domingo, 15 de noviembre de 2009

La Era de Acuario

LA ERA DE ACUARIO

(El mundo líquido de hoy)

Por Freddy Quezada

Jean Piaget dice, en uno de sus célebres trabajos epistemológicos, que 2+2 no siempre es 4. “Cuando yo reúno dos gotas de agua a otras dos –nos confiesa sin corregirse la corbata ni aclararse la voz—no obtengo cuatro, sino una única gran gota...” Más adelante precisa que, la vieja certeza del 2 +2 = 4 nos viene de la tradición pitagórica de ver los números como representaciones de “sólidos indeformables”. El mundo líquido, pues, ha venido a transformar hasta las certezas tenidas por más inamovibles. Con el debilitamiento y la desaparición, en muchos casos, de los fundamentos de nuestra cultura occidental, hemos entrado a lo que una autora llama la Era de Acuario. En esa obra, escrita a mediados de los ochenta, se recopilan trabajos multidisciplinarios a cargo de diversos científicos para demostrar cómo las viejas certidumbres se han derrumbado. El río se ha descongelado y empieza a correr. Hoy podemos decir que somos seres líquidos.

Con su llegada, de alguna manera también regresamos al río heracliteano, esa imagen favorita de los marxistas de segunda. Aunque el “nadie puede bañarse dos veces en el mismo río” sea, en efecto, una falacia si partimos que todos los ríos desembocan en los océanos y estos realimentan las fuentes subterráneas que los originan. Recordemos que Universo (Unus = uno ; vertere = dar una vuelta) significa literalmente “dar una vuelta”. En consecuencia, no sólo podemos bañarnos dos veces, sino todas las que deseemos en el mismo río. Ahora la pregunta se desplaza: ¿es, empero, la misma persona que se baña ? Jorge Luis Borges en su cuento “El otro”, precisamente frente a un río europeo, tendría que mojarse dos veces, si partimos, como narra el cuento, que son dos Jorge Luis Borges los que dialogan en una banca, teniendo 20 años el uno y 70 el otro.

Las formas dominan hoy el lecho fluvial. Mandelbroot, el inspirador de la geometría de las formas, a este respecto, es una suerte de Proteo postmoderno. El río es el reino del cambio continuo de las figuras. Somos formas que se transforman a velocidades cada vez más rápidas. ¿No es curioso que, para el año 2000, seamos en el planeta, más o menos, unas seis mil quinientas millones de personas, exactamente el número que, según una de las corrientes budistas, se aniquila y resurge el mundo en un día?

Desaparecemos como observador porque un río no puede verse a sí mismo completamente. Se elude “algo”que somos nosotros. Y, al incluirnos, no podemos ver el todo que somos. Nos faltamos a nosotros mismos en el proceso. Por eso, cuando estamos dentro del río nos diluimos, desaparecemos. El movimiento, sin sentido, sin dirección, sin destino, es su propio fin. Es el nuestro, la nada. Es duro de oir, lo sé, pero es más duro decirlo.

Por tanto, no hay yo, no hay sólidos, no hay certezas, no hay conceptos, no hay nada de nada. Sólo una inmensa corriente donde, abandonados al atroz derecho de perdernos, hemos decidido callar para celebrar nuestro asombro. Tal vez eso quiso decir el poeta Antonio Machado en la versión musicalizada por el maestro Serrat :

“Todo pasa y todo queda

pero lo nuestro es pasar...”.

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