lunes, 16 de noviembre de 2009

El Caso Sokal

EL CASO SOKAL

(Entre charlatanes y autoritarios)
Por Freddy Quezada



El debate, en "Letras con Filo", que se estableció entre Leonel Delgado, por un lado, y Miguel Ayerdis y Carlos Midence, por el otro, a propósito del papel del crítico literario en Nicaragua, me obliga a referirme a otro que se le parece, pero que es más profundo. En el debate entre estos amigos, el primero acusaba a los que denomina "críticos /comentadores", a los que parece adscribir a Ayerdis y Midence, como en "contacto superficial con alguna teoría académica y el servilismo con el poder cultural". Los autores aludidos le respondieron que las escuelas "criticistas", a las que presuntamente pertenece Delgado, se llenan de una "verborrea confusa y caótica, plagada de términos importados (...) etiquetados por el nombre del apellido del autor que primero lo deslumbró. ¿Barroquismo post-postmoderno?".

Sin pronunciarme en especial en esta polémica, deseo referirme más bien al "Caso Sokal" por lo que tiene de semejante con este debate sano entre amigos. Sucede que Alan Sokal, un físico teórico norteamericano, que por cierto impartió clases en la UNAN de Managua de 1986 a 1988, procedió a juntar un collage de citas de los más caracterizados autores postmodernos de EEUU, le puso su nombre al artículo de marras, y lo envió a una revista especializada (Social Text) en 1996 para darle a entender que un científico cuántico ya estaba convencido de la pertinencia del postmodernismo. Resulta que, después el propio Sokal, desde otra revista (Lingua Franca), se denunció a sí mismo y confesó que la sarta de tonterías que había enviado no tenía pies ni cabeza. Sus amigos le animaron para que escribiera la crítica a través de un libro que, en efecto, hizo junto a un colega belga, Jean Bricmont, y que titularon "Imposturas Intelectuales", pero esta vez dirigido a toda la más selecta intelectualidad postmoderna francesa desde Lyotard y Derrida hasta Kristeva y Virilio. La denuncia principal con la argumentación correspondiente consistía en demostrar la incapacidad y profunda ignorancia de todos estos autores en el manejo de conceptos científicos. Virilio, por ejemplo, "no sabe distinguir entre cinética y cinemática", Kristeva e Irigaray "no saben nada en absoluto de mecánica de fluidos", Lacan es "incapaz de diferenciar entre números imaginarios y números irracionales", Baudrillard no sabe nada de las teorías del caos, Deleuze sólo escribe disparates, Lyotard tiene un conocimiento débil sobre la teoría matemática del derrumbe. Latour, está convencido que la teoría de la relatividad de Einstein es la base del relativismo cultural, etc.

El escándalo no se hizo esperar. Dos ediciones de su libro en francés agotadas, una portada de Sokal en el New York Times y un revuelo de primer orden en todas las universidades occidentales y del mundo. La reacción en contra, hasta ahora, de este "Fukuyama" de nuestros tiempos ha sido más bien de baja calidad. Kristeva lo acusó junto a su marido de tener inclinaciones sexuales sospechosas, la mayoría de los autores aludidos lo han acusado de ser "francófobo, marxista conservador, reaccionario y hasta agente de la CIA." ¿Qué tal?

En lo personal la charada de Sokal me recuerda una mejor de Paul Feyerabend, por cierto uno de los blancos del joven físico norteamericano. Y es aquella célebre defensa de tesis que hizo ante Bertrand Russell, el insigne lógico analítico, que por cierto nunca le perdonó, sobre una teoría física totalmente "inventada y actuada" (Feyerabend era un actor aficionado) que ante un auditorio de estudiantes todavía aguantó la risa al ser aprobado con honores. El episodio lo contaba Feyerabend, para demostrar lo contrario de Sokal con el suyo: cómo los científicos "duros" podían aprobar cualquier cosa con la condición que quién les hablara fuera otro colega con una reputación tan buena o mejor que la propia. Es Feyerabend quien empieza a denunciar a los científicos como una "banda de vividores del presupuesto del Estado" y que la democracia de la ciencia consistía no en votar si la ecuación de Einstein era corecta o no, sino en ejercer el derecho de los contribuyentes a determinar el destino y la utilidad de las investigaciones. Estas cosas son las que tomarán después los postmodernos para también hacer de las suyas, pero el exceso no eliminará los cargos contra los científicos en general y las ciencias duras en particular. Robert Oppenheimer, el paradigma de científico desgarrado, desilusionado y traicionado, pagará con su vida estas miserias.

Mi primera reacción ante este debate fue la de reconocer la actitud valiente de Sokal y Bricmont al enfrentarse al peso de la autoridad de los vencedores postmodernos que han hecho nido en las universidades europeas y norteamericanas. Y, en verdad, los argumentos en contra del abuso de los autores desenmascarados son irrebatibles.

Creo que los excesos postmodernos se derivan del principio nietzscheano "No hay hechos, sólo interpretaciones". La desaparición del texto, del objeto, de la ciencia, deja libre a los sujetos a sus voluntades mediadas por "efectos de verdad" (discursos) como poder entre unos y otros, como dirá más tarde Michel Foucault. Sin embargo, tal principio tiene sus servidumbres y tentaciones. Ha terminado por trivializar la narración científica, que a mi juicio sigue siendo un relato entre otros, lo que no quiere decir que se ignoren sus reglas y especificidades. Esta superficialidad, frivolidad y ligereza es la que molesta a Sokal y Bricmont, y con razón. Es a esto lo que llamo humillación de las ciencias "duras" al verse rebajadas a rango de relato vulgar, por toda una fanfarria postmoderna que construye arbitrariedades y sandeces sobre la ignorancia de varias áreas del conocimiento. Pero, también, se olvida con demasiada frecuencia que las ciencias sociales fueron las primeras en establecer con éxito la comprensión (Weber) de sistemas complejos (hoy llamados no lineales) que repiten las ciencias naturales sin reconocerle la deuda a unas ciencias sociales que todavía lo ignoran, acomplejadas por el viejo positivismo que les brindó su entrada al salón de los "científicos". De Laplace (Mecánica Celeste), en efecto, se pasó a Quetelet (Mecánica Social), pero este fue el que impactó a Boltzman (Mecánica Estadística) y, después, a Maxwell (Mecánica de Probabilidades), padres de las leyes entrópicas y precursores de las teorías del caos. ¿Quién le debe a quién?

¿Pero, no estaremos asistiendo con los excesos de estos discursos de un lado y otro a un cansancio y una desorientación tan general cuya única salida es cada vez más y más, quedarse callado?

Al destaparse la olla, detrás de los héroes ya están llegando los oportunistas que estaban repitiendo como loros los discursos postmodernos y que empiezan a figurar en las revistas científicas presentando a otros autores adelantados a Sokal y Bricmont; los bribones que, basados en el realismo simple e ingenuo de separar al objeto del sujeto, del que el propio Sokal 1 no se libra, ahora reclaman su lugar en el podio de los ganadores del momento; las sabandijas que están saliendo debajo de las piedras a exigir las vidas de los bárbaros que se atrevieron a ensuciar el castillo. Ese castillo inmaculado, como el de Barba Azul, del que logramos descubrir los aposentos llenos de cadáveres que los científicos nos tenían prohibido abrir. Son como los nobles arruinados que regresan en el período de la Restauración y maldicen la ocupación de los plebeyos en palacio. Todas estas metáforas revolucionarias deben entenderlas un marxista como Sokal y un hombre que vivió la última revolución del siglo XX, la sandinista, como yo.

¿Qué corona tienen esta banda de forajidos para exigir claridad, lógica, sencillez y aptitudes cuando ni ellos mismos la poseen ¿No es Popper el que inicia todo el desenmascaramiento y derrumbe de estos príncipes cuando definió a la ciencia como "un conjunto de alternativas rivales" y le siguieron en contra de él mismo y de manera más radical aún Kuhn, Feyerabend, Lakatos, Piaget y Koyré quienes introdujeron el tiempo (la historia), la cultura (los valores) y los intereses de la investigación (el poder) en la lógica (el método) para relativizarla? Las ciencias naturales reclaman sus viejos privilegios y el lugar sagrado que siempre han ocupado desde que fueron denunciadas por sus más brillantes impulsores (Heisenberg, Bateson, Chew, Feyerabend, Prigogyne, Kapra, Bohm, etc) verdaderos científicos que ayudaron a desacralizarla y devaluarla. Restos medio digeridos que terminó por absorber toda la maquinaria postmoderna basados en Focault y su denuncia de la psiquiatría, de la estadística y del discurso científico como mecanismos de represión y control. Sin duda, proliferaron los excesos de los que con justicia se quejan Batman Sokal y Robin Bricmont, el dúo justiciero y vengador de los científicos, pero disparan al vecino (ciencias sociales) mal (a los refriteros de los propios científicos críticos de "su" ciencia normal) y tarde (a una escuela que ya está pasando de moda), porque los verdaderos responsables y con quienes tienen que arreglar cuentas y pedir explicaciones en sus oscuros e indescifrables idiomas lógicos/formales y matemáticos es a sus propios maestros y fundadores de la crítica a la ciencia newtoniana (Heisenberg, Bhor, Born, Chew, Bateson, Bhom, Kapra, Prigogyne, Pribram).

Hay que recordarle a Sokal, ese enmascarado vengador, que me recuerda un poco al pato Daffy imitando a Errol Flynn, que las ciencias sociales también sufrieron en su momento la bota de los modelos de las ciencias duras con el positivismo que aún deslumbra a algunos cientistas sociales, en particular a los economistas. Las servidumbres de estas gentes fueron denunciadas por los antipositivistas de la época, Weber (verstehen), Grasmci (voluntad), Tönnies (Gemeinschaft), etc. Es la vieja batalla entre las ciencias sociales y las ciencias naturales. Y el viejo tour de force entre ellas. La pelota, otra vez, ahora la tienen ellos.

Pero bien, la polémica está servida. No hay aún juicios concluyentes. Y lo que se puede hacer es tratar de hacer enfoques no sobre los discursos (el qué, viejo vicio intelectual) sino sobre quién lo dice y, hasta donde sabemos, Sokal es un marxista norteamericano (simpatizante del Chile de Allende, donde aprendió su buen castellano e internacionalista en la Nicaragua sandinista) noble y valiente, sin duda, pero ingenuo y creyente, como toda la clase media gringa, buscando cómo refundamentar sus paradigmas de redención derrotados y perdidos. Quizás ha creído que rescatando la pureza de unas ciencias humilladas le devuelva a la gente humilde la fe en el progreso y la voluntad de lucha extraviada que él mismo no sabe encontrar. Ignora que los riesgos son también desencadenar la venganza del "Círculo de Viena" y esclavizar de nuevo a las sociedades en las tiranías y despotismos de unas ciencias sin control y sin medida. Si esto sucede será muy difícil atacar otra vez la soberbia y endiosamiento de las ciencias naturales. Einstein, para terminar usando un paradigma venerable para ambos bandos, decía que era más fácil destruir un átomo que un prejuicio.

1 Al separar al objeto del sujeto, como lo aconsejan los manuales más primitivos del positivismo, uno se pregunta si Sokal aprendió esto de sus maestros como Spencer - Brown que desbarató el binomio ("el mundo es indudablemente sí mismo (esto es indistinto de sí mismo) pero en cualquier momento de verse a sí mismo como objeto, debe igual de indudablemente actuar de modo que se haga a sí mismo distinto de, y por lo tanto falso a, sí mismo") o del Lenin de Materialismo y Empiriocriticismo combatiendo a Ernest Mach y Ricardo Avenarius, colegas científicos de Sokal, con sus simplezas materialistas. ¿Qué Sokal habla a través de estos anacronismos? ¿El científico o el político?

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