miércoles, 11 de noviembre de 2009

EL SISTEMA Y YO

EL SISTEMA Y YO

Por Freddy Quezada

En una fiesta de disfraces, el sistema -- sabiendo todos que no tiene rostro -- es aquel que llega vestido de espejo. Tal atuendo nos hace sentir, al platicar con él, que estamos con nosotros mismos, incluso cuando le enseñamos el puño y le escondemos nuestros sueños. En este sentido, Matrix (el simulacro) es una vulgar máscara de Sphere (la seducción) ese pésimo film (con Dustin Hoffman, Sharon Stone y Samuel Jackson) que no se quiso maestro, acaso a propósito.

Sé que este título, recuerda a dos españoles que nada tuvieron que ver el uno con el otro, aunque ambos vivieron más o menos por la misma época. El autor de “Platero y yo” y el filósofo del “Yo y mis circunstancias”. El creador de un burrito dulce que acompaña siempre al protagonista en sus aventuras y el pensador preocupado por la conciencia y libertades del individuo frente a un marco correlativo que lo condiciona y desafía. Pero si les debo algo, fuera de la parentela del nombre, está en mi memoria y no sé si estas reflexiones los reencuentren en la pesadilla viscosa de las que les hablaré hoy.

Las circunstancias no pueden cambiar y uno quedar permanente. O cambian ambas o no cambia ninguna. O, paradojas de moda, al cambiar ambas no cambia ninguna, porque la conciencia, para existir, necesita que solo una no cambie para que la otra la mire, mida, explique, comprenda y controle. Pero esta es la ilusión que mueve todo. Es el burrito que se deja engañar por la zanahoria en la noria. Es como si Juan Ramón Jiménez se dejara engañar siempre por José Ortega y Gasset.

He perdido la nobleza inconsciente que tenía – inicio la pesadilla. Energía prisionera de otros fines, acaso más perversos. Ahora me poseen la furia de todos los sentimientos que apaciguaba, anulaba o desviaba, mi antigua ilusión. El sistema me traspasa porque es su modo de hacerse empujar; soy transparente, sin duda, porque así me desaparece. Saberlo es el precio que le rindo a un remordimiento infeliz y a una pequeña melancolía que no puedo tocar con el músculo.

La lucidez me cobra un tributo que no permite apartar mi rostro hacia otro lado. Verme en mí mismo, conjugado en una miseria que me supera, me recorta al lado de los otros y me prepara para condenarme con recursos antiguos. Tirado hacia todos lados, calculo y consumo.

Un cielo estomacal revuelve la mirada en la escoria donde se levanta un placer para masacrar mis refinamientos del período ilusorio. Me cercan redondeces y cavidades por todos lados, hasta los límites del tabú clásico. Me hago invisible en medio de la libertad de todos con mi maldito peinado a lo David Cassidy. Y tiranizan mis sentidos, las ambiciones más pequeñas y una desazón nueva que me abrasa en una mendicidad de “no” nocturnos que me temen o estiman mis cuentas para arrasarme.

Salgo de un circuito de protección a un sistema que se alimentaba despóticamente de mis combates. Una pureza rebajada a hacerse elegir siempre de lo peor, claudica. Ahora que ha elegido vivir dentro de él, lo alimenta más todavía. Se premia a sí misma sus nuevos vicios que empieza a sentirlos como aventuras en sus sienes.

Mentira de reos penitenciarios, no hay sistema que tenga la culpa. Es un recurso de gordas (“la belleza se lleva por dentro”) y de la cochina clase media que todo lo esconde debajo de la escritura, como hacen los gatos con la mierda. El sistema es un invento mío, recurso de poeta (“la paz más importante es la de un solo salvaje”) que no puedo remontarlo. Es el oasis para descansar un momento y deshacerme de las bajezas que deliciosamente descargo en los rostros más desagradables que me ha enseñado a desear Sade, el primer publicista del sistema.

¿Quién dice que una dignidad inventada por un lamento se recupera? Que nadie se haga el inocente en este escenario y que no nos haga equivaler con los imbéciles. Hay que eliminar a los rivales que hay en uno, sin asco. Si codicias su lugar con piedad, apártate miserable, que otros bárbaros esperan con el hacha sonriente.

El Saber se sirve por detrás del Placer que, a su vez, tira cadenciosamente del Poder; tres escarabajos empujan en conga (examen de conciencia -- dolor de los pecados -- propósito de enmienda, pasito a la derecha; tesis -- antítesis -- síntesis, pasito a la izquierda; crítica, autocrítica y superación, brinquito) --, la ecuación de un montoncito de estiércol llamado deseo, y recorren todo el sistema separando imperceptiblemente un punto de otro de la esfera, intersticios donde nace la pequeñez, como cabello, que lo derrota para hacerlo de nuevo. Fragmentos triádicos indeseables que se reflejan unos a otros en el vacío como pedazos de una cadena circular que se cierra en uno, privándonos de un punto de vista.

