miércoles, 16 de septiembre de 2009

Penser contre soi


Pensar contra sí mismo

Emile Cioran


Debemos la casi totalidad de nuestros conocimientos a nuestras violencias, a la exacerbación de nuestro desequilibrio. Incluso Dios, por mucho que nos intrigue, no es en lo más íntimo de nosotros donde le discernimos, sino justo en el límite exterior de nuestra fiebre, en el punto preciso en el que, al afrontar nuestro furor al suyo, resulta un choque, un encuentro tan ruinoso para El como para nosotros. Alcanzado por la maldición que los actos conllevan, el violento no fuerza su naturaleza, no va más allá de sí mismo, más que para volver de nuevo a sí enfurecido, como agresor, seguido de sus empresas, que vienen a castigarle por haberlas suscitado. No hay obra que no se vuelva contra su autor: el poema aplastará al poeta, el sistema al filósofo, el acontecimiento al hombre de acción. Se destruye cualquiera que, respondiendo a su vocación y cumpliéndola, se agita en el interior de la historia; sólo se salva quien sacrifica dones y talentos para que, liberado de su condición de hombre, pueda reposarse en el ser. Si aspiro a una carrera metafísica, no puedo a ningún precio guardar mi identidad; debo liquidar hasta el menor residuo que me quede de ella; mas si, por el contrario, me aventuro en un papel histórico, la tarea que me incumbre es exasperar mis facultades hasta que estalle con ellas. Siempre se perece por el yo que se asume; llevar un nombre es reivindicar un modo exacto de hundimiento.
Fiel a sus apariencias, el violento no se desanima, vuelve a empezar y se obstina, ya que no puede dispensarse de sufrir. ¿Que se encarniza en la perdición de los otros? Es el rodeo que toma para llegar a su propia perdición. Bajo su aire seguro de sí, bajo sus fanfarronadas, se esconde un apasionado de la desdicha. De este modo, es también entre los violentos donde se encuentran los enemigos de sí mismos. Y todos nosotros somos violentos, rabiosos que, por haber perdido la llave de la quietud, no tienen ya acceso mas que a los secretos del desgarramiento.

En lugar de dejar al tiempo triturarnos lentamente, hemos creído oportuno sobreabundar en él, añadir a sus instantes los nuestros. Ese tiempo reciente, injertado en el antiguo, ese tiempo elaborado y proyectado debía pronto revelar su virulencia; objetivándose, iba a convertirse en historia, monstruo urdido por nosotros contra nosotros mismos, fatalidad a la que no podríamos escapar, ni aun recurriendo a las fórmulas de la pasividad, a las recetas de la sabiduría.

Intentar una cura de ineficacia; meditar sobre los padres taoístas, su doctrina del abandono, del dejarse llevar, de la soberanía de la ausencia; seguir, según su ejemplo, el recorrido de la conciencia cuando deja de tenérselas con el mundo y se moldea sobre todas las cosas, como el agua, elemento al que son afectos, eso ya podemos esforzarnos en lograrlo, que no lo conseguiremos jamás. Ellos condenan juntamente nuestra curiosidad y nuestra sed de dolores; y en esto se diferencian de los místicos, y singularmente de los de la edad media, hábiles en recomendarnos las virtudes de la camisa de cerdas, de la piel de erizo, del insomnio, de la inanición y del gemido.

«La vida intensa es contraria al Tao», enseña Lao-Tsé, el hombre más normal que hubiere. Pero el virus cristiano nos recome: legatarios de los flagelantes, sólo refinando nuestros suplicios tomamos conciencia de nosotros mismos. ¿Qué la religión declina? Perpetuaremos sus extravagancias, como perpetuamos las maceraciones y los gritos de las celdas de antaño, ya que nuestra voluntad de sufrir iguala a la de los conventos en la época de su florecimiento. Si bien la Iglesia no goza ya del monopolio del infierno, no por eso nos tendrá menos anclados a una cadena de suspiros, al culto del padecimiento, de la alegría fulminada y de la tristeza jubilosa.

El espíritu, tanto como el cuerpo, paga los gastos de la «vida intensa». Maestros en el arte de pensar contra sí mismos, Nietzsche, Baudelaire y Dostoievski nos han enseñado a apostar por nuestros peligros, a ampliar la esfera de nuestros males, a adquirir existencia por la división de nuestro ser. Y lo que a los ojos del gran chino era símbolo de decadencia, ejercicio de imperfección, constituye para nosotros la única modalidad de poseernos, de entrar en contacto con nosotros mismos.
«Que el hombre no ame nada y será invulnerable». («Chuang‑tzé»). Máxima profunda como inoperante. ¿Cómo alcanzar el apogeo de la indiferencia, cuando nuestra misma apatía es tensión, conflicto, agresividad? No hay ningún sabio entre nuestros antecesores, sino insatisfechos, veleidosos, frenéticos, cuyas decepciones y desbordamientos nos será preciso prolongar.
Siempre según nuestros chinos, sólo el espíritu desapegado penetra en la esencia del Tao; el apasionado no percibe más que los efectos: el descenso a las profundidades exige el silencio, la suspensión de nuestras vibraciones, léase de nuestras facultades. Pero ¿no es ya revelador que nuestra aspiración a lo absoluto se exprese en términos de actividad, de combate, que un Kierkegaard se titule «caballero de la fe», y que Pascal no sea nada más que un panfletario? Atacamos y nos debatimos; no conocemos, pues, más que los efectos del Tao. Por lo demás, la quiebra del quietismo, equivalente europeo del taoísmo, dice mucho sobre nuestras posibilidades y nuestras perspectivas.

No veo nada más contrario a nuestras costumbres que el aprendizaje de la pasividad. (La época moderna comienza con dos histéricos: Don Quijote y Lutero.) Si elaboramos tiempo, si lo producimos, es por repugnancia a la hegemonía de la esencia y a la sumisión contemplativa que supone. El taoísmo me parece la primera y última palabra de la sabiduría: soy, sin embargo, refractario a él, mis instintos lo rechazan, como rechazan doblegarse a lo que sea, hasta tal punto pesa sobre nosotros la herencia de la rebelión. ¿Nuestro mal? Siglos de atención al tiempo, de idolatría del futuro. ¿Nos libraremos de él por algún recurso de la China o de la India?

Hay formas de sabiduría y liberación que no podemos ni aprehender desde dentro, ni transformarlas en nuestra sustancia cotidiana, ni siquiera encerrarlas en una teoría. La liberación, si efectivamente uno se empeña en ella, debe proceder de nosotros: no hay que buscarla en otra parte, en un sistema completamente acabado o en alguna doctrina oriental. Empero esto es lo que ocurre en numerosos espíritus ávidos, como suele decirse, de absoluto. Pero su sabiduría es un plagio, su liberación un engaño. No incrimino aquí solamente a la teosofía y sus adeptos, sino a todos los que se equipan con verdades incompatibles con su naturaleza. Más de uno tiene la India fácil, se imagina haber desenmarañado sus secretos, cuando nada le dispone a ello ni su carácter, ni su formación, ni sus inquietudes. ¡Qué pulular de falsos «liberados» que nos miran desde lo alto de su salvación! Tienen buena conciencia; ¿acaso no pretenden situarse por encima de sus actos? Superchería intolerable.

Apuntan, además, tan alto que toda religión convencional les parece un prejuicio de familia, con la que su «espiritu metafísico» no sabría contentarse. Reclamarse de la India suena indudablemente mejor. Pero olvidan que ésta postula acuerdo entre la idea y el acto, identidad de la salvación y de la renuncia. Cuando se posee «el espíritu metafísico»», esas son bagatelas de las que uno no se preocupa.

