. Estos expertos hablan por los novelistas, como estos hablan por sus personajes. Los ven como Jostein Gaarder debe mirar “El mundo de Sofía”. ¿Qué nos hace creer que unos hablan de personajes reales y los otros no?

Y aquí viene la gran pregunta de G. Spivak, que ha pasado ser una delicia no contestar y una embriaguez recorrerla por dentro: ¿Se puede hablar por los otros? ¿Pueden hablar los subalternos? En “Subversión…” hay alusión insistente de cómo fracasan muchos narradores por hablar de sus “personajes desilustrados”, como en una ocasión intentó hacerlo Erick Blandón (otro discípulo de Beverley), pero los reclamos se desarrollan dentro de los límites del creador de los personajes, ilustrados o no, el lenguaje. Tocar estos límites puede llevarnos no a la lucidez, sino a la no ceguera y eso es suficiente. Es como soñar que uno está soñando.

Otro tema recurrente de una parte de los ensayos de Aguirre, es el insoluble debate si el fin justifica los medios. El desencanto y la nueva novela histórica centroamericana (donde me parece que existen algunos casos forzados) regresa sobre sus pasos, no para cambiar de fines sino para descreer de ellos, y “retronombra” los sucesos, otra vez, llamando a las “recuperaciones”, robos; a los “ajusticiamientos”, crímenes; a las lealtades, “servilismos”; a los héroes, “imbéciles”; a las órdenes cumplidas, “violaciones del derecho”; a los dirigentes, “villanos”.

Para distinguirse de la derecha, a la que parecerían regresar con estos términos, estos autores se declaran escépticos y cínicos. Empiezan a descubrir que nada cambia tanto como el pasado. Y que todos los tiempos siempre han estado aquí, como fruto de proclamar la abolición de todos los fines, absorbidos hoy por todos los medios.

Con todo, este sesgo que tienen las valoraciones de la nueva novela histórica en Centroamérica a partir de las experiencias traumáticas de sus revoluciones o procesos insurgentes, puede sugerirnos que más bien se refiere a la novela de “izquierda” centroamericana asumiendo, sin decirlo, la existencia de una novela de “derecha” y otra del “exilio”, de las que Aguirre no habla.

Lo que a sociólogos como yo les falta, a Erick Aguirre le sobra, pero también lo contrario es cierto. Sus ensayos no alcanzan a cubrir plenamente las nuevas teorías históricas, sociológicas y epistemológicas que con facilidad, creo, podrían hacer autores más jóvenes como Carlos Midence, Leonel Delgado y Moisés Fuentes, menos comprometidos a respetar a escritores canónicos contra los que usualmente se dirigen estas teorías (como Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez, Gioconda Belli, para la literatura; Alejandro Serrano, Carlos Tünnermann, Orlando Núñez, para el pensamiento social) que por ser nosotros mismos sus herederos no nos atrevemos a desconstruir con la crueldad y sangre fría que lo harían de seguro estos jóvenes, alejados del afecto y cariño que les tenemos a nuestros maestros en el oficio. Ya experimentarán ellos con nosotros, cuando nos llegue el turno, algo parecido.

Sin ser crítico literario, puedo percibir el manejo diestro de una prosa reposada y profesional por parte de Aguirre, que produce una curvatura óptica que nos haría pensar que Erick parece ser mejor crítico y ensayista que propiamente novelista y poeta. Quizás sea preferencia puramente subjetiva de mi parte. Algún pedazo de Aguirre tengo que elegir.

Lo que existe a fin de cuentas es una cadena de lecturas, donde una de ellas domina a las demás y se distingue porque es la que consigue consenso sobre lo que son los “hechos”. Y todo comienza de nuevo. No hay, pues, interpretaciones, sólo interpretaciones de las interpretaciones, es decir, nada.

