martes, 17 de noviembre de 2009

Homenaje a Nietzsche en su centenario

ALEMANIA, NIETZSCHE Y EL ESPIRITU DE NUESTRA EPOCA

Por Freddy Quezada

Para Valdraux y Eckhart, con mucho cariño

Dicen los historiadores árabes modernos que sólo dos grandes culturas escaparon, y no del todo, a la influencia islámica, en su momento de mayor esplendor durante la Edad Media: China y Occidente. China les respondió con un silencio soberbio y Occidente con una humildad para aprender. Alemania puede decir hoy algo parecido, desde que ejerce su liderazgo de pensamiento en el mundo moderno, y si China sigue en su mutismo, no podemos decir que el Islam esté aprendiendo. No pueden aprender lo que siempre han enseñado: callar y dominar.

Hegel mismo con su dialéctica no es más que la copia de los viejos ejercicios escolásticos de Escoto de Eurígena a partir del Aristóteles avicénico y, por otro lado, ¿supo Hegel del hinduismo con su Shiva, Vishnú y Krishna transformándose y enfrentándose unos en otro/as siendo, al fin y al cabo, todos el mismo de donde provenían: Brahman? Recordemos que la diferencia entre el hinduismo brahmánico y Hegel es que este último, por su tradición cristiana, historizó la naturaleza humana sobre un tiempo agustiniano y sacralizó la acción (la esencia del ser occidental), algo que heredó hasta el mismo Nietzsche. Es decir el ser y el tiempo, Sein und Zeit, dos de las cosas de las que más se burla la filosofía oriental (desde la del Tao hasta la de Buda), considerando a aquel como el "yo" y al último como ilusión. Heidegger no ignorará esto al descubrir la diferencia entre el ser y el ente y la finitud de toda presencia.

Alemania ha estado guiando desde hace más de tres siglos, el pensamiento moderno con la secularización del cristianismo a través del imperativo kantiano, la dialéctica de reconciliación del Espíritu de Hegel, así como el relato emancipatorio de Marx y el propio nihilismo de Nietzsche, de quien hablaremos esta noche en homenaje a su centenario de muerte. La reacción contra todo este exceso partirá de ellos mismos desde el Círculo de Viena y, más tarde, de la Escuela de Frankfurt en contra de los excesos de los anti-excesos.

De hecho, podemos decir, pues, que la historia occidental contemporánea no ha sido más que un enfrentamiento entre hegelianos de derecha (fascismo) y hegelianos de izquierda (marxismo) con un falso centro kantiano democrático, tenido a sí mismo como un justo medio, por encima de las miserias de los dos polos que él mismo crea, pero ignora, y que tanto detesta. Hoy podemos hablar en contra de todos ellos, el fascista, el marxista y el liberal democrático, desde un nietzscheanismo postmoderno, trágico y melancólico; perspectivo y lúcido.

Alemania, ya ven pues, siempre gravitando con su espíritu. Heidegger dijo una vez, con esa desmesura que siempre los exalta y arruina, que sólo se podía pensar en griego y alemán; que la ciencia no piensa, sólo calcula. Palabras dichas precisamente por un descendiente de los "bárbaros" germanos fascinados por la Roma Imperial, y a quien prometieron en su decadencia, proteger y superar. Promesa, la única, que los alemanes han cumplido desde el pensamiento... y, ahora, con Nietzsche, en contra de él. Como ven, seguimos siendo alemanes, en el espíritu por supuesto, aún no siéndolo.

De hecho, la cultura occidental mediterránea, la misma que fascinaba a Nietzsche, se la debemos, tal como la conocemos hoy, a la protección que los bárbaros romanizados carolingios hicieron de ella, mientras el Islam absorbía a los mongoles y a los timuríes, en la periferia del continente, permitiéndoles a los europeos mil años de paz, como lo reconoce George Steiner, con su Renacimiento, Reforma, Ilustración, Descubrimientos, Colonizaciones y Revoluciones científicas y políticas, no sin antes intercambiar con los “otros” algunas de sus más grandes contribuciones como fueron la pólvora china, que los llevaría a la tecnología militar, madre de todos sus últimos descubrimientos y la universidad árabe, desde donde les enseñaron el álgebra y a sus propios filósofos que no conocían, como Aristóteles y Platón.