Tras tanta impostura y tanto fraude, es reconfortante contemplar a un mendigo. El, al menos, ni miente ni se miente: su doctrina, si la tiene, la encarna él mismo; no le gusta el trabajo y lo prueba; como no desea poseer nada, cultiva su desprendimiento, condición de su libertad. Su pensamiento se resuelve en su ser y su ser en su pensamiento. Está falto de todo, es él mismo, dura. Estar a la altura de la eternidad es también vivir al día. De este modo, para él, los otros están encerrados en la ilusión. Cierto que depende de ellos, pero se venga estudiándolos, especializado como está en los trasfondos de los sentimientos «nobles». Su pereza, de una rara calidad, hace de él un auténtico «liberado», perdido en un mundo de bobos y engañados. Sobre la renuncia, sabe mucho más que numerosas de vuestras obras esotéricas. Para convenceros, no tenéis más que echaros a la calle... ¡Pero no! Preferís los textos que preconizan la mendicidad. Ya que ninguna consecuencia práctica acompaña vuestras meditaciones, no es de extrañar que el último de los pordioseros valga más que vosotros. ¿Es concebible el Buda fiel a sus verdades y a su palacio? No se es «liberado‑vivo» y propietario. Me rebelo contra la generalización de la mentira, contra los que exhiben su pretendida «salvación» y la apuntalan con una doctrina que no emana de sus profundidades. Desenmascararlos, hacerlos descender del pedestal en el que se han izado, ponerlos en la picota, es una campaña a la que nadie debería permanecer indiferente. Pues a todo precio, es preciso impedir a los que tienen demasiado buena conciencia vivir y morir en paz.

Cuando hace un momento nos oponíais lo «absoluto», afectabais un airecillo profundo, inaccesible, como si os debatieseis en un mundo lejano, con una luz, con unas tinieblas que os pertenecen, dueños de un reino al que nadie fuera de vosotros podría abordar. Nos dispensáis, a nosotros los mortales, unas pocas briznas de los grandes descubrimientos que acabáis de efectuar, algunos restos de vuestras prospecciones. Pero todas vuestras penas sólo logran haceros soltar ese pobre vocablo, fruto de vuestras lecturas, de vuestra docta frivolidad, de vuestra nada libresca y de vuestras angustias de prestado.

Lo absoluto: todos nuestros esfuerzos se reducen a minar la sensibilidad que conduce a ello. Nuestra sabiduría ‑o, más bien, nuestra no‑sabiduría‑ lo repudia; relativista, nos propone un equilibrio, no en la eternidad, sino en el tiempo. El absoluto que evoluciona, esa herejía de Hegel, se ha convertido en nuestro dogma, nuestra trágica ortodoxia, la filosofía de nuestros reflejos. Quien cree poder hurtarse a ella, da prueba de fanfarronería o ceguera. Arrinconados en la apariencia, a veces nos ocurre que abrazamos una sabiduría incompleta, mezcla de sueño e imitación. Si la India, para citar de nuevo a Hegel, representa «el sueño del espíritu infinito», el sesgo de nuestro intelecto, así como el de nuestra sensibilidad, nos obliga a concebir el espíritu encarnado, limitado a encaminamientos históricos, el espíritu sin más, que no abarca el mundo, sino los momentos del mundo, tiempo despedazado al que no escapamos más que a tirones, y cuando traicionamos nuestras apariencias.

Como la esfera de la conciencia se encoge en la acción, nadie que actúe puede aspirar a lo universal, pues actuar es aferrarse a las propiedades del ser en detrimento del ser, a una forma de realidad en perjuicio de la realidad. El grado de nuestra liberación se mide por la cantidad de empresas de las que nos hemos emancipado, tanto como por nuestra capacidad de convertir todo objeto en un no‑objeto.

Pero nada significa hablar de liberación a partir de una humanidad apresurada que ha olvidado que no se podría reconquistar la vida ni gozar de ella sin haberla antes abolido.

Respiramos demasiado pronto para poder aprehender las cosas en sí mismas o para denunciar su fragilidad. Nuestro jadeo las postula y las deforma, las crea y las desfigura, y nos encadena a ellas. Me agito, emito un mundo tan sospechoso como esa especulación mía que lo justifica, me desposo con el movimiento, que me transforma en generador de ser, en artesano de ficciones, mientras que mi verbo cosmogónico me hace olvidar que arrastrado por el torbellino de los actos no soy más que un acólito del tiempo, un agente de universos caducos.

Ahítos de sensaciones y de su corolario, el devenir, somos no‑liberados por inclinación y por principio, condenados selectos, presa de la fiebre de lo visible, husmeadores en esos enigmas superficiales a la medida de nuestro agobio y nuestra trepidación.

Si queremos recobrar nuestra libertad, lo que nos cuadra es deponer el fardo de la sensación, no reaccionar ya al mundo por medio de los sentidos, romper nuestros lazos. Empero, toda sensación es lazo, el placer tanto como el dolor, la alegría como la tristeza. Sólo se libera el espíritu que, puro de todo contubernio con seres u objetos, se ejerce en su vacuidad.

Resistirse a la felicidad es algo que la mayoría logra; la desdicha, en cambio, es insidiosa de otro modo. ¿La habéis probado alguna vez? Nunca os saciaréis de ella, la buscaréis con avidez y, preferentemente, allí dónde no está, y la proyectaréis ahí pues, sin ella, todo os parecería inútil y sin brillo. Se encuentre donde se encuentre, expulsa el misterio y lo torna luminoso. Sabor y llave de las cosas, accidente y obsesión, capricho y necesidad, os hará amar la apariencia en lo que tiene de más potente, de más duradero y de más cierto, y os atará a ella para siempre, pues, «intensa» por naturaleza, es, como toda «intensidad», servidumbre, sujeción. ¿Cómo alzarse hasta el alma indiferente y nula, hasta el alma desligada? Y ¿cómo conquistar la ausencia, la libertad de la ausencia? Nunca figurará esta libertad entre nuestras costumbres, como tampoco «el sueño del espíritu infinito».

Para identificarse con una doctrina venida de lejos, habría que adoptarla sin restricciones: ¿Cómo se compagina consentir en las verdades del budismo y rechazar la trasmigración, base misma de la idea de renunciamiento? ¿Y suscribir a los Vedas, aceptar la concepción de la irrealidad de las cosas y comportarse como si existieran? Inconsecuencia inevitable para todo espíritu educado en el culto de los fenómenos. Porque debemos confesarlo: tenemos el fenómeno en la sangre. Podemos despreciarlo o aborrecerlo, no por ello dejará de ser nuestro patrimonio, nuestro capital de muecas, el símbolo de nuestra crispación en este mundo. Raza de convulsivos, en el centro mismo de una broma de proporciones cósmicas, hemos impreso en el universo los estigmas de nuestra historia, y de esa iluminación que invita a perecer tranquilamente, nunca seremos capaces. Hemos elegido desaparecer por nuestras obras, no por nuestros silencios: nuestro futuro se lee en la risotada de nuestros rostros, en nuestros rasgos de profetas mortecinos y afanosos. La sonrisa de Buda, esa sonrisa que flota sobre el mundo, no ilumina nuestros rostros. A lo máximo, concebimos la dicha; nunca la felicidad, privilegio de las civilizaciones fundadas sobre la idea de salvación, sobre la negativa a saborear sus males, a deleitarse en ellos; pero, sibaritas del dolor, retoños de una tradición masoquista, ¿quién nos columpiará entre el Sermón de Benarés y el Heautontimoroumenos? «Soy la herida y el puñal» [(Verso del poema de Baudelaire «Heautontimoroumenos» (N. del T.)]: tal es nuestro absoluto, nuestra eternidad.

En cuanto a nuestros redentores, venidos entre nosotros para nuestro mayor oprobio, amamos la nocividad de sus esperanzas y de sus remedios, la diligencia que ponen en favorecer y exaltar nuestros males, el veneno que nos inoculan sus palabras de vida. Les debemos el ser expertos en el sufrimiento sin remedio. ¡A qué tentación, a qué extremos nos conduce la lucidez! ¿Vamos a desertar de ella para refugiamos en la inconsciencia? Cualquiera puede salvarse por medio del sueño, cualquiera tiene genio mientras duerme: no hay diferencias entre los sueños de un carnicero y los de un poeta. Pero nuestra clarividencia no podría tolerar que tal maravilla durase, ni que la inspiración fuese puesta al alcance de todos; el día nos quita los dones que la noche nos dispensa. Sólo el loco posee el privilegio de pasar sin roces de la existencia nocturna a la diurna: no hay distinción alguna entre sus sueños y sus vigilias. Ha renunciado a nuestra razón como el pordiosero a nuestros bienes. Los dos han encontrado la vía que lleva fuera del sufrimiento y han resuelto todos nuestros problemas; y de este modo permanecen como modelos que no podemos seguir, como salvadores sin adeptos.