LOS GENOMAS NICAS

LOS GENOMAS NICAS

Por Aurora Suárez y Freddy Quezada

No sabemos nada de morfología celular, sólo lo elemental aprendido de las leccioncitas de biología en secundaria, donde nos deprimimos sabiendo que no descendíamos de Adán y Eva, junto a la idea, también decepcionante, que es la tierra la que gira alrededor del sol y no al revés. Venimos, pues, de unos monos feos y peludos y no somos el centro del universo. Dos cosas de nuestra vanidad herida para cortarse los pulsos (con un banano, por supuesto). Vaya destino de este descentrado planeta de los simios a la deriva. Tal vez por ello nos decidimos a estudiar a las sociedades, porque es el único lugar donde nos vivimos engañando entre todos sobre lo que fuimos, somos y soñamos ser.

La cultura como concepto - del cual Ernest Cassirer, en plenitud, hace muchas lunas, contó 135 definiciones -, se ha convertido entre los cientistas sociales en una plaga, y entre nosotros ya estamos llamando a la mesura para frenar estos excesos. Pero, de este fenómeno tampoco se salvan ni las ciencias naturales. Un día de estos se publicó una entrevista al Dr. Jorge Huete en un diario local sobre los “genomas nicas”. Nos pusimos a pensar que de igual manera podían definirse genomas cubanos, afganos e irakíes y nos preguntamos cómo serían los genomas nacionalizados, los mixtos (de padre de un lado y madre de otro), los inmigrantes, los parias y los que tienen vencido el pasaporte. Sin ironías, creímos que Huete, Marín y todos los biólogos moleculares tenían sus razones para determinar de ese modo a los genomas. Investigamos, para derrotar nuestras sospechas arrogantes, en la INTERNET, y ver que decían sus maestros y paradigmas dominantes, resultando algo tan escabroso, que nos pararon los pelos.

No queremos adelantarnos a nada, que después nos haga arrepentirnos y quedar en ridículo ante la opinión pública, por medio de unas lecciones sencillas facilitadas por los especialistas en la materia. Por eso, a partir de las referencias encontradas y consecuentes reflexiones, dirigimos con mucho respeto, cinco preguntas al Dr. Jorge Huete:

1 ¿Por qué en un estudio (Estructura genética de la población humana y deducción del origen étnico aparecido en el Vol. 72 del American Journal of Human Genetics de Febrero del 2003) de varios especialistas (Michael J. Bamshad, Stephen Wooding, et al de los Departamentos de Pediatría y Genética Humana, de la Universidad de Utah, Salt Lake City; y del Biological Sciences, de la Universidad de Louisiana State, Baton Rouge), quieren saber de dónde vienen las personas para determinar su vulnerabilidad a las enfermedades? Citamos: “es necesario entender la distribución de la variación genética inter-individual en los loci que controlan las características físicas, la susceptibilidad a la enfermedad, y la respuesta al tratamiento.”

2 ¿Por qué definen, deducen, antes las “categorías étnicas” (disfrazadas bajo el supuesto de espacios geográficos) que usan y no al revés, como prometen en el estudio? ¿No demuestran al final lo que al comienzo ya creen saber? Citamos: “nosotros usamos un grupo de datos de 60 microsatélites y 100 polimorfismos de inserción Alu (referidos como "marcadores Alu") para delinear grupos genéticos en una muestra heterogénea de 500 individuos del África Subsahariana, Asia Oriental, Asia del Sur, y Europa.”

3 ¿Qué motiva buscar la correspondencia entre la genética y categorías antropológicas arcaicas y en desuso como raza y etno/racial? Citamos: “El presente articulo describe la tecnología necesaria para conocer genéticamente el origen etnoracial (llamado aquí: estructura genética de población) de un individuo o de una población (grupo de individuos)… Este articulo también demuestra que la especie humana puede ser subdividida en varios grupos delineados por la genética y que estos grupos, a veces, se corresponden con los grupos (Ej., razas) delimitados por la antropología física tradicional”

4 ¿Por qué diferencian grupos de personas de otros, para ver cuál de ellos responde mejor a un tratamiento? Citamos: “una categoría étnica como "Mbuti" es una guía adecuada hacia la estructura de población, porque delimita un grupo que se ha diferenciado de otros como resultado del aislamiento reproductivo y la deriva genética.”

5 Los grupos mestizos señalados ¿suponen la existencia de “grupos puros”?. Citamos: “Fue posible en una población históricamente mestiza del sur de India una deducción menos exacta (87%) del grupo genético al que pertenecía”.