Téngase en cuenta, pues, todo este marco de Europa y Alemania, que enmarca la readquisición del pensamiento de Nietzsche que se nos reaparece en medio y como vocero del escepticismo y el desencanto más terrible de nuestra era que amenaza con destruirnos por la indiferencia, precisamente, de la diferencia entre nosotros.

Se ha insistido mucho sobre el carácter fragmentario y asistemático del pensamiento nietzscheano. Todavía no se sabe si por incapacidad, crítica, renuncia u opción estilística. Y, lo más difícil, si hay articulación y coherencia entre los tres o cuatro ejes básicos de su pensamiento: a) la voluntad de poder, b) el placer de los sentidos, c) el eterno retorno de lo mismo y d) la anulación del sentido a través del “Dios ha muerto”. Como suele suceder con los grandes, también se le subdivide en períodos o dimensiones, y así se obtiene un Nietzsche joven y schopenhaueriano contra uno maduro y potente o un Nietzsche lúcido y fecundo contra uno mentalmente perturbado o, para los historiadores de la música, uno wagneriano contra otro antiwagneriano o, por corrientes políticas, el Nietzsche hitleriano o heideggeriano contra el “irracionalista típicamente alemán” presentado por el marxismo de Lukács o el postestructuralista presentado primero por Foucault y luego por Deleuze y el postmoderno por Derrida y Vattimo, o el romántico, dionisíaco y nihilista contra el ilustrado, radical y escéptico. Cuando se subdivide algo o alguien con respecto a sí mismo, es decir pierde su unidad, es que empieza a desaparecer por exceso de despliegue y a reconciliarse con la vida, demasiado compleja para las representaciones únicas; uno se pregunta, entonces, si no es mejor olvidarlo todo. En mi caso, prefiero presentar a Nietzsche por los temas que más lo representan en el imaginario de las ideas y que son los incisos enumerados con anterioridad. Y por cada una de ellos intentar romper algunos mitos bastante vulgares sobre su filosofía. De todas sus obras, es cierto, aforísticas y poéticas la mayor parte (Más allá del Bien y el Mal, Crepúsculo de los Idolos, El Nacimiento de la Tragedia, El Anticristo, El Caminante y su Sombra, Aurora, Humano Demasiado Humano, Ecce Homo, Ditirambos Dionisíacos, Gaya Ciencia), quizás la Genealogía de la Moral sea la más sistemática, aunque Así habló Zarathustra sea la más fecunda y, quizás, la más conocida. Veamos, pues, los centros más característicos de su pensamiento en los cuales, según dijo una vez Heidegger “están reunidos convenientemente, aunque transformados sin excepción, todos los motivos del pensamiento occidental”.