Mientras hurgamos en nuestros males, los de los otros no nos requieren menos. En la época de las biografías, nadie oculta sus llagas sin que intentemos destaparlas a la luz pública; si no lo logramos, nos apartamos de ellos plenamente decepcionados. E incluso aquel que acabó en la cruz, no cuenta aún ante nuestros ojos en modo alguno por haber sufrido por nosotros, sino por haber sufrido sin más y lanzado unos cuantos gritos tan profundos como gratuitos. Pues lo que veneramos en nuestros dioses son nuestras derrotas en hermoso.

Abocados a formas degradadas de sabiduría, enfermos de duración (durée, T.), en lucha con esa tara que nos repele tanto como nos seduce, en lucha con el tiempo, estamos constituidos de elementos todos los cuales concurren en hacer de nosotros rebeldes divididos entre una mística llamada que no tiene ningún lazo con la historia y un sueño sanguinario que es su símbolo y su nimbo. Si tuviéramos un mundo nuestro, ¡poco importaría que fuese el de la piedad o el de la risotada! nunca lo tendremos, ya que nuestra posición en la existencia se sitúa en el cruce de nuestras súplicas y de nuestros sarcasmos, zona de impureza en la que se mezclan suspiros y provocaciones. Quien es demasiado lúcido para adorar lo será igualmente para demoler, o no demolerá más que sus... rebeliones; pues ¿de qué sirve rebelarse para encontrar de inmediato el universo intacto? Monólogo irrisorio. Se subleva uno contra la justicia y contra la injusticia, contra la paz y la guerra, contra sus semejantes y contra los dioses. Después, se llega a pensar que el último viejo chocho es quizá más sabio que Prometeo. Sin embargo, no se llega a ahogar" en uno mismo un grito de insurrección, y se continúa tronando a propósito de todo y de nada: automatismo lastimoso que explica por qué somos todos Luciferes de estadística.

Contaminados por la superstición del acto, creemos que nuestras ideas deben realizarse. ¿Qué hay más contrario a la consideración pasiva del mundo? Pero tal es nuestro destino: ser incurables que protestan, panfletarios en un camastro.

Nuestros conocimientos, como nuestras experiencias, deberían paralizarnos y hacernos indulgentes incluso para con la tiranía, desde el momento en que representa una constante. Somos lo suficientemente clarividentes como para sentirnos tentados de deponer las armas; el reflejo de la rebelión triunfa empero sobre nuestras dudas; y aunque podríamos ser unos perfectos estoicos, el anarquista vela en nosotros y se opone a nuestras resignaciones.

«Jamás aceptaremos la Historia»: tal me parece ser el adagio de nuestra impotencia para ser verdaderos sabios o verdaderos locos. ¿Seremos figurones de la sabiduría y de la locura? Hagamos lo que hagamos, respecto a nuestros actos estamos obligados a una profunda insinceridad.

Evidentemente, un creyente se identifica hasta un cierto punto con lo que hace y con lo que cree; no hay en él una divergencia importante entre su lucidez, por una parte, y sus acciones y pensamientos por otra. Tal divergencia se ensancha desmesuradamente en el falso creyente, en quien manifiesta convicciones sin adherirse a ellas. El objeto de su fe es un sucedáneo. Digámoslo sin ambages: mi rebelión es una fe que suscribo sin creer en ella. Pero ‑no puedo dejar de suscribirla. Nunca se meditará bastante la frase de Kirilov sobre Stavroguin: «Cuando cree no cree que cree, y cuando no cree no cree que no cree».

Más aún que el estilo, el ritmo mismo de nuestra vida está fundado sobre la honorabilidad de la rebelión. Como nos repugna admitir la identidad universal, ponemos la individuación, la heterogeneidad, como un fenómeno primordial. Pues bien, rebelarse es postular esa heterogeneidad, es concebirla de algún modo como anterior origen de los seres y de los objetos. Si opongo la Unidad, la única verídica, a la multiplicidad, necesariamente engañosa, si, en otros términos, asimilo lo otro a un fantasma, mi rebelión se vacía de sentido, ya que, para existir, debe partir de la irreductibilidad de los individuos, de su condición de mónadas, de esencias circunscritas. Todo acto instituye y rehabilita la pluralidad, y, confiriendo a la persona realidad y autonomía, reconoce implícitamente la degradación, el despedazamiento de lo absoluto. Y es de éste, del acto, y del culto que le es ajeno, de donde procede la tensión de nuestro espíritu, y esa necesidad de estallar y de destruirnos en el corazón de la duración (durée, T.). La filosofía moderna, instaurando la superstición del yo, ha hecho de ella el resorte de nuestros dramas y el pivote de nuestras inquietudes. Añorar el reposo en la indistinción, el sueño neutro de la existencia sin cualidades, no sirve de nada; nos hemos querido sujetos, y todo sujeto es ruptura con la quietud de la Unidad. Quien se ataree en atenuar nuestra soledad o nuestros desgarramientos va contra nuestros intereses y nuestra vocación. Medimos el valor del individuo por la suma de sus desacuerdos con las cosas, por su incapacidad para ser indiferente, por su negativa a tender hacia el objeto. Y de aquí la descalificación de la idea de Bien, de aquí la voga del Diablo.

Mientras vivíamos rodeados de terrores elegantes, nos acomodábamos muy bien a Dios. Cuando otros, más sórdidos, porque más profundos, se apoderaron de nosotros, precisamos de otro sistema de referencias, de otro patrón. El Diablo era la figura pintiparada. Todo en él concuerda con la naturaleza de los acontecimientos de los que es agente y principio regulador: sus atributos coinciden con los del tiempo. Implorémosle, pues, ya que, lejos de ser un producto de nuestra subjetividad, una creación de nuestra necesidad de blasfemia o soledad, es el maestro de nuestras interrogaciones y de nuestros pánicos, el instigador de nuestros desvaríos. Sus protestas, sus violencias, no carecen de equívocos: ese «gran Triste» es un rebelde que duda. Si fuera simple, de una sola pieza, no nos atañería; pero sus paradojas, sus contradicciones, son nuestras: acumula nuestras imposibilidades, sirve de modelo a nuestras rebeliones contra nosotros mismos, al odio de nosotros mismos. ¿La fórmula del infierno? Es en esa forma de rebelión y de odio donde hay que buscarla, en el suplicio del orgullo derribado, en esa sensación de ser una terrible cantidad desdeñable, en los tormentos del «yo», de ese «yo» por el que comienza nuestro fin...

De todas las ficciones, la de la Edad de Oro es la que más nos pasma: ¿cómo ha podido rozar las imaginaciones? Y es para denunciarla y por hostilidad contra ella por lo que la historia, agresión del hombre contra sí mismo, ha cobrado empuje y forma; de tal suerte que entregarse a la historia es aprender a sublevarse, a imitar al Diablo. Nunca lo imitamos tan bien como cuando, a expensas de nuestro ser, emitimos tiempo, lo proyectamos fuera y lo dejamos convertirse en sucesos. «A partir de ahora, ya no habrá tiempo»: ese metafísico improvisado que es el Angel del Apocalipsis anuncia de este modo el fin del Diablo, el fin de la Historia. De este modo, los místicos tienen razón de buscar a Dios en sí mismos o en otra parte, salvo en este mundo del que hacen tabla rasa, sin por ello rebajarse a la rebelión. Saltan fuera del siglo: locura de la que nosotros, cautivos de la dudación, somos raramente capaces. ¡Si al menos fuésemos tan dignos del Diablo como ellos lo son de Dios!

