domingo, 15 de noviembre de 2009

La Magia de la Autorreferencia

LA MAGIA DE LA AUTORREFERENCIA

Por Freddy Quezada

Tomo mi computadora y escribo “tomo mi computadora y escribo sobre las autorreferencias en ‘El mundo de Sofía’, una novela sobre una novela; ‘Un hombre y una mujer (veinte años después)’, una película sobre una película y ‘Cómo hacer una tesis’, una tesis sobre una tesis. Es una tradición que está fascinando hoy a artistas como los autores de las obras que acabamos de nombrar (J.Gaarder, C. Lelouch, U. Eco), científicos (G. Spencer Brown, G. Stent, H. Von Foerster), cultorólogos (E. Said, G. Spivak, A. Appadurai) e intelectuales (P. Virilio, G. Vattimo, G. Deleuze).

Sucede que cuando un sistema entra en crisis irreversible empieza a desintegrarse aplicándose a sí mismo sus propios fundamentos. Produce un vértigo de disolución que, hasta donde conozco, sólo el budismo ha sabido enfrentar. Se le conoce como autorreferencias y su reino son las paradojas y la mismidad. Su origen es, en Occidente, muy viejo. Los sofistas griegos eran maestros de estos recursos.

En la modernidad, es Foucault quien mejor los trabaja a propósito de “Las Meninas”, el célebre autorretrato de Velásquez pintando que pinta pintándose a sí mismo. Los postestructuralistas, desde Barthes hasta Derrida, deben mucho de su fama a escribir, precisamente, sobre la escritura. En nuestras tierras, Jorge Luis Borges --Casandro inevitable—tiene seis líneas donde resume la autorreferencia a través de un hombre que se propone dibujar el mundo y, antes de morir, descubre que es su propio rostro.”

¿Le gustarán a la gente estas idiotadas? Llamo a Erick Aguirre a las 11:30 a.m. Se las presento. Las lee; sonríe y dice “me parece bueno”. Le solicito una taza de café y le pregunto si se lo dejo a él o a Trejos Maldonado. Aconseja presentárselo a éste último. Encuentro al profesor y hablamos de los tiempos que me impartió clases en primaria. Le señalo que son menos de dos cuartillas y me retiro. Al salir, pienso que la lectura de trabajos autorreferentes dejan siempre ese sabor a nada. Esa supresión de sí misma de la mediación secular más “sagrada” de Occidente: escribir.

Y, ahora que bajo las escaleras, escribir que estoy escribiendo para desaparecer en la realidad desde la magia de la autorreferencia . Borro, entonces, “ tomo mi computadora y escribo ‘...’ ”.

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