martes, 17 de noviembre de 2009

La Venganza de Betty La Fea

LA VENGANZA DE LOS INMIGRANTES

Por Freddy Quezada

No voy a hablar, en este trabajo, del contenido ni del impacto que las telenovelas en general, y de Betty la Fea en particular, han ejercido en Nicaragua o Latinoamérica. Esta vez trabajaré la idea de la contrainfluencia cultural que, a través de los más puros de los símbolos, como las telenovelas mismas, ejercen las culturas subalternas dentro de las dominantes. La más común de las ideas, incluso entre los más encopetados intelectuales, es que tarde o temprano todas la culturas del mundo terminaremos pareciéndonos a la norteamericana. Es una verdad, sin duda, pero a medias.

Ahora al enterarme que la popular telenovela será traducida al inglés, empiezo a disfrutar el espectáculo. ¿Enseñaremos a llorar a los gringos -- me pregunto -- cómo ellos nos enseñaron a hablar inglés? Los italianos hace rato les enseñaron a matar en las calles y a comer pizzas, los irlandeses a emborracharse y a pelear, los escandinavos y alemanes a exterminar indios con Winchester y a rezar antes de cada comida, mientras los viejos latinos (cubanos y puertorriqueños) les mostraban esos pasos de baile que sólo los gringos saben convertir en ridículos. Sólo los chicanos son los únicos de los que han aprendido a no olvidar que no siempre fueron lo que son.

Antes de conocerse en Nicaragua la telenovela “Yo soy Betty la Fea, escribí un aforismo donde decía que el Sur, como en toda circunferencia, atacaría al Norte por detrás y se confundirían ambos en el mismo punto. Al pobre Norte – decía-- lo vamos a obligar a hablar dialectos de sus propios idiomas como el spanglish, les haremos pasar como propias nuestras comidas (la comida oficial de los astronautas gringos ya son los tacos y los burritos), sus grandes heroicidades se las convertiremos en telenovelas (los seis últimos Oscar al mejor guión, en Hollywood, fueron otorgados a argumentos lacrimosos muy parecidos a las telenovelas venezolanas), su constitución se la reformaremos mil veces (si supieran con cuánta alegría!!!), les rebajaremos la dignidad de sus niños al enviarlos a trabajar a las calles (ya las sirvientas centroamericanas les están enseñando el español) y les enseñaremos a rezar a diosas extrañas como Santa Bárbara y la Virgen de Guadalupe. Con un procedimiento parecido fue como los griegos sucumbieron ante los romanos, estos ante los germanos, quienes a su vez fueron humillados por los gringos. Ahora, nos toca a los latinoamericanos junto a árabes, africanos, indios y chinos. Como castigo, y para diversión nuestra, les mantendremos el mismo modo de matarse por televisión.

La migración es lo verdaderamente “otro” de la globalización. Es el viaje de regreso. No hay ni siquiera que mover un dedo para esperar el derrumbe de los centros globalizantes. Ellos mismos lo están haciendo. Ellos producen sus propios caballos de Troya. Son los que de noche bajan a la ciudad a llenarla de sus signos (tacos, keba, saris) los que les enseñan nuevos lenguajes y, sin enterarse las víctimas, un buen día estarán usando una nueva gramática para rezar en las nuevas iglesias católicas, pagodas y mezquitas.

Las telenovelas, por la parte latinoamericana que nos toca, enfocan lo cotidiano contra las grandes narrativas. Es el triunfo de la cotidianidad desde que las grandes promesas sobre las que descansaban las más grandes epopeyas históricas fracasaron. Que mejor que las telenovelas para sabernos en el día a día. Hasta los intelectuales han tenido que reconocer sus virtudes que antes despreciaban. Ellas no han cambiado desde que se estrenó “Nino”, la primer telenovela latinoamericana, en Argentina, sino nosotros, al menos los intelectuales ex -- emancipadores que, huérfanos de las grandes narrativas, buscamos el consuelo de los relatos cortos, sin aliento e inmanentes y nos hacemos pasar por especialistas de un género que no los necesita. Y queremos mantener activa nuestra acumulación de conocimientos frente a un objeto humillado en la víspera y hoy entregado a la vista de los demás con un brillo venido de nuestra escogencia para mantener nuestro prestigio y mantener el empleo de nuestra memoria. Qué haríamos con tanta mierda que aprendimos y no encontramos dónde aplicar.

Betty la Fea es la historia del patito feo de los Andersen. Es la belleza que resulta ser todavía mejor si se la recubre desde el inicio con su opuesto, que la ayudará a brillar más al final. Es el viejo lugar común que nos hace pensar, a todos, aquella frase que aún consuela a las gordas, a las feas y a los perdedores con autoestima que la “belleza está dentro” y que "vale más el talento que la apariencia".

Mentiras de las víctimas del sistema para compadecerse ellas mismas y realzar, sin saberlo, aún más la belleza deseada de las enemigas. No hay nada adentro y mucho menos nada afuera. Todo eso es un invento de intelectuales. Somos un montoncito de aire que, cuando no nos perfumamos, solemos parecernos a las flatulencias y que lo único que buscamos es “parecer” bellos, fuertes, inteligentes y, sobre todo, exitosos.

Es decir, somos estrategias de lo que buscamos y como nada de lo que buscamos realmente existe (es el reino del parecer contra el ser, que es la misma babosada) somos el medio del que nos servimos. Darse cuenta del truco es liberarse, porque si ya somos lo que buscamos porqué seguirlo haciendo. Definirnos como un nudo de estrategias nos viene de nuestra “esencia” de seres de acción. No podemos parar, detenernos, porque para nosotros es el equivalente de morir. La quietud, para un occidental, es lo que más se parece a la muerte. Y el horror de escapar de ello nos hace pagar un precio más alto del que efectuaríamos si no nos moviéramos.

La fuerza de una telenovela le viene de abordar cotidianidades y al derrotar, sin ellas buscarlo y ni siquiera desearlo, a las grandes narraciones, sepultadas por otras razones que no abordaremos aquí, han llenado un vacío, donde al parecer se han ganado a la clase media para poder ser legión e imponerse haciendo sufrir y recompensando a la heroína o al héroe al final del relato, con la ayuda de los especialistas que vienen de ser derrotados en otras disciplinas. En otros términos, han rebajado las grandes épicas a lo que siempre fueron: un miserable melodrama.

La globalización, si algo tiene de homogenizadora, es que fragmenta donde llega. Ella, la que ha creado la migración como problema planetario, por la expulsión masiva que ejerce en los países postcoloniales, y al mismo tiempo la fascinación de su sistema que crea entre los migrantes, se niega a recibir en su vientre, a sus propias víctimas. Pero estas se están haciendo llegar por medio de la suciedad, el calor, las comidas, la música, el lenguaje, los niños adoptados y las telenovelas. Es lo que pasa con los turcos, árabes, indios, hispanos e indochinos en Alemania, Francia, Inglaterra, EEUU y Japón, respectivamente. Pero, si bien aquí se genera una diferencia que ha sido la materia prima para analistas de distintas disciplinas (economistas, antropólogos, sociólogos, historiadores, politólogos, semiólogos, estudiosos de la cultura) hay también un área subsidiaria poco explorada y es la diferencia que se establece entre las víctimas que reproducen el esquema mundial entre ellas. Por ejemplo, entre los "ticos" y los "nicas" que, puestos ambos frente a los norteamericanos, son considerados inferiores sin distinciones, pero librados entre ellos repiten la escala, ocupando los unos el grado de los amos y los otros el de los esclavos.

¿Por qué, entonces, unas migraciones producen conflictos y otras no? Tal debe ser la gran pregunta que debe orientar un estudio sobre inmigrantes. O, mejor, ¿quiénes y desde dónde se construyen estas diferencias que se vuelven tales sólo en contextos de poder? Definir es exagerar las diferencias entre una cosa y otra. El poder de definir, no es sólo la capacidad de construir "amablemente" a un otro u otra, desde un imaginario instituyente, como lo presentó Castoriadis, sino también un poder, como lo entendió Foucault, donde al imaginar al otro/a nos hacemos nosotros/as mismos/as, por la devolución que los "otros/as" hacen de la imagen que les hacemos en condiciones de subalternidad y asimetría. La identidad del poder, sobre todo para quien lo ejerce, acaso por ello, siempre tiene una sombra que lo hace opaco a sí mismo, como ese cono de penumbra desde el cual Don Vito Corleone giraba siempre sus órdenes, mientras sostenía con sus manos delicadas su acusado mentón. Definir, pues, y ser definido, no es solamente un asunto de ingeniería discursiva diferencial y epistemológica entre culturas, países y personas, sino también un asunto de poder, de imposición y de violencia recursiva y retroalimentaria.

Europa, y Latinoamérica a remolque, siempre han prolongado su sí mismo en un "otro" (como diría Ricoeur, 1996) inferior o superior, da lo mismo. Para el europeo han sido los "orientales" (bárbaros ayer, sabios hoy); para el latinoamericano el "indígena" (atrasado ayer, sujeto hoy). Ambos, todos, sin saber que somos uno. Y que nos debatimos con partes de nosotros mismos que proyectamos en los demás, que somos ellos, en un "narcisismo de pequeñas diferencias". Los europeos han escapado siempre de sí mismos a través de sus terrores (los orientales) y sueños (América). El día que logren simplemente reconocerse, desaparecerán ellos y los demás que han creado. ¿Es el regreso del universalismo? A lo mejor. Pero en todo caso el universalismo del Brahman y no el de las Luces, que terminó en Disneyworld, como dijo Baudrillard, y donde se reúnen los dos, siendo, al fin y al cabo, el mismo.

Definir es prácticamente exagerar las diferencias de las cosas, efectuadas siempre por alguien (¿quién?) desde un locus (¿dónde?) de poder. No hay alteridad más que en la mismidad. Paul Ricoeur (1996) le llama a esto "ipseidad". Pero es algo más. El oficio principal del poder es construir alteridades, mientras se mantiene a cubierto desde la opacidad. La experiencia europea, por ejemplo, la que más conocemos, ha pasado construyendo en el espacio a los "bárbaros" (no europeos), en el tiempo lineal a los campesinos (no urbanos /industrializados) y en las ciudades del presente a las mujeres (las subordinadas), los niños (los todavía no), las personas con discapacidad (los fallados), los locos (inhabilitados), los presos (los fuera de la ley), las minorías sexuales y linguísticas (los pocos), los ancianos (los ya no), los desempleados, los jóvenes, los perdedores, etc. En fin, por reducción de alteridades concéntricas, el poder termina siendo un puñado de personas rivales entre sí. Cuando el "otro/a" toma conciencia de su diferencia y reclama respeto, a través del derecho, podemos decir que exige, de nuevo, igualdad. Y pasa de una falsedad a otra.

La identidad de los movimientos migrantes se la deben al "otro/a" que los define desde algún poder, del mismo modo que la de estos se la deben a los primeros. Es como cruzar a Castoriadis ("imaginario instituyente") con Foucault ("discursos de verdad como poder") y Wittgenstein ("juegos de lenguaje y sus respectivas construcciones de normas y reglas"). Es decir, en puridad, no hay identidad porque se construye del uno al otro simultáneamente por efectos de "juegos de poder". No es la vieja creación de la imagen del uno por el otro y la devolución respectiva del reflejo, que ha hecho del amo un miserable esclavo vencedor, sino el poder como autopoiesis. Es, en efecto, una voluntad creadora de definiciones.

El “otro” u “otra” no existe. Fue una estrategia de poder y lo ha sido siempre. El redescubrimiento del otro no fue más que la crisis del poder para hacernos pasar sus nuevas definiciones con su mirada quebrada. Fue el dolor de pasar de la igualdad falsa a la diferencia, igual de falsa. El “otro”, incluso el indígena, el nativo, al autóctono, o como quiera el lenguaje hipócritamente correcto que le llamemos, no puede ser visto por una mirada virgen, sin pasado, ni siquiera ellos mismos son lo que creen ser, o lo que los demás nos imaginamos de ellos, el sistema de algún modo o de otro, les ha llegado con el consumo y la noticia sobre ellos, los ha cubierto de turistas, los ha integrado a un territorio conocido, o los ha combatido en él, los ha exterminado o los ha transformado a medias o completamente, de grado o por fuerza, los ha convencido, les enseñó nuestras lenguas, los ha corrompido o los ha marginado en el Estado--Nación, los compró o los vendió.

Un satélite sabe hoy dónde están todos ellos y por ese sólo hecho nosotros no podemos verlos en su diferencia. A las mujeres les pasa algo parecido. Se tragaron el cuento del sistema y ahora que se creen “otras” no hacen más que repetir los mismos procedimientos de poder entre ellas. La diferencia es que aquella no puede ser vista por el “otro/a”. En una palabra, los hizo y las hizo sistema. Cuando los definimos como “otros” u “otras” lo que hacemos es hablar de nosotros. Yo soy los demás y ellos han posibilitado que lo diga para venir a saber que todo es una ilusión (tanto unos como otros) creada por el poder definitorio. No hay europeos, ni orientales, ni latinoamericanos, ni gringos. No hay nada ni nadie. Hay una sola cosa. Y no se puede saber cuál es, por la sencilla razón que son todas.

Y ahora, cállense y déjenme ver la telenovela de mierda!!!

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