Para persuadirse de que la rebelión goza de una honorabilidad indebida basta reflexionar sobre la manera en que se califica a los espíritus ineptos para ella. Se les llama blandengues. Es casi cierto que estamos cerrados a toda forma de sabiduría porque no vemos en ella mas que una blandenguería transfigurada. Por injusta que sea una reacción semejante, no puedo impedir sentirla para con el mismo taoísmo. Aun sabiendo que recomienda el alejamiento y el abandono en nombre del absoluto y no de la cobardía, lo rechazo en el momento mismo en que creo haberlo adoptado; y si doy mil veces razón a Lao-tsé, sin embargo, comprendo mejor a un asesino. Entre la serenidad y la sangre, lo natural es inclinarse hacia la sangre. El asesinato supone y corona la rebelión: quien ignora el deseo de matar, por mucho que profese opiniones subversivas, siempre será un conformista.

Sabiduría y rebelión: dos venenos. Incapaces de asimilarlos ingenuamente, no encontramos en ninguno de los dos una fórmula de salvación. Sigue siendo cierto que en la aventura luciferina hemos adquirido una maestría que nunca poseemos en la sabiduría. Para nosotros, la misma percepción es sublevación, comienzo de trance o de apoplejía. Pérdida de energía, voluntad de gastar nuestras disponibilidades. Rebelarse con cualquier motivo comporta una irreverencia contra uno mismo, contra nuestras fuerzas. ¿De dónde sacaríamos para la contemplación ese derroche estático, esa concentración en la inmovilidad? Dejar las cosas tal como están, mirarlas sin querer morderlas, percibir su esencia, nada más hostil a la dirección de nuestro pensamiento; aspiramos, por el contrario, a zarandearlas, a torturarlas, a prestarles nuestros furores. Así debe ser: idólatras del gesto, del juego y del delirio, gustamos de los que arriesgan el todo por el todo, tanto en poesía como en filosofía. El Tao‑te‑kin va más lejos que Une saison en enfer o Ecce Homo. Pero Lao‑tsé no nos propone ningún vértigo, en tanto que Rimbaud y Nietzsche, acróbatas que se contorsionan en el punto extremo de sí mismos, nos invitan a sus peligros. Sólo nos seducen los espíritus que se han destruido por haber querido dar un sentido a sus vidas.

No hay salida para quien juntamente rebasa el tiempo y se hunde en él, para quien accede sobresaltadamente a su última soledad y se ahínca, sin embargo, en la apariencia. Indeciso, tironeado, se arrastrará como un enfermo de la duración, expuesto juntamente a la atracción del futuro y de lo intemporal. Si creyendo al Maestro Eckhart, el tiempo tiene un «olor», con mayor razón aún debe tener uno la historia. ¿Cómo permanecer in‑sensible a él? En un plano más inmediato, distingo la ilusión, la nulidad, la podredumbre de la «civilización »; empero, me siento solidario de esa podredumbre: soy el fanático de una carroña. Guardo rencor a nuestro siglo por habernos subyugado hasta el punto de acosarmos incluso en el momento en que nos separamos de él. Nada viable puede salir de una meditacíón de circunstancias, de una reflexión sobre el acontecimiento. En otras edades más felices, los espíritus podían desvariar libremente, como si no perteneciesen a ninguna época, emancipados como estaban del terror de la cronología, abismados en un momento del mundo el cual, para ellos, se confundía con el mundo mismo. Sin inquietarse por la relatividad de su obra, se consagraban a ella enteramente. Estupidez genial irremisiblemente pasada, exaltación fecunda, en nada comprometida por la conciencia descoyuntada. Adivinar todavía lo intemporal y saber, sin embargo, que nosotros somos tiempo, que producimos tiempo, concebir la idea de eternidad y mimar nuestra nada; irrisión de la que emergen no sólo nuestras rebeliones, sino también las dudas que tenemos a su respecto.

Buscar el sufrimiento para evitar el rescate, seguir en dirección contraria el camino de la liberación, tal es nuestra aportación en materia de religión: iluminados biliosos, Budas y Cristos hostiles a la salvación, predicando a los miserables el encanto de su desdicha. Raza superficial, si se quiere. No por ello es menos indudable que nuestro primer antepasado nos ha dejado, por toda herencia, el horror al paraíso. Dando un nombre a las cosas, preparaba su decadencia y la nuestra. Si quisiéramos remediarla, nos haría falta comenzar por desbautizar el universo, por quitar la etiqueta que, superpuesta sobre cada apariencia, la realza y le presta un simulacro de sentido. Mientras, hasta nuestras células nerviosas, todo en nosotros aborrece el paraíso. Sufrir: única modalidad de adquirir la sensación de existir; existir: única forma de salvaguardar nuestra perdición. Así será en tanto que una cura de eternidad no nos haya desintoxicado del futuro, en tanto que no nos hayamos acercado a ese estado en el que, según un budista chino, «el instante vale diez mil años».

Puesto que el absoluto corresponde a un sentido que no hemos sabido cultivar, entreguémonos a todas las rebeliones: acabarán indudablemente por volverse contra sí mismas, contra nosotros mismos... Ouizá entonces reconquistaremos nuestra supremacía sobre el tiempo; a menos que, muy por el contrario, queriendo escapar a la calamidad de la conciencia, no nos reunamos con las bestias, las plantas y los objetos, con esa estupidez primordial de la que, por culpa de la historia, hemos perdido hasta el recuerdo.

Texto extraído de "La tentación de existir", Emile Cioran, Págs. 9/21, editorial Taurus, Madrid, España, 1979.
Edición original: ed. Gallimard, París, 1972.
Selección y destacados: S.R.
Con-versiones abril 2004

jueves, 21 de mayo de 2009

Diez tesis "poderiales" sobre América Latina

DIEZ TESIS PODERIALES SOBRE AMERICA LATINA

Por Freddy Quezada

“Poderial”, es un neologismo parecido al anglicismo empowerment. A mis oídos suena sin dulzura y con un acento acerado, como lo opuesto de la palabra “Aurora”, el nombre de mi compañera. Poderial es una palabra extraña y fea. Al inventarla, la siento como ese tipo de flores bellas que nacen en los pantanos pero que, apenas uno se acerca para aspirarlas, se entera de su fetidez. O, quizás, a una marca de aquellos exquisitos quesos, nacidos de los peores estercoleros. A como sea, esta palabra, bello fruto sostenido por unas raíces nauseabundas, viene de “poder” como eje de reflexión. Esa práctica que Ken Wilber (1999), autor de las nuevas teorías holísticas del pensamiento de segundo grado, coloca en lo que llama “meme” rojo. Ese poder que ha repugnado siempre a las almas sensibles y delicadas cuando las engañan quienes se presentan enmascarados con su abnegada vocación de servicio público. Ese poder que investigaron en su tiempo y a su manera, lúcida y sin concesiones, Maquiavelo (en la política), Hobbes (en la naturaleza humana), Sade (a través del placer), Marx (en la economía de las clases sociales), Nietzsche (a través de una voluntad creadora) y Foucault (en las resistencias microfísicas).

Los latinoamericanos hemos venido lamentándonos de nuestra suerte, sea por la vía de la identidad desgarrada o por el reclamo de derechos conculca dos. En ambos casos, nos presentamos como víctimas de injusticias (como si también no las ejerciéramos nosotros) y como vencidos pasivos (como si no ejecutáramos de vez en cuando venganzas contra los prójimos más cercanos). Creemos que está fuera todo lo que padecemos y preferimos ignorar que hacemos sufrir dentro, a los que no somos nosotros, en cualquiera de los papeles que nos identifiquemos.

El poder es un esquema usado por marxistas y liberales para emancipar, reivindicar, regular, oprimir o reducirlo sólo a los marcos del Estado-nación y a los conflictos entre ellos. Quizás en estas reflexiones se encuentren ecos parecidos, pero hasta ahí llegan las semejanzas. El poder es la relación social más importante que sostienen los vínculos sociales.

En nuestra época y  nuestros espacios, transitan a través de imaginarios potenciados por la seducción del deseo (usuales en el consumo y la publicidad), la multiplicación, velocidad y cobertura de los medios de comunicación. Los territorios pueden aparecer o desaparecer, es lo de menos. Lo importante son los procesos de formación, seducción y credibilidad de los imaginarios que nacen y desaparecen según les creamos o no a ellos, los compartamos haciéndolos viajar y componer en otras cabezas como si fueran deseables.



1.     Tesis: América Latina no existe

Argumento: América Latina es un invento de ilustrados, una obsesión de libertadores traicionados, una pasión de escritores de comienzos del siglo XX,  una quimera tanto de izquierdistas como de románticos conservadores, una ilusión de teólogos y filósofos utópicos, un horizonte de revoluciones traicioneras, fracasadas o congeladas y, por último, un negocio de políticos, universidades, centros de investigaciones e intelectuales orgánicos e institucionales, tanto dentro de la misma América Latina como fuera de ella.

En las universidades Latinoamericanas y Caribeñas, en las europeas y norteamericanas,  somos estudiados por nuestros propios paisanos, como algunos ya lo están haciendo (como copias vulgares del postcolonialismo de Said, Bahba y Spivak) pese a esfuerzos de pensadores como Gustavo Lins Ribeiro (2001) [1] , con el postimperialismo; Edgardo Lander (2000), con la crítica al postmodernismo aún eurocéntrico; Fernando Coronil (2000), con la crítica al postcolonialismo aún muy “commonwealth”; Walter Mignolo (1998), con el postoccidentalismo y Nelly Richards (2001), con la denuncia del “internacionalismo académico” y su capacidad de imponer agendas en los debates intelectuales.

Así como los medios viven de preocuparnos todos los días, tengan o no solución los problemas, los ilustrados latinoamericanos viven de renovar o regresar a conceptos viejos, atrasados y uniformes (como “pobreza”, “democracia”, “América Latina”, “pueblo”, “desarrollo” [2] con apellidos, etc) como monedas que, sin metáforas, literalmente nos dan de comer, como una anécdota contada por James Petras, que nos deleitó hace muchos años y mantiene su vigencia: la “madrecita chilena” [3], o bien, aquella en la que varios especialistas internacionales sobre la pobreza africana, en una elegante reunión de la ONU, disputaban países y territorios para sus consultorías, hasta que el más “sensato” de ellos los calmó confesándoles que en el continente “negro” había “hambre para todos”.

Intelectuales como Darcy Ribeiro, Cabrera Infante, Vargas Llosa y Borges, también se  preguntaron dudosos en algún momento: ¿Existe América Latina? Mientras dominó el imaginario de solidaridad entre las clases medias durante la parte más gruesa del siglo XX, se creyó en su realidad y muchos escapamos de morir por ella. Hace poco, en un intercambio de correos electrónicos publicados por el periódico español El País, dos autores con éxito en el exilio, Ricardo Piglia de origen argentino muy a gusto en EEUU y Roberto Bolaño, chileno recientemente fallecido y una sensación como escritor en Italia y en España sobre todo por su novela póstuma “2666”, exploraban el sentimiento de lo “latinoamericano” en contextos multiculturales, terminando por acordar que el sentido de eso es cada vez más débil y extraño, recordándonos un poco a Agamben sobre lo que decía de los exiliados. Jorge Luis Borges, dijo una vez como boutade que América Latina no existía, algo que debió tomarse más en serio, como en efecto lo hago yo aquí. Pero no hay que hacer de la necesidad una virtud. Que una cosa sea como es, no se deriva que la celebremos o la censuremos. Esta suerte de serenidad es la que los alemanes llaman Gelassenheit. De la lucidez de un hecho, no debe desprenderse como necesidad su cambio o su restauración, ni siquiera su mantenimiento. Uno es lo observado. Tal es la sencilla sabiduría krishnamurtiana. América Latina no fue más que un invento de Michel Chevalier en 1835, en un momento en que la oligarquía criolla latinoamericana se deslumbraba por la cultura francesa, como hoy lo hacen con la “gringa”, recogido después de las secuelas del Ariel de Rodó, por el poder de la América anglosajona para definirnos al mismo tiempo que afirmar, con ella, a nuestros definidores. Tener el valor de reconocer la inexistencia de América Latina, fruto de nuestra imaginación de ilustrados y camisa de fuerza de nuestras iniciativas, probablemente termine la discusión insoportable de  preguntarnos siempre quiénes diablos somos y ahora empezar sin complejos ni prejuicios desde nuestra simple condición de mortales en un campo de fuerzas “fragmegrado” (fragmentación + integración) y “glocalizado” (globalización + localización). Muerto el perro se acabó la rabia.

2.     Tesis: no importan las América Latinas que puedan, deban o no quieran ser. Esa es fuente de la que se alimentan los vividores del tema. Sólo sé que nos domina una fuerte diferenciación de imaginarios étnicos donde en el techo está el descendiente europeo y en el suelo el indígena y el negro. El mestizo no es más que otra construcción del “criollo disminuido” que siempre fueron nuestros intelectuales.

Argumento: Aníbal Quijano (1992; 1998; 2000) es el único que ha sabido ver esto sin dejarse llevar por paradigmas clasistas, modernos o postmodernos. Es un aspecto que nos domina desde la colonia. Todo nuestro tejido social está profundamente condicionado por una escala racial de fondo que los paradigmas positivistas, liberales, marxistas y neoliberales sólo han sabido invisibilizar. Todos manejamos dentro de nuestros países y entre ellos, imaginarios raciales construidos desde la historia transmitidas en las escuelas y universidades y además, los medios terminan de rematar, pero que los paradigmas contemporáneos siempre ocultan.

Esto no sólo sucede en América Latina, sino en todos los continentes. Yo, en lo personal, no puedo separar a un argentino, por ejemplo, de un hombre urbano, blanco, de brazos peludos, voz ronca y grandilocuente, que probablemente nada tenga que ver con los argentinos reales (como el Che Guevara que es el menos argentino de ellos, aunque el mejor) pero que puebla mi cabeza desde que en mi niñez seguía por la radio primero y  por la televisión, después, un popular programa cubano, “Tres Patines”, donde Patagonio Tucumán y Bandoneón acusaba siempre de estafa al charlatán isleño. Debe pasar lo mismo desde ellos con respecto a los nicaragüenses. Y de un latinoamericano a otro.



3.     Tesis: No hay dos América Latinas: la legal y la real, sino sólo una: la que no conocemos

Argumento: Alejandro Serrano (2004: 79-81), filósofo nicaragüense, ha desarrollado tres tesis sobre América Latina. Basado en ideas  de Octavio Paz y Carlos Fuentes, que al menos rompieron con la tradición de James Petras (2000), Martha Harnecker (2003), Bernardo Klikberg (2004), Pablo González Casanova y Fernando Mires[4], prácticamente se reduce a decirnos que hay dos América Latinas, una real y otra legal, donde esta última trata de reducir, recortar y configurar a aquella. De tal lógica se desprende que los dirigentes latinoamericanos desde la política “dicen lo que no hacen para hacer lo que no dicen”, como lo señala correctamente Serrano. El asunto aquí tiene por eje, hacer ver que América Latina real es diferente de la legal. En realidad, creo yo, hay una sola, pero no la hemos podido conocer, simplemente porque a lo mejor no existe o jamás existió. Conocemos la ilustrada, venida desde los esquemas de la cultura escrita (aún de los cronistas más antiguos, de los antropólogos más radicales y la de los nihilistas más extremos) provenientes de nuestros colonizadores y educadores. Lo legal siempre ha existido, lo real nunca. No sabemos, no lo podemos hacer por los límites impuestos por nuestro lenguaje escriturario, qué son los no ilustrados, los “indios”, los “negros”, los “bárbaros”, “la gente real”, “los campesinos”[5], porque a los que conocemos por esas identidades, los hemos creados nosotros desde nuestros universos imitados, vacíos y repetidos, incluso con la colaboración de universidades, foros y centros de investigaciones como los que financian y organizan encuentros donde lo importante son los viáticos jugosos, el valor de los boletos aéreos de ida y regreso, el precio y regateo de las tarifas de inscripción, pasear, conocer los ritos y protocolos para saludar a las “vacas sacras” del evento o, ganarse la fama a costa de ellas por parte de los jóvenes, como aquellos vaqueritos que llegaban a retar en las ferias del lejano oeste a los viejos pistoleros.

4.     Tesis: América Latina no ha sido siempre víctima, también ha tenido y sigue teniendo sus venganzas.

Argumento: en una relación de poder, las resistencias que él mismo genera, quiebra ese dualismo de origen cristiano, donde se cree que el amo controla absolutamente todo y los esclavos están completamente inmovilizados y pasivos. Este imaginario nos ha hecho ver la historia como la narración de víctimas y victimarios, cuando en realidad no es más que el choque de verdugos diferentes, donde uno pierde y el otro resulta vencedor.  Los subalternos también responden y en muchos casos con una crueldad superior o parecida a la de sus verdugos, como en las revoluciones. Una vez el Marqués de Sade dijo que la astucia es el arma de los esclavos. Yo agregaría que también la simulación y la venganza en pequeña escala. Las sociedades no son más que campos de fuerzas con identidades profundamente cambiantes como las nubes. No sé por qué imagino este escenario como el sueño de la clase media (en el sentido del Brahman de la tradición hindú) que no logra despertar y sigue creyendo que todos los personajes que crea son realidad. Me parece que hay que descargarle una monumental bofetada para que despierte y nos obsequie una sonrisa de serenidad. Las victimizaciones refuerzan el polo que, paradójicamente, quieren derrotar precisamente los herederos de esas concepciones redentoras y heroicas de la modernidad. Como no es una unidad, América Latina encierra dentro de ella todo el universo que nos hace creer que está fuera y que no puede ver que practica todas las injusticias dentro de ella, que condena. Sólo el reino de las diferencias nos abrió los ojos en este sentido, para volverlos a cerrar nuevamente con sus endurecimientos y esencialismos.


5.     Tesis: América Latina ha llegado a ser lo que ha sido siempre: una amalgama

Argumento: hay una serie de sectores dentro de América Latina cuya coherencia sólo les llega de los distintos proyectos ilustrados que buscan uniformarla, homogenizar su destino e imponerles una identidad única y eterna. En esto coinciden enemigos y defensores de América Latina, desde los Eduardo Galeano hasta los Carlos Alberto Montaner. Pero en verdad América Latina es una amalgama, sin orden ni concierto, sin solución de continuidad entre sus fragmentos. Si se imponen imaginarios a todas las partes es por razones puras de poder y no por esencialismo, destino, naturaleza, proyecto o sentido. Dejemos de hablar por nuestros propios inventos escriturarios como lo reconoce Scheines (1995:195); “Nosotros los latinoamericanos fundamos la patria en la escritura. Si no lo hiciéramos, aquí no se podría vivir”. Acabemos de convencernos que nos alimentamos de nuestras propias criaturas o residuos, como esa variedad de pollos industriales dispuestos en circuitos y canaletes alternos donde los que están en los depósitos superiores descargan para  que se alimenten los de la escala inferior y engorden para su sacrificio. Este procedimiento hace de estas carnes insípidas y de baja calidad, exactamente como nuestras ideas.

6.     Tesis: Samuel Huntington tiene razón en temer a los latinoamericanos, pero por las razones equivocadas.

Argumento: en un ensayo, “The Hispanic Challenge”, y en su próximo libro: “Quiénes somos”, Samuel Huntington descubre que los mexicanos han “establecido cabezas de playa” por todo el territorio estadounidense. A su juicio, esta invasión  es un peligro para la identidad histórica, cultural y lingüística de EEUU, así como para los sistemas políticos, legales, comerciales y educativos; y aun para su integridad territorial. El autor llega al extremo de sostener que ‘la división cultural’ entre hispanos y anglos podría reemplazar a la división racial entre negros y blancos como ‘la más grave división en la sociedad americana’. Los latinoamericanos con su alto índice de natalidad, y su no adaptación al sistema de vida, han hecho que sus tradiciones culturales se transmitan a las próximas generaciones. Con esto Huntington, apunta hacia el fenómeno de las migraciones como el próximo gran reto en cuanto a seguridad nacional se refiere. Las migraciones de latinoamericanos, sobretodo de mexicanos, a suelo estadounidense representa un peligro inminente a los valores  tales como el idioma inglés, el calvinismo, el apego al imperio de la ley, los derechos del individuo, la ética del trabajo, entre otros.

En efecto, a Huntington le asiste la razón en sus temores, pero las divisiones que él ve, no serán tan claras como las que gobiernan su imaginario, parecido al “Patagonio” que sigue dominando el mío. Probablemente algunas de sus hijas, si es que tiene y me encantaría conocerlas, se enamorará de un “hispanic” culto, blanco y con una excelente dicción inglesa, pero no sabrá que es una combinación en sí mismo por la invisibilización que sufren todos ellos. Como en la película “Un día sin mexicanos” de Sergio Arau,  en la que desaparecen 14 millones de latinos y una mañana no hay quien limpie los platos, corte el pasto, enamore a las gringas, riegue las flores o barra las calles. No hay campesinos, policías, albañiles, ni nanas. Sammy - para los amigos confianzudos que aspiran a ingresar a su familia -,  nos asigna una cultura más fuerte de la que realmente tenemos, aunque sabemos que donde se fortalece en parte es por el lado de los migrantes. Este consejero del amo, ve el lado de poder de los vencidos, pero en vez de celebrar la integración de una parte de ellos, teme la rebeldía de la otra. Pero, se equivoca creyendo que la rebelión le llegará por la vía clásica. En la cultura culinaria, por ejemplo, uno de los pocos sitios donde se dan cita élite y plebe, se puede conquistar el estómago de los refinados, al fin y al cabo, como los negros con su música rap, se puede ocupar como arma lo que mejor se sabe hacer. Tal vez, una cultura tan sin cocina y sin telenovelas como la gringa, ella misma telenovela de la cultura europea, termine por ser hechizada en sus eslabones culturales más débiles.

7.     Tesis: El poder del imaginario latinoamericano al ejercerse se goza y el placer al gozarse se quiere repetir.

Argumento: para explicarme, prácticamente se necesita cruzar las concepciones de Foucault (el poder reticular) con las de Sade (el placer). Un cruce entre un gay y un libertino. Un excluido que supo responder al sistema y un aristócrata rebelde que supo ver en el poder, la mayor de las lubricidades rindiéndole homenaje con su filosofía escandalosa. El placer es un negocio del consumo y la publicidad, un lubricante del poder. Cuando la intención coincide con el acto, se produce el poder (como si fuera magia) y cuando se le agrega gozo, tenemos la fórmula de la felicidad contemporánea. Nadie se atreve a decirlo porque lo impide la máscara del bien común, las promesas de redención, el horizonte prometeico y los cretinos escrúpulos éticos. Esta es la debilidad de concepciones como las de García Canclini (1990), considerando que sus procesos de hibridación se hacen de modo plano y dialógico, donde no se impone nadie, como versiones culturales de las viejas ideas soviéticas de la coexistencia pacífica, y las de Jesús Martín Barbero (1997), sin renunciar a su discurso emancipador de pequeña escala y a las racionalidades weberianas y salvíficas para comprender a grupos reducidos, virtuosos en su diferencia.

El poder de los medios de comunicación encuentra su fuerza para construir y hacernos pasar los imaginarios con nuestra propia complicidad en el placer de la publicidad, que nos los impone agradando, y en la devolución del reflejo a través del consumo y del número, incluyendo los canon nacidos de libros e investigaciones, también impuestos como, por ejemplo, las ideas sencillas y lineales (“meme naranja”)  de Francis Fukuyama (1992), las simples y rotundas (“meme azul”) de Samuel Huntington (1997), pese a las críticas demoledoras de Jacques Derrida (1995) a aquel y de Edward Said (2001) a este, que muy pocos conocen (“meme verde”).

América Latina, con estas herramientas, se nos aparece así como Costa Rica en sus trípticos para turistas, cuando todos sabemos que no es cierto, que unos a otros nos invadimos, nos despreciamos por las diferencias raciales, nos envidiamos las riquezas, que no le dejamos salidas al mar a nuestro vecino, que devolvemos a los inmigrantes del país contiguo de nuestras fronteras, que traicionamos juntos o separados, frente al amo, al país desobediente o rebelde. En resumen, ya no somos latinoamericanos, hemos dejado de sabernos tales desde nuestros espacios y quizás el único sitio donde lo recuperamos sea en el vientre del monstruo que nos definió, aunque ahí tampoco se terminan las diferencias.

8.     Tesis: Nadie sabe quiénes son los pobres, mucho menos la pobreza.

Argumento: la pobreza es un imaginario que supone a víctimas pasivas, uniformes y homogéneas en un sufrimiento dotado de un sentido trascendente en el que no se puede permitir el sacrificio de los inocentes y en el que mientras se juzga a los responsables, deben prepararse esquemas de distribución de la riqueza, cuando ésta es mal vista, o eliminar a la pobreza, cuando aquella debe ser respetada. Los pobres, ese concepto del siglo XIX, que superaron marxistas (a través del clasismo) y académicos liberales (como Weber, Aron, Berlin, Parsons, Merton) a través de estratos y grupos específicos, desde la mitad del siglo XIX hasta cerca del XX y que ha vuelto a revivir, por la cobardía de los intelectuales derrotados, servidores de la voluntad de las agencias de financiamiento de sus investigaciones, que las condicionan y las echan a  perder desde el despegue por el uso de estos conceptos inservibles, por universales y uniformadores, ha regresado con todas su desventajas y favores.

Nadie dice, ni críticos ni defensores, al amparo de un concepto tan general como los que se vienen de destruir, que los pobres también son criminales, vengativos, astutos, rebeldes, perversos y libertinos y, sobre todo, diferentes entre sí, hasta el grado que un narcotraficante analfabeto se parece, en sus condiciones materiales, más a un rico newyorkino que a un campesino nicaragüense y que un yuppie europeo en bancarrota se desespera más por su condición de pobreza que cualquier “mayangna” de nuestra Costa Atlántica.

Nada de lo anterior, lo ignoran los organismos mundiales y las instituciones financieras internacionales. Es célebre y conocida en todo el mundo “pobre” la batalla entre el PNUD (con su concepto de Necesidades Básicas Insatisfechas, NBI) y el BM (Línea de Pobreza, LP), por imponerse mutuamente sus metodologías para medir la “pobreza”. Es como si dijéramos que cruzaron aceros el ala “izquierda” multicultural y el ala “derecha” neoliberal del postmodernismo. El Derecho contra la Economía. Sen contra Wolfensohn. El vencedor contra el vencedor [6]. Los “pobres” son sólo números que cuentan con un gran poder a favor o en contra del que les teme o los halaga para defender sus intereses o arrebatarlos para ponerlos al servicio de los propios. La “pobreza” llegó a tener carta de ciudadanía y performatividad por la imposición de las instituciones financieras mundiales a los organismos regionales académicos que empezaron a depender en sus investigaciones de esas fuentes de financiamientos. En los seminarios, foros y congresos de científicos sociales, muchos investigadores conocedores de la inutilidad de esta categoría en vez de deconstruirla [7], la afirman aún más, desconociendo la rica tradición sobre tipologías y estratos sociales de otros paradigmas[8], que bien se hubiesen usado para integrarlos y superarlos, ahora pierden el tiempo en discusiones intrascendentes sobre si  lo mejor es llamarle al fenómeno “vulnerabilidad social” o “riesgo de empobrecimiento” (Minor y Sainz, 2004)  o volviendo a reconocer los estratos por medio de ridiculeces como “no pobres”, “pobres moderados” y “pobres extremos” (Gomes y Gandini, 2004). El problema no sólo es el concepto de “pobreza” sino la pobreza de “conceptos”. El modo de derrotar a un  número grande (al que pertenecen conceptos como “humanidad”, “masas”, “género”, “opinión pública”, “ciudadanos”, “consumidores”, “sociedad civil”, “mercado”, “audiencias”, “pobreza”, etc) es diferenciarlos por medio de líneas de división identitarias. El número tiene un poder en sí mismo que es necesario y suficiente para imponerse como verdad y como deseo, por la presión que ejerce sobre individuos que se imaginan autónomos, individuales, libres y soberanos, aunque en  realidad están solos e indefensos frente a las pantallas, símbolos, signos y relatos que les hacen creer fuentes de composición de imaginarios con su propia complicidad y credo.

Los imaginarios no son verdades o mentiras, ni conceptos, porque no resisten el menor análisis, sino dispositivos cuyo significado es su uso y el poder que tienen para construir definiciones prácticas y “estructuras de sentimientos” como las llamó Raymond Williams (2000), con una gran energía operativa para desencadenar acciones que van desde el fomento de prejuicios hasta las guerras. En este sentido, podemos decir que los imaginarios son los monstruos que creó el diferencialismo. A veces me he sorprendido a mi mismo con expresiones acerca de otras nacionalidades o grupos sociales, que no coinciden con lo que realmente son, y yo lo sé, pero que satisfacen profundamente un nivel de insulto y descargas, de elogios y admiración o de humor y censura, que me complazco en engañarme con una caracterización rápida y efectiva para juzgarlos fuera de lo “políticamente correcto”, esas nuevas prohibiciones postmodernas.

En este matiz de usar un imaginario sabiendo que no es verdad está toda la clave de su misterio y poder.[9] De igual manera, he sorprendido también a personas que se mueven a mi alrededor, independientemente de su grado académico, con expresiones parecidas.  De este tipo son el uso de  imaginarios como “negro”, “tico”, “nica”, “gringo”, “latino”, “árabe”, “sudaca”, “rico”, “chino”, “migrante”, “pobre”, etc.

9.     Tesis: Hay más diferencias que semejanzas en América Latina.

Argumento: Le debemos a los historiadores recordarnos siempre que el saludo de los occidentales, al estrecharse las manos derechas respectivas, es la expresión para neutralizarlas e impedir así el apuñalamiento artero por la espalda, cuando dos nobles se abrazaban en la Edad Media. A los antropólogos se les debe el descubrimiento que el saludo occidental no es de uso universal y que, en una tribu del amazonas, por ejemplo, lo efectuaban con la mano izquierda, porque la derecha la ocupaban para limpiarse el culo. Descubrimientos inocentes de diferencias como las de este tipo, fueron las que desencadenaron un motor nuevo para leer los fenómenos sociales en el contexto de la globalización. Incluso, mucha de la sabiduría de nuestra época descansa en saber cuándo, dónde y cómo detenerse en el fraccionamiento alucinante e infinito que puede ocasionar la diferencia. Tutsis y Hutus hoy se consideran guerras libradas en nombre de especificidades propias de esos grupos étnicos, cuya responsabilidad corre a cuenta exclusiva de sus elecciones. Pero en la época de la igualdad se hubiese dicho que sus agresividades les llegaban de su rechazo a integrarse en Estados Nacionales, los mismos que los colonizadores les impusieron y alimentaron sus diferencias. En cualquiera de los casos, sea por imperativos políticos o por la indolencia y abandono del diferencialismo, los culpables siempre han sido ellos. Por defender tanto la diferencia se puede terminar diciendo lo mismo que sus adversarios. Hoy pesan más las diferencias económicas, étnicas, políticas, lingüísticas y sociales que las semejanzas. Quizás este sea el hallazgo al que le debamos la evaporación del concepto de “América Latina” pero también al de Estado-Nación.