I. La Voluntad de Poder. Desde Hobbes hasta Hegel pasando por Rousseau y Maquiavelo, la voluntad de poder cuando no se la culpabiliza, se la está representando y se la hace sentir a los representados. De este desgarramiento siempre ha surgido una mala conciencia de la voluntad de poder por parte de quienes lo ejercen, enmascarándolo en relatos cargados de bondad y reconciliación. Es Nietzsche quien viene a "desculpabilizar la voluntad", como dice Fernando Savater. Se cree que Nietzsche hizo una apología de la fuerza bruta para servirse de ella en sus propósitos destructivos. Nada más lejos del sentido de este descubrimiento. Nietzsche sólo se limitó a señalar que detrás de todo discurso hay una voluntad de poder que lo crea y que ese poder de creación (autopoiesis), precisamente, es la que considera la mayor virtud de ese principio. Lo que importa, decía, no es "lo que" o "el qué" (necedad nacida desde Sócrates), sino el quién. Sorprendentemente nuestra época, después del desencantamiento de las promesas de la modernidad y sus mensajeros, es que empieza a averiguar primero quién es la persona que habla y sólo mucho después averiguar qué es lo que dice. Ricoeur ha empezado a explorar la idea con algo que le ha denominado “atestación”. Es una ética que regresa a la importancia de la biografía y del "nombre propio" como dice Derrida, antes que a la lógica impecable y al discurso. Esta, pues, es la fuente de la creación de los nuevos valores. No es la vieja creación de la imagen del uno por el otro y la devolución respectiva del reflejo, que ha hecho del amo un miserable esclavo vencedor, sino el poder como autopoiesis. Es, en efecto, una estetización de la violencia. El poder es lo que crea a la voluntad. Crea nuevos valores sobre los escombros de los anteriores. Pero !ay! siempre correrá el riesgo este nihilismo activo, que busca precisamente lo que destruye: los valores, como le previene Camus y de "querer eternamente su propio querer", como le objeta Heidegger. Este es el profundo desgarramiento que atravesó toda la vida y obra de Nietzsche: débil y enfermizo mientras amenazaba ser tan "fuerte como para partir en dos a la Humanidad"; loco e incoherente al final de sus días mientras nos ofreció el más grande modelo de lucidez; invitando a abandonarnos a los placeres más elementales mientras soñaba como un adolescente con Cóssima Wagner, su Ariadna; ciego, derrumbando todos los ídolos para ofrecerse como uno, presentando a los humanos como creadores de unos dioses que nos crean para despedazarlos con el objeto de preparar su regreso una y otra vez. Si de buscar la fuerza en nuestra época se trata, diría que descansa, otra vez, en el número, pero en otros actores. Cioran, el más radical discípulo de Nietzsche, en forma jocosa, decía que en la Roma decadente, del millón de romanos, sólo sesenta mil eran latinos de origen. En nuestra propia época, el número hasta hace poco era una fuerza impresionante como “masas”, aún con la "moral de rebaño" que nos envolvía. El secreto de las viejas revoluciones del tercer mundo, incluso, era el número impresionante de sus campesinos. La fuerza de los miles y millones de iguales que éramos creó valores impresionantes conocidos como solidaridad, heroicidad, sacrificio. Ahora la fuerza del número se ha quebrado en los movimientos sociales que, siendo pequeños, no pueden aspirar al poder en nombre de unos pocos. A lo mejor, sólo por eso han renunciado al poder. En nuestra época, la fuerza del número está en el consumo. El número, de la política, ha sido devuelta a la economía. Desde ahí es de donde hoy salta, en cataratas migratorias, hacia donde pueda trabajar para consumir. Esa fuerza de los grandes números sin rostro de los que hablan los indicadores de los organismos internacionales migratorios es la que sepultará al sistema mundial. Primero, los migrantes le ocasionarán molestias, después de resistirse y protegerse, el sistema no podrá con el número fabuloso de ellos, luego le transformarán las entrañas y, por último, lo devorarán. Quizás, al frente de todos ellos, estará uno de esos bárbaros que tanto admiró Nietzsche, y de los que desciende, inocente en su crueldad, alegre en la perpetración de las matanzas, fresco para tomar las decisiones más criminales y feliz de agitar el hacha que hará rodar la cabeza de los imperios.

II. El Placer en Nietzsche. Quizás esta dimensión de Nietzsche sea la menos explorada. Planteada con gran originalidad en "El nacimiento de la tragedia", diviniza a Dionisos en lo que éste se procura de placeres y se rinde ante las locuras de la carne en su instante eterno. Uno se pregunta si nuestro Rubén Darío en su poema "Lo fatal" no era a él que se refería con aquella expresión “la carne que tienta con sus frescos racimos”. Se ha confundido, y este es otro mito también, que Nietzsche elige a Dionisos contra Apolo como la elección de los sentidos contra la razón y más bien es una apuesta por una aventura dérmica dentro del instante cuya única manifestación es por medio de la carne. Octavio Paz supo ver esto con gran claridad. La toma de partida es contra el tiempo y no contra la razón. Es por la carne y su duración y no contra la deducción geométrica, al menos no en primer grado. Es el sí a la vida. Pero la confusión se ha prolongado en nuestra época hasta hacer coincidir el placer con el éxito. Placer que buscan unos triunfadores obsesivos en contra de una moral, en efecto, de borregos y una apología, realmente, de los débiles y el sufrimiento. Nietzsche sólo constata, pero en este terreno ya no produce porque lo ha descubierto todo. El amor a la vida, la "entificación" como la llamará Heidegger, los emparentará a ambos con los orientales. De hecho, uno se pregunta si en el fondo los románticos en general, y alemanes en particular, no quisieron establecer siempre ese diálogo imposible entre el Oriente y el Occidente que llevó a muchos de ellos a la desmesura, al suicidio, a la locura y al silencio. No decía Nietzsche, por ejemplo, algo búdico como esto "el que conoce se disuelve en las cosas", o algo tan enigmático como esto otro "qué impulso de conocimiento podría llevar al hombre tan lejos como para ofrecerse, por sí mismo, al sacrificio de la muerte, con el brillo de una sabiduría anticipada en los ojos?". El placer y el deseo, tan culpabilizados por el cristianismo y, sin embargo, tan practicados por él, Nietzsche les devuelve su lugar de fundamento, mientras desenmascara sus velos, para cultivarlos sin arrepentimientos y reconocernos en ellos. Lo que para Buda, pues, es la base de las ilusiones, para Nietzsche será la fuente de la liberación. Aquel llama a renunciar, este a abrazarlos. Tan sencilla diferencia es la que acercará a las dos culturas, sobre la base del reconocimiento del deseo, aunque una la censure y la otra la celebre. Coinciden en señalar la plataforma de lo que estamos constituidos, aunque una llame a la parálisis eterna y la otra al movimiento perpetuo.

III. El Eterno Retorno de lo Mismo. La repetición crea en la gratuidad el instante eterno. No sé si sea esta expresión la más feliz para revelar la articulación que puede establecerse entre todos los incisos más representativos del pensamiento nitezscheanos que venimos hablando. "Vivir de modo que queramos volver a vivir, y así por toda la eternidad”. (Así habló Zarathustra). La garantía del regreso anula las diferencias porque regresa solo lo que desea la voluntad. El eterno retorno es selectivo y perspectivo. Esta es la fuente de debates hoy, incluso, entre la identidad y la diferencia; entre la repetición y la divergencia; entre la igualdad y la diversidad. Porque este principio no incluye al pasado, al fue. “Es la repugnancia de la voluntad contra el tiempo y su fue” (Así hablaba Zarathustra). Heidegger dice: “La voluntad queda redimida de la repugnancia cuando quiere el constante retorno de lo mismo. De esta manera la voluntad quiere la eternidad de lo querido. La voluntad quiere la eternidad de sí misma”. Es la protesta y el grito de Nietzsche contra el tiempo lineal. Nietzsche quiere abolir el pasado y el futuro y hacer nacer lo nuevo del instante nunca igual a sí mismo disolviéndose apenas intenta diferenciarse. Muy bien dice Vattimo “la incompatibilidad del eterno retorno con la noción de historia, tal como la ha desarrollado y transmitido el pensamiento occidental, debería hacer reflexionar que Nietzsche apunta a la destrucción de esta estructura de la historia, aquella que es abierta y está fundada por la diferencia; y, por lo tanto, que el eterno retorno, lejos de ser repetición y puesta en escena de la diferencia, es el fin de la historia como dominio de la diferencia”. Pero hay algo que Heidegger y Vattimo no se atreven todavía a decir, a pesar que lo intuyen en Nietzsche, y que lo haré yo esta noche: el enemigo más grande que tenemos es la memoria. Porque repite el dualismo como un fractal del pensamiento. Y perece con el eterno retorno que lo llama para disolverlo. El Nietzsche que hace el intento de regresar al pasado presocrático, dionisíaco, en el Origen de la Tragedia, desaparece en el Nietzsche maduro, hasta enloquecer, en todos los hombres. El Eterno Retorno de este último Nietzsche ya no tiene pasado; es todos los tiempos en uno.

IV. El sentido en Nietzsche. "Dios ha muerto". El nihilismo es definido por el propio Nietzsche como aquel pensamiento que no cree en lo que "es" y calumnia de este modo a la vida y al mundo en su afán de escapar de él con unos sueños kantianos que le dan unidad y sentido a un mundo que ellos mismos construyen a punta de una fuerza que no llegan a reconocer. Al nihilismo de la época que diagnostica este médico y que se le ha confundido con la enfermedad que anuncia, del mismo modo que a sus sucesores postmodernos se les encierra en la época que presentan, hay que añadirle ahora un vacío que les ha dejado un "deber ser" en el que ya no creen. Es decir, ahora la época no solamente ya no cree en lo que "es" sino también en lo que "debería ser", y ese vacío lo sufre en vez de gozarlo y ponerlo al servicio de una creación sabia y apacible convirtiéndolo en un tedio que sólo busca ser superado con la violencia por la violencia misma. También de esto es responsable el pensamiento nitezscheano. Y aquí está el último gran peligro en manos de este gran pensador. Del nihilismo pasivo de su época, propone, lucha e invita a impulsar un nihilismo activo y la glorificación de la acción, el último resto, pero el más poderoso, de la cultura occidental que abrió el flanco en Nietzsche para ser fácilmente inscribible en narraciones ajenas y sanguinarias como la hitleriana y las xenófobas. Pero su carácter abierto y fragmentario le hace correr todos los riesgos y prestarse al abuso de los ideólogos y de pantalla de los otros filósofos que lo hacen decir lo que quieren. Confirmando con la propia muerte e instrumentalización del autor, la verdad de sus tesis. Paga con su muerte su revelación, como un Cristo al revés, como un Anticristo. Al fin y al cabo, para una lógica así, qué importan los fines si son equivalentes, si la acción por la acción misma debe ser la pasión del guerrero y las delicias del pensador que se carga de dinamita para hacernos volar a todos juntos por los aires.

Por último, pertenece a este aspecto de su pensamiento, fruto quizás de su profesión de filólogo, el principio célebre de su obra póstuma que origina toda la línea de la filosofía del lenguaje de sus discípulos postmodernos: "No hay hechos, sólo interpretaciones". La desaparición del texto, del objeto, de la ciencia, deja libre a los sujetos a sus voluntades mediadas por “efectos de verdad“ (discursos) como poder entre unos y otros, como dirá más tarde su discípulo Foucault. Este principio ha tenido también sus servidumbres y miserias. En nuestros días ha desembocado ciertamente en oscuridades y algunas "imposturas", como dice Alan Sokal (en una suerte de reacción de unas ciencias “duras” humilladas por verse rebajadas a rango de relato vulgar), de toda una fanfarria postmoderna que construye arbitrariedades y sandeces sobre la ignorancia de varias áreas del conocimiento. Pero, también, se olvida con demasiada frecuencia que las ciencias sociales fueron las primeras en establecer con éxito la comprensión (Weber) de sistemas complejos (llamados no lineales) que hoy repiten las ciencias naturales sin reconocerle la deuda a unas ciencias sociales que todavía lo ignoran, acomplejadas por el viejo positivismo que les brindó su entrada al salón de los "científicos". De Laplace (Mecánica Celeste), en efecto, se pasó a Quetelet (Mecánica Social), pero este fue el que impactó a Boltzman (Mecánica Estadística) y, después, a Maxwell (Mecánica de Probabilidades), padres de las leyes entrópicas y precursores de las teorías del caos. ¿Quién le debe a quién?

¿Pero, no estaremos asistiendo con los excesos de estos discursos a un cansancio y una desorientación tan general cuya única salida es cada vez más y más, quedarse callado? Al final de su vida, Nietzsche, dijo, en contra de sí mismo, desconfiando de todo tipo de acción y advirtiendo sobre la toma de sus ideas como una bandera, lo siguiente:

“En toda mi vida no se halla ni un solo rasgo de lucha, soy lo opuesto a una naturaleza heroica, querer algo, aspirar a algo, vislumbrar un objetivo, un deseo, nada de esto he llegado a conocerlo por la experiencia (...) puesto que nadie se dispone a morir por ella, la doctrina de Nietzsche es nula”.

Muchas Gracias.

25 de Octubre del año 2000

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