Este trabajo, traidor de una causa inconfesable a la que no pudo servir, y de la que se hace acreedor de una venganza exquisita, cobrada con olvido, vivirá de la impresión y de la seducción de los demás. No pueden decirse los muy gazmoños que no necesitamos empuñar con firmeza grandes mentiras nobles (como hace la Filosofía), estupendas calumnias sin culpas (como hace la Historia), colosales matanzas honorables (como hacen las Guerras), poderosas envidias limpias (como hacen las rivalidades nacionales), trampas llenas de grandezas (como las Democracias), traiciones memorables (como las Elecciones) y monumentales ingratitudes públicas (como las Biografías). Bien visto, el tamaño de nuestros vicios es el mismo en todas las escalas, incluso la virtud, ese vicio travestido que se engaña a sí mismo.

Lo que el sistema ha hecho de mí es sistema. Lo mismo que ha hecho con los demás. Cuando creo expulsar con esta idiotez a cobardes y débiles, no entiendo que están dentro. Cuando digo ¡Pereced bajo mi mano!, como Platero bajo los desahogos de Jiménez, no reconozco que los eliminados son los de afuera. Sólo saltaremos nuestra propia sombra esperando un sol meridiano que, sin opacidades, ilumine la más bella de nuestras miserias: el éxito.

Su anverso, la identidad, avanza enmascarada al abandono de sus resistencias. Sola, colgada de sus esencias inventadas sobre un vacío que la anima, nos recuerda la sabiduría de la cultura de masas que nos ha enseñado a escuchar la música de los clásicos desde las caricaturas y que nos humilla ahora al invitarnos a comentarlas.

Silvestre: -- ¿Y vos quién sois? ¿Acaso D`Artagnan?

Pato Lucas: (disfrazado de Conde) -- ¿me creeríais, si te dijera que soy el enmascarado peligroso?

Silvestre y Porky (riendo): El enmascarado pe, pe, peligroso, que buen chiste.

Lucas, dice la verdad de su identidad, pero la dice desde un disfraz a otro. Un tercer disfraz más y lo hubiésemos averiguado todo. Pero no es tan fácil. No se dejan, las muy cretinas, sin duda, pero no se escapan. Daffy es el vacío que nadie puede reconocer. Nadie sabe realmente quién es. El más escéptico creerá que es un fruto de la Warner Brothers. Es el sistema que ha elegido una máscara, como pudo haber sido otra cualquiera. Lo que hace reír a Silvestre y a Porky, es que el sistema, el peligro, no necesita máscaras, para presentarse. El precio a pagar es no verlo, no temerle, diluirnos en él. Un hombre o mujer, da lo mismo, puede saberse malo hoy porque fue bueno ayer. Envidioso, egoísta y morboso (quiere todo lo que no puede tener) porque se lo debe a haber sido generoso, desprendido y respetuoso (tuvo todo lo que no pudo saber). El sistema nos disuelve circularmente y nos presta máscaras, roles, pasiones, tiempo, comparaciones entre un punto y otro que nos miden, entristecen o alegran, para que actores con poder nos identifiquen en un espacio determinado. Aquí es donde salta el enmascarado peligroso para defendernos del mismo sistema que lo crea.

“El sistema y yo” (en gard, nos dice Lucas, flexibilizando su florete), vivimos de hablarnos continuamente, de preguntarnos y respondernos, de amarnos y odiarnos, de eliminarnos y sustituirnos, de desafiarnos y acomodarnos, de negarnos y reconocernos, en una ilusión que nos hace ver dos agentes, donde sólo hay uno, que no se detiene en un carrusel de acción perpetua que ahoga los intersticios de silencio.

Pero, como el niño que ha crecido junto a uno en el vecindario y que jamás le hemos dirigido la palabra, aunque cada vez que coincidimos, ya viejos, siempre nos miramos directamente a los ojos, sin saludarnos, sabemos que algo se romperá el día que nos hablemos, es decir, al revés, para el caso que nos ocupa, el día que callemos. Mientras tanto, ese día, me prepararé para combatir al sistema aunque, como el alumno al antiguo maestro, llorando por el dolor de la ruptura, por la nostalgia de lo aprendido, por las heridas de la herencia (“Vamos Sam, tócala otra vez”), no me entere que ya habrá muerto y que yo agonizo.

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