domingo, 1 de noviembre de 2009

MUERA LA REPUBLICA: ¡VIVA LA DIFERENCIA!

MUERA LA REPUBLICA: ¡VIVA LA DIFERENCIA!

(Comentario a la obra "Barroco Descalzo")

Por Freddy Quezada

Cuando se elige ver las cosas desde la "diferancia" como epistemología, cambiando la "e" por la "a", como hace Derrida en su célebre ensayo fundante, equivalente al cambio de "o" por "a" de las especialistas en género, se corren muchos riesgos. Uno de ellos es que un país se vea literalmente dividido, como cuando los dