lunes, 16 de noviembre de 2009

Interregno postimperialista

EL INTERREGNO POSTIMPERIALISTA

(9/11/1989-11/09/2001)

Por Freddy Quezada

No sé por qué, cada vez que escucho La Fiesta, una bella canción de Joan Manuel Serrat, imagino, en términos de ideas, la época que va desde la caída del Muro de Berlín el 9 de Noviembre de 1989, hasta el ataque a las Torres gemelas en Nueva York y al Pentágono en Washington, el 11 de Septiembre del 2001. Serrat habla en ella del pequeño relajo que es toda fiesta donde se encuentran el borracho y la prostituta, el cura y el revolucionario, el rico y el pobre, las desconocidas y aventureros que llegan sin saber qué pasará al final y con quién terminarán durmiendo o quién acabará despertándolos por la mañana. Quiero llamarle a ese paréntesis histórico: interregno postimperialista.

Los interregnos son cardúmenes ricos en ideas, a veces encontradas, paralelas, intersectas, eclécticas, ignorantes unas de otras, indiferentes a pesar de conocerse, fundamentalistas, anarquistas, revolucionarias, reactivas, alternativas y de mil modos más. Me los imagino como esos bancos de pececillos que aprendimos a ver con Jacques Cousteau, en las profundidades de los océanos, que se mueven en grandes bloques en todas las direcciones. Son períodos que casi siempre aparecen en la historia de las ideas, al menos en nuestra cultura, cuando se agotan los paradigmas dominantes y el nuevo aún no termina de consolidarse o empieza a derrotar a los otras ideas rivales con quienes, como un anillo de moebius, convive y con quienes muchas veces se confunde, alimenta, parasita, retroalimenta y oxigena.

Imagínense cómo conciliar la muerte del futuro moderno a través de la denuncia de los metarrelatos por parte de los postmodernos con la idea de los ecologistas de actuar con responsabilidad para tomar en cuenta a las generaciones futuras. Un futuro que no acaba de morir ya está reclamando su lugar en el discurso de los vencedores.

En la historia occidental han habido muchos interregnos. En la Grecia presocrática, por ejemplo, el hervidero de ideas que apenas conocemos por fragmentos provenientes de las profundas polémicas entre sofistas, racionalistas y pitagóricos (donde terminaron imponiéndose los segundos) o en la postaristotélica con los verdaderos torneos entre escépticos, cínicos, estoicos y epicúreos (donde terminaron imponiéndose los terceros).

Después de la caída del Imperio Romano, sucedió algo parecido con la rivalidad entre las ideas postsenequeas, las cristianas, las islámicas y las bárbaras (imponiéndose las segundas). Por supuesto, no eran ni son ideas que amablemente se intercambiaban en salones por hombres sabios y ancianos, sino ideas terriblemente simples que se imponían unas a otras en virtud de la fuerza desnuda y cruel que las sostenía con un poco de consenso creado por los intelectuales de cada idea en lucha.. Sólo es hasta después que se refinaron con los aportes, que los hicieron suyos, de sus propios rivales, y que les enseñarán a los súbditos, ciudadanos y consumidores a olvidar. Se dice con justicia, en consecuencia, que los vencedores son los que escriben la historia con la sangre de los vencidos.

En la primavera de la modernidad, se desencadenaron dos interregnos importantes: uno entre el Renacimiento y la consolidación de la ciencia galileica (que era considerada como una corriente con el mismo peso e importancia que la brujería, el esoterismo y la alquimia) que terminó por derrotar a la religión entre los intelectuales (y se convirtió ella misma en la religión del Estado por excelencia) y otro entre la Ilustración inglesa y la francesa que produjo un chisporroteo increíble de ideas en todas las direcciones, fundando tanto las ideas modernas de igualdad y libertad así como la secularización de la hermandad cristiana en la fraternidad revolucionaria, todas a un tiempo contradictorias, excluyentes y rearticulables.

En la plenitud de la modernidad hubo otro interregno entre las dos guerras mundiales europeas que terminaron por producir las únicas dos revoluciones serias contemporáneas: la rusa, cuya riqueza más sustantiva se presentó de 1927 a 1933, cuando se produjeron las luchas por la sucesión leninista enmascaradas por el “socialismo a paso de tortuga” de Bujarin/Stalin y la “superindustrialización” de Preobrazshenski/Trotsky.

Y la china, célebre por la política de Mao del “florecimiento de cien flores”, para después cortarlas por racimos con la violencia típica de estos regímenes.

A los interregnos debemos que, por ejemplo, los postmodernismos jamás hayan podido separarse del neoliberalismo que terminó por vencerlos prácticamente al consolidarse el mercado, la democracia, las redes financieras /tecnológicas y la fuerza bruta del imperialismo norteamericano después del 11-S. Y convertir la celebración de la diferencia de la primera ahora, en bandera de los gobiernos y algunos grupos de poder para justificar la xenofobia, el chauvinismo y las leyes antiinmigratorias. Qué ironía: la diferencia que se presentó como conquista terminó como cadena.

A los postmodernismos les ha sucedido ahora otro tipo de ideas que han heredado aspectos críticos suyos y reclamos propiamente modernos (los conocidos como postcolonialismos) que se encuentran ya enfrentados directamente con el paradigma dominante convertido en gendarme y la reacción de los viejos esquemas que reclaman su regreso (como el positivismo y el marxismo académico), para exigir el reconocimiento a sus viejas certezas. Es alucinante.

Me pregunto si el positivismo no es el que originó su propio exceso en el culturalismo que, a su vez, ya antes, como humanismo, fue el precursor del cientificismo. Y que luego le toca combatir (con armas que paso a paso podría terminar aplicándose a sí mismo para anularse) y donde uno termina siendo el otro. Mientras algunas nuevas posiciones agotan su imaginario (como algunos postmodernismos y grandes ramas de los estudios culturales) y empiezan acomodarse al establishment, otras, las desplazadas la víspera, se alzan con vigor renovado y amenazan con el viejo puño de siempre.[1]

Hay tres tipos de globalización: la económica, la cultural y la jurídica.

a) La económica incluye las entidades financieras (FMI, BM, OMC, Grupo de los 7), la tecnología y el mercado centrado en el consumo y la publicidad. Los esquemas económicos siguen dominando a pesar de la diferencia entre ellos. Antes era la producción anárquica y libre cambista de las mercancías, efectuadas en la distribución, sucedida por la monopolización de las industrias y su transnacionalización que, denunciadas por el marxismo, mantuvo su crítica en el mismo nivel económico (aunque esta vez en las relaciones de producción) cambiando la forma de distribuir el poder y las riquezas por medio de lógicas igualitarias. A partir del triunfo del neoliberalismo, el nivel pasa al consumo y el alcance de las operaciones financieras en virtud de las nuevas tecnologías aumenta de cobertura y de velocidad. La cadena, pues, ha pasado de la distribución de las mercancías, a la ruptura de relaciones de producción privada y de estas a la “libre elección de los consumidores”. Distribución, producción y consumo.

b) La cultural, comprende las resistencias que genera ante la primera (el consumo y la publicidad son la bisagra que une estas dos áreas) y muchas veces crea la cultura de manera directa en algunos actores sociales locales y globales con la TV y el cine, la música, el deporte, la informática y en general con la antiguamente llamada industrias culturales. Comprende también la reacción, atrapada dentro de las coordenadas y el dominio de las nuevas tecnologías, de las viejas culturas y minorías lingüísticas, sexuales y étnicas que resemantizan sus signos y simbologías dentro de los términos de la globalización. El fenómeno más típico de este aspecto es la inmigración que produce la globalización misma y que de este modo, sin saberlo, prepara a sus propios sepultureros.

c) y la jurídica, la menor en efecto y alcance, que integra a los Derechos Humanos (individuales, socioeconómicos y de la tercera generación) y los reúne en instituciones internacionales como la ONU, la UNESCO, la OIT y las Cortes Internacionales de Justicia, amparados en cartas y declaraciones magnas con un carácter vinculante ambiguo.

La globalización política no es más que el fruto del cruce de los dos primeros tipos. Una exigencia de organismos internacionales a los países de regímenes democráticos, o no, para adoptar políticas de ajuste estructural recomendadas por ellos que hacen de los viejos principios de soberanía y autodeterminación de los Estados –Naciones una ficción del pasado. A su vez cruzado con un conjunto de procedimientos y reglas políticas (alternancia en el poder, comicios electorales periódicos y separación formal de poderes) que terminan produciendo una suerte de democracias delegativas que no tienen en cuenta, ni les interesa, la participación de los ciudadanos ni la cultura política de los actores fundamentales de esos escenarios. En muchos países la democracia es un subproducto de la globalización económica. Es como ciertas mercancías de poco valor que vienen adjuntas en las promociones de algunos artículos mayores en los supermercados. Bien puede uno prescindir de ellos.

Las periodizaciones del Interregno:

a) 1989-1991. Marcado por la caída del socialismo real con el derribamiento del Muro de Berlín y la desintegración de la URSS, abre con una violencia inaudita el período. Además de la consolidación del FMI y BM como entidades autoritarias en la imposición de las políticas de ajuste para la desregulación del Estado y la globalización después de la “década perdida”. Se le sumará la guerra del Golfo Pérsico para asegurarse las fuentes de petróleo y donde se bautiza el poder de los medios de comunicación instantáneos (efecto CNN) que incluso llegaron a poner en duda a algunos de que realmente sucedió. Todo el espectáculo produce un descorazonamiento profundo y un desbande intelectual de las izquierdas mundiales y sus más conspicuos pensadores. Errancia y vagabundeo teórico y existencial. Traslado geopolítico del Noratlántico al Pacífico Sur con la emergencia y pujanza de Japón.

b) 1991-1994. A la caída de la URSS, le siguió de inmediato la balcanización de Europa, con la separación en dos pedazos de Checoslovaquia, la desintegración de Yugoslavia, agitación en Albania y acoso en Rumania que prepararán sus respectivas caídas en el período siguiente. Bosnia-Herzegovina será emblemática y anunciará las guerras geoculturales de nuevo tipo en el corazón de la mismísima Europa. La semiliberalización de China con su apertura hacia el mercado manteniendo la hegemonía del Partido Comunista y con un ritmo brutal de crecimiento del 13% anual presentará en el horizonte a un gigante que empezará a crecer en silencio. En las ciencias duras, la popularización de las teorías del caos (o dinámicas no lineales) empezará a sumergir a la vieja mitología científica positivista en su más profunda crisis con el quiebre de sus dos más grandes soportes: la potencia de sus pronósticos y su seguridad en resolver más problemas de los que ella misma crea.

c) 1994-1997. Este corte comprende el auge y caída de México con sus ilusiones de pasar del tercer al primer mundo por medio del TLC y el ascenso vertiginoso y pasmoso de los tigres y dragones asiáticos, así como su caída fruto de las maniobras, la velocidad y el alto nerviosismo de los capitales. Este período toca de cerca las aspiraciones de nuestros países por el deseo de nuestras clases medias de ver a México rondar la cima. El “efecto tequila” durará poco. También los países del PARI (Corea del Norte, Taiwán, Hong Kong, Singapur) y el ASEAN (Tailandia, Filipinas, Indonesia y Malasia) tendrán su momento sólo para ver su descenso a partir de la devaluación del rupiak y el efecto dominó en todas estas economías burbujas que se arrastrarán unas a otras en su caída.

d) 1997-2001 Este último segmento estará marcado por el endeudamiento, insolvencia y quiebra de Rusia que someterá a grandes presiones al sistema mundial financiero y obligará a las instituciones líderes del mercado de capitales a maniobrar y renegociar para evitar el colapso del sistema en su conjunto. La globalización de la justicia se acusará en el caso Pinochet y empiezan a menudear amenazas de hacer lo mismo con todo tipo de dictadores, Fidel Castro incluido. En América Latina, el “fujimorazo” (fenómeno que combina ascenso de un desconocido sin partido, abolición del parlamento por su corrupción, endurecimiento en la negociación con terroristas y caída por la corrupción misma que le sirvió de bandera en su ascenso) así como la libanización de Colombia (emergencia de nuevos actores como las narcoguerrillas) y la africanización de Argentina, Uruguay y Brasil, hacen entrar a todo el subcontinente en una crisis sin precedentes que alcanza y replantea los viejos temas de identidad y recolonización.. Por otro lado, es también característico de este período la invisibilización de Africa, después de los desastres de las potencias y los organismos internacionales en Somalia y Ruanda. Todo el capítulo lo cerrará ese verdadero rayo en cielo sereno que será el derribamiento de las torres gemelas el 11 de septiembre del 2001.

Después del 11- S, todas las libertades de las que se ufana EEUU están siendo condicionadas por la seguridad y la prioridad de estas políticas que está dando lugar a una inversión del escenario donde la fuerza es el actor principal. Se puede dar el lujo porque cree contar con el consenso de la población (convertido ya en sentido común) sobre las virtudes del mercado y el discurso democrático. Y la medida le puede durar hasta que el sentido común empiece a resquebrajarse por otro interregno, como conjunto de corrientes en todas direcciones.

Las medidas de seguridad interna, el endurecimiento de la política exterior de EEUU, y los escándalos de corrupción en las grandes empresas norteamericanas como Enron y Worldcom, anuncian un nuevo perfil de imposiciones, órdenes y dictados de la potencia norteamericana en el mundo, sin atender a sensibilidades, legalidades y valores de la sociedad occidental. El fin de la diferencia se anuncia e ingresamos al reino de la uniformidad otra vez. El escenario paradójicamente le está preparando el regreso a los cadáveres frescos del marxismo, el positivismo y el estructuralismo que no terminan de patear en el suelo a sus adversarios.

Digamos que podemos llamar al período abierto como postimperialismo (expresión de Gustavo Lins Ribeiro con la que comulgo) en vez del más abstracto e inofensivo “período de los Derechos Humanos” como lo llama Ignacio Ramonet.

EEUU no respeta ni siquiera ya a su propio discurso para obtener consensos y nuevos adherentes. Mientras pide libre comercio y respeto a las leyes del mercado, impone barreras arancelarias para la importación de productos de otros países y subsidia desde el Estado a ciertos rubros y servicios. Es con el ataque a las torres gemelas y al Pentágono que esta doble moral no necesita ya enmascararse ni disimularse y se anuncia así la despedida del rico paréntesis del interregno postimperialista. Los pensadores más persuasivos del neoliberalismo, el consejo de los especialistas, los estudios eruditos, los diagnósticos sofisticados, las recomendaciones de los consultores internacionales, incluso la apertura de los organismos financistas mundiales a escuchar propuestas alternativas, dieron paso al uso del ultimátum, a la orden, al dictado, y a la alternativa única. Es la era postimperialista que regresa cabalgando con el lenguaje y los viejos métodos de las potencias coloniales.

Puntos claves para la discusión:

Ø Los interregnos son ricos en sí mismos. Entre más ideas hayan en un período, no importa lo descabelladas que sean, mejor será la vida de las sociedades y los individuos.

Ø Desgraciadamente algunas ideas se imponen por la fuerza a las demás; con el concurso de intelectuales que combinan en collage imaginativos las ideas confusas y caóticos del período del interregno.

Ø Las ideas triunfantes muchas veces arrastran una combinación de las adversarias. El multiculturalismo, por ejemplo, y los principios de lo “políticamente correcto” son frutos de este orden.

Ø El derribamiento de las torres gemelas cerró esta riqueza. El nuevo lenguaje es la orden y la brutalidad de siempre. El río regresa a su cauce y el orden reclama su imperio. Regresan con ello los amigos de la racionalidad, el sistema y la coherencia. Quizás a ello debamos esa pujanza y agresividad de algunas corrientes de pensamiento minoritarias hasta ahora que exigen el reconocimiento de sus pronósticos.

Se acabó la fiesta artaudiana, es decir, la representación teatral como fiesta, sin directores ni guionistas, librada a los desenlaces sorpresivos propios de la vida real, después de la caída de un muro triste, dos torres trágicas y un pentágono humillado. Vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza. Se acabó. Ya todo terminó.

“Vamos subiendo la cuesta,

que arriba en mi calle,

se acabó la fiesta”.


[1] Cuando un autor usa los argumentos del adversario para criticarlo, es decir se los devuelve para que se los aplique así mismo, están ocurriendo dos cosas simultáneamente: a) el crítico está aceptando que lo que dice su adversario es cierto al usar sus conceptos; b) al aplicar al otro sus propios argumentos, el crítico tiene que aceptar también aplicárselos así mismo en una segunda vuelta. Estas dos opciones tienen a su vez dos consecuencias graves: a) en el primer caso, si un observador ingenuo no lo atiende, puede que el crítico deje un aire de ganador que es más bien el del adversario y b) en el segundo caso, lo lógico es que el crítico se calle porque de lo contrario demuestra ser un huérfano con pulsiones de poder, voluntad de dominio y deseos de triunfar, que descarga con el más impúdico de los cinismos.

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