En la lectura de este estudio, donde se confieren “virtudes raciales” ¿cuál es la garantía que alguien desde algún poder, convencido o fascinado por un viaje al pasado, diga que los europeos son menos proclives a las enfermedades que los africanos y más fáciles de tratar que los asiáticos? ¿Estas ideas de “razas” débiles y fuertes, enfermas y sanas, encierran alguna similitud con la de “razas” inferiores y superiores configuradas por los nacionalsocialistas (nazis)? El estudio citado, es un medio científico bien fundamentado, sin duda, para fines benéficos a la población mundial (mejorar la salud por medio de correctivos genéticos), sin embargo, nos encierra la duda si ellos lo lograrán o bien, una última pregunta: ¿Podrán controlarlo? Con todo respeto, este es el gran peligro, señores!!!

La relación entre las ciencias sociales y naturales ha sido un mal matrimonio toda la vida. En una época, las llamadas “ciencias duras”, tiranizaron (con la matemática, física y la misma biología) a las ciencias blandas (historia, sociología, antropología): el positivismo crudo y el darwinismo social, las hicieron retroceder, o al menos les dificultó su despegue. Hasta hace poco se tomaron la revancha con un postmodernismo abusivo e irónico con ella, hasta que Alan Sokal, con su célebre broma, las puso en su lugar.

Ahora nos parece que las ciencias duras, y las biológicas en particular, han retrocedido a fronteras muy peligrosas. La ausencia mutua de interlocutores, mal que bien en un pasado, que sabían recíprocamente señalarse sus límites, han generado “libretazos” en ambas partes. Y aquí entran no sólo críticas epistemológicas y metodológicas, sino también bioéticas. Pero este es otro tema que abordaremos otro día y del que nos declaramos seguidores del Dr. Juan Bautista Arríen, autoridad en el ramo. Y del que, para finalizar, queremos recordar una cosa. Uno de nosotros le confesó en privado al Dr. Arríen, en ocasión de un homenaje merecido a su persona y del que no pudo en público manifestarlo: “Doctor, le dijo, sírvase verme como aquellos caballeros de la Edad Media que, aún desterrados y fuera de la Corte, calumniados y tenidos por traidores, siguen luchando en su nombre y siempre leales a las banderas de su señor”.

LA NOTA ROJA

LA NOTA ROJA

Por Freddy Quezada

No conozco a nadie, a excepción del original, que se llame Caín, pero conozco muchos con el nombre de Abel. Este horror a llamarse como un criminal, probablemente se deba a la primera nota sangrienta de la historia occidental, cuando aquel mató a éste. Imagino que una reportera “roja”, hubiese introducido el micrófono en la herida al moribundo, para saber quién fue el autor de la agresión, si sentía algún dolor y si tenía ante quien quejarse. Poco le importarían a los jefes de la reportera, en verdad los responsables, si el arco de sospechosos fuera tan pobre que pudieran ser los dos únicos hombres que existían hasta entonces, Adán y Caín, (también las mujeres matan, desde luego, y hay que incluir a Eva en este absurdo) haciendo irrelevante la pregunta; poco les importaría, también, si siente o no dolor una persona que no contará con asistencia médica (no se inventa aún) y, por último, sólo habrían dos personas, ausentes de una opinión pública que aún no se congrega a falta de descendencia, ante quienes estarían transmitiendo: Dios y el Diablo. Uno de ellos, por lógica elemental, es el que disfrutará la transmisión.

Los antecedentes inmediatos de la nota roja en la televisión en Nicaragua, son la sección de “Sucesos” en el Nuevo Diario (ahora adecentada) y los noticieros de la Radio Ya. “Sucesos” se verá prolongado temáticamente a través de El Mercurio (combinado con sexo casi explícito) y adquirirá independencia, vida y personalidad propias, entre segmentos semi y desilustrados. En la radio, se mantendrá combinada con la música popular y mensajería de servicios sociales que le brindarán un toque de inmediatez e instantaneidad, pero también de alarma y sensacionalismo.