Las antiguas divisiones de clases sociales, en las que las burguesías nacionales se parecían unas a las otras, generalmente blancas y “agringadas”, mientras los mestizos, indios y negros éramos encerrados en una unidad de clase indiferenciada como obreros o campesinos, y que nos parecíamos también en algunas áreas de Latinoamérica, se fueron desplazando por imaginarios más globales y referidos a una escala económico racial que se acerca o aleja del canon euro-estadounidense. Así, Nicaragua, por ejemplo, comparte rasgos, a los ojos de los demás, más fuertes con Haití y algunos países africanos, que con la América del Sur caucásica, pese a que algunos de esos países sean hoy como una “Haití blanca” y hayan sido sustituidos en sus antiguos imaginarios de sucedáneos europeos por otros rivales del mismo subcontinente.

10.                 Tesis: La migración latinoamericana hará caer a la cultura anglosajona vacía, débil y decadente por otra amalgamada, numerosa y desesperada. Ya les estamos tocando los portones y asaltando los muros. Como en Roma, los bárbaros seremos nosotros y los nuevos cristianos serán los “orientales”. Estos ocuparán su espíritu, mientras nosotros asaltaremos su espacio y les haremos abrir sus puertas, saludándonos muertos de miedo en nuestro idioma e invitándonos a comer nuestros propios platos.

Argumento: sólo es un maldito deseo

Y bien, desde que he renunciado a encontrar la verdad, porque cansado de buscarla he envejecido en su curso diciendo un montón de tonterías, espero que estas sean las últimas diez de ellas. Por favor, Aurora, vámonos a casa.

      Managua, mayo del 2007

N          O          T            A          S


[1]               “no somos miembros de los ricos centros imperiales (de hoy o del pasado) como lo son nuestros colegas norteamericanos y europeos, pero compartimos con ellos la herencia formativa de los cánones de Occidente. Por otro lado, no somos educados en grandes tradiciones no-occidentales como lo son nuestros colegas asiáticos, pero compartimos con ellos historias de inserción en posiciones subordinadas internas a imperios capitalistas occidentales”. (Lins Ribeiro, 2001: 162)

[2]               En un reciente trabajo de investigadores alemanes de distintas disciplinas (Thiel, 2001) se aborda el “desarrollo” para los países del sur desde todos los ángulos y nadie de ellos se atreve a poner en duda el concepto mismo de “desarrollo”, descontruido, tan sólo ayer, por los antropólogos y hoy por los estudios culturales, los subalternos y algunos filósofos del lenguaje.

[3]               Este chiste se refiere a un sociólogo chileno que,  por cada investigación que efectúa sobre los desposeídos de su país, su madre, a la que invita a su casa cada último informe, le anuncia que rezará para que la pobreza nunca se termine y poder construir, a punta de investigaciones sobre ella, la alberca de sus sueños.
[4]               Fernando Mires (2005) propone, presentándose como el reconstructor de los Estados latinoamericanos por medio de la democracia, lo que el denomina “diez peligros que corre la democracia en América Latina”, pero desculturaliza la democracia y, además de universalizarla, no la reconoce cuando ve que los intelectuales latinoamericanos ya no polemizan entre sí (antes nos mandábamos a matar unos a otros) porque ese es nuestro modo de practicarla.  Ver la polémica entre Quezada y Mires en http://www.geocities.com/Athens/Pantheon/4255/mires.html y en http://www.geocities.com/Athens/Pantheon/4255/miresd.html

[5]               José Bengoa (2003), campesinista chileno, en un balance de 25 años de estudios rurales en América Latina, constata con pesar que “la cuestión rural” perdió su autonomía y que “los campesinos” pasaron ahora a ser “indígenas”, cruzados por “enfoques de género”, cultivando coca o salarizados en los “clusters” neoliberales.  “Muchos tenemos la impresión de que el llamado ‘objeto de estudio’ se ha desdibujado cuando no se ha ‘disuelto en el aire’, como dicen que dijo alguien” (2003: 37). A lo largo del texto, Bengoa no se atreve a decir con todas las letras lo que él mismo sugiere: que los “campesinos” los construyeron ellos (en el sentido de Berger y Luckmann, 1986) en su lucha contra los descampesinistas. Y viceversa.
[6]               Desde que los derechos empezaron a reinar por encima de los deberes, se generó ese movimiento curioso que descubrió Hegel, al instalarse dentro de los vencedores la misma lógica que emplearon contra los vencidos. Los derechos empezaron a oponerse unos a otros y, aquellos cubiertos por la Constitución o por los diferentes tipos de Derechos Humanos (individuales; sociales, económicos y culturales; y los de tercera generación) son ahora el deporte favorito de los investigadores contemporáneos de estas áreas para averiguar cuál es el que debe dominar sobre los demás, entrando el cartógrafo al campo de las estrategias de poder al que pertenecen, de suyo, mapa y territorio. Hace mucho Marx dijo, y no creo que se haya equivocado, que el articulado del Derecho (las normas del reparto burgués) estaba pensado para limitar o anular un artículo con otro y dejar reinando por encima de todos, el principio sacrosanto de la propiedad privada.

[7] La pobreza no se entiende en estos esquemas como el correlato de la riqueza y al revés. Es decir, donde hay una es porque existe la otra. Y que la una no puede vivir sin la otra. Se cree que con destruir uno de los términos, se acaba el problema y se ignora que sólo se traslada dentro del otro polo el que se quiso eliminar. Como en el yin y el yan, la una ya está en la otra. Piénsese en  Michael Jackson, el cantante negro que se hizo blanco y Eminen, el artista blanco que canta como negro. Cada uno quiere ser el otro, sin saber que ya lo es porque en todo negro ya está el blanco que lo ha definido y en todo blanco se encuentra el negro como virtud de subalterno que se prohíbe desarrollar. Sustituyan “negro” por “pobreza” y “blanco” por “riqueza” en la fórmula y piensen por favor cómo resulta todo.

[8] La división de la sociedad en “pobres” y “ricos”, categorías de raíz cristiana y de las cuales se encuentran buenas definiciones en la Biblia que no citan los especialistas latinoamericanos de hoy (pero sí los ya olvidados teólogos de la liberación) y presociológica (fue muy usada por los escritores románticos del siglo XIX, ingleses, franceses y alemanes, como Víctor Hugo, Charles Dickens y Novalis). Su uso era siempre objeto de desprecio por parte de esquemas más sofisticados, como el marxismo con su estratificación de clases sociales, el funcionalismo con sus ricos estratos cruzando ingresos y educación, los “ideal tipo” de Weber, que brindaron buenos frutos en los estudios agrarios al cruzarlos con Chayanov y originar los estratos por “sistemas de producción” de los que ya nadie habla y ya no digamos la de los antropólogos. En fin, en vez de avanzar superando e integrando a la vez los viejos modos de dividir a la sociedad, la CEPAL, FLACSO y CLACSO retrocedieron mil años luz. Ahora asistimos a un sorprendente fenómeno donde los organismos financieros mundiales son los que se preocupan por defender a los “pobres” y eliminar la “pobreza”. No deja de ser irónico que exactamente esa fue la misión que se impuso a sí mismo el marxismo y de cuyo fracaso se aprovechó quienes hoy lo sustituyen casi con el mismo discurso.

[9] Incluso, entre dos o más imaginarios, siempre se impone el que cuenta con mayor poder. En Fahrenheit 9/11, Michael Moore presenta, cuando se está burlando de la calidad de los países aliados de EEUU en su invasión contra Irak, a un hombre famélico y semidesnudo, en una carreta de bueyes azuzándolos con una pica, representando a Costa Rica, cuando esa misma imagen es la que precisamente administran la mayor parte de los  “ticos” para representarse a los “nicas”.  Del mismo modo, en “La cosa más dulce”, film cuya protagonista principal es Cameron Díaz, se establece un diálogo entre dos hermanos en el cual uno le recomienda al otro, para superar su depresión, un viajecito a Costa Rica donde las chicas locales le pueden hacer una deliciosa felación por menos de cinco dólares.