Hay tres tipos de cultura que se imbrican y tejen con los medios de comunicación. La cultura de élite, la popular y la de masas. La de élite es la ilustración que transmite a través del nombre propio, del especialista, del doctor, del líder; de las encuestas; del escenario y la entrevista rápida a “Juan Pueblo”, para ilustrar al conocedor o, al revés, para ilustrarnos él a nosotros; etc.

En los noticieros ilustrados, el pueblo, los pobres, los barrios, los marginales, los delincuentes (en una palabra la cultura popular) son “representados” para formar y consolidar los imaginarios sobre estos sectores. Pero no se ven porque son invisibilizados a favor de su representación, sea para vigilarlos, defenderlos, corregirlos, educarlos, reformarlos o invitarlos a rebelarse. No pueden tener nombres propios.

En el esquema clásico, la cultura popular está separada y la comunicación de masas se preocupa más, en el viejo sueño frankfurtiano, de llevar la ilustración a los que no la tienen. Todos de alguna manera debemos disfrutar de Miguel Angel, Leonardo Da Vinci y Rafael; Shakespeare, Cervantes y Goethe; Bach, Beethoven y Mozart; Joyce, Proust y Kafka.

Los medios de comunicación en el camino de esta misión formativa, junto a la educación formal, generarán al mismo tiempo sus propios formatos (la subliteratura, la radionovela, los telenoticieros, el cine y la INTERNET, cuyos objetivos serán entretener y divertir) con los que luego superarán y dominarán el escenario.

Ahora podemos ver, por ejemplo, Discovery Channel, en nuestros hogares, en calzoncillos y hurgando nuestras narices, mientras “teóricamente” aprendemos y, del otro lado, aunque “Pipo” amenice la inauguración de una nueva Facultad en cualquier Universidad, debemos guardar todas las formalidades con la más grande atención, el atuendo que exige el protocolo y las sonrisas más discretas para el humor del payaso. Hoy podemos ver ediciones de bolsillo de las grandes obras de la literatura universal, pero derrotadas por los best seller, pensados para leerse en baños, aeropuertos y en salas de espera de clínicas, salones de belleza y barberías. Vemos toda la música clásica en los puestos de CD, pero lo que compran es reggeaton, rock y rap. Las pinturas de los grandes maestros pueden ser gozadas a través de INTERNET, pero se prefiere la pornografía, y los adelantos de las últimas películas con sus tracks, según las últimas estadísticas de Google y Yahoo. El medio, como decía Mac Luhan, es el mensaje; el museo, nos dice Boris Groys, es lo que convierte la “novedad” de los artistas en “diferencia”, para que nadie más las vuelva a repetir. El marco es el contenido; la estructura la que condiciona los códigos; la memoria la que ve el presente.

Ahora es la cultura de élite la que debe humillarse ante la cultura de masas y adaptarse a ella para no perecer. No es, pues, una combinación alegre productora de hibrideces, como cree Garcia Canclini, o un método para comprender a las culturas no ilustradas, como piensa Barbero, sino una imposición de unas a otras por fuerza o de grado. En la década de los sesenta, Jesucristo se convirtió de nuevo en un personaje mundial y de masas, por una ópera rock llamada precisamente “Jesucristo Superestrella”. Fue un encuentro forzado, pero fecundo, entre la cultura popular y la de masas.

Cuando se opera el giro en medio de un mercado vencedor, los mass media empiezan a cabalgar con sus propios intereses, (el raiting, la competencia, la cobertura, el número) cambiando la correlación entre el viejo modelo ilustrado y representacional y el nuevo, vivo, directo, conflictivo y trágico (y por estas dos razones, sangriento).

Hay tres acusaciones básicas a este nuevo modelo: a) abusivo, porque no respeta la privacidad y el derecho de los dolientes y las víctimas; b) morboso, sólo busca la sangre y el conflicto y c) mercantil, interesa ganar en cobertura y audiencia para colocarse mejor ante la publicidad que es aceptada.

En el aspecto a) es cierto, hay una violación diaria del derecho de los sectores no ilustrados que se dejan agredir por desconocimiento y que no pasa lo mismo en las clases medias, que bien saben su derecho y lo que podrían pagar los medios de comunicación en los tribunales por infringirlo. Es el poder defensivo de la cultura escrita contra el poder de la audiovisual. Pero, con todo, quizás asistamos a la venganza de los desilustrados. Me pregunto qué diría un chico o señora de un barrio marginal, si yo le preguntara por “Esta Semana”, programa de formato altamente ilustrado, que precisamente le dedicó una sesión completa a la “Nota Roja”, con un par de especialistas, donde hablaron a su gusto y antojo sobre los programas sangrientos y su impacto en la gente culta, pero en ningún caso llevaron a ninguna persona desilustrada. Probablemente, a riesgo de ser víctima de mi propia crítica, me responderían que no lo ven, porque a esa hora prefieren la lucha libre, el noticiero “rojo” del 8, una película barata en el 10, o sencillamente por ser domingo en la noche, salen fuera de casa a divertirse o a buscar cómo sobrevivir.

En el aspecto b) ven a la gente como son pero en su aspecto conflictual (mal hablados, vengativos, viciosos, etc) y no como deben ser (nobles, indoblegables, generosos, en las cabezas de los ilustrados). Todavía no recuperan su nombre propio (esa ilusión compuesta de miles de deseos rivales), como hace la publicidad para los ilustrados al modo del BDF en sus anuncios carreteros, pero ya no son “pueblo”, “pobres”, “marginales”, representados por gente corbatuda, se ven ellos mismos desde sus escenarios donde tienen sus receptores televisivos, no hay políticos, no hay académicos, no hay metadiscursos por encima de las propias razones que ellos brindan, se reconocen entre ellos porque saben sus nombres y se dotan de identidad en sus locus, etc. Parafraseando a los marxistas, las “masas” irrumpen, ya no en la historia, sino en los medios, aunque en ambos casos se sigue manteniendo el anonimato que le permite al ilustrado o a la ilustrada hablar por ellos, más débil, sin duda, en la Nota Roja (y esto vale también para los Talk Show y los Reality Show), hilos delgados mantenidos por un presentador/a provocador/a.

En el c) el mercado y la ganancia, se imponen por encima de quien hable o no. Si es popular o no, de elite o no, poco importa. Para los medios, las agujas no las marcan los valores, sino la demanda que, por otra parte, ellos mismos se encargan de formarla o de estimularla.

Los medios excluyen el otro aspecto de la nota roja (“rosada” para el caso): el feliz (cuando una familia pobre come alegre en su mesa, por ejemplo, en medio del arrojo muto entre hermanos de virutas de pan duro y pedazos de tortilla fría); el armónico (cuando un padre desempleado le hala el rostro a su hija y le dice con cariño “cachete de zorro pedorro”); el estable (cuando los hijos de escasos recursos hacen lo mismo todos los días para ir a clases o a las iglesias, con pantalones remendados a través de una libra de hilo en el culo); el tranquilo (cuando un alcohólico recuerda a su compañera aquellos días en que los ardores del noviazgo eran anulados por las timideces mutuas). Ya lo habrán adivinado, toda esta parte es la que se reserva la publicidad. El dolor, la tragedia, el conflicto, pues, para la nota roja; el placer, la bondad y la felicidad, para la publicidad. Vean todos los “spots” publicitarios: no hay nadie llorando; vean todos los noticieros “rojos’: no hay nadie riendo. Si ambas se unieran, desaparecerían las noticias y la publicidad, porque el secreto de su existencia está en su separación. Es decir, el medio sería igual a la realidad (el signo igual al referente) y no habría nada que comunicar ni desear, en puridad. La representación, por lo demás, saldría sobrando porque sólo se representa a alguien que no puede hablar por sí mismo y al que se le hace una promesa de emanciparlo o a ayudarlo a hablar como el que lo defiende.

Decía al comienzo que uno de los televidentes, en el absurdo caso del crimen cainita, disfrutaría del dolor ajeno, pero el otro, en ese reparto de placeres, se beneficiaría de la publicidad, que anunciaría la reportera “roja” en el ejemplo anacrónico (este ensayo no tiene precio, para todo lo demás… ya saben), un momento antes de la pedrada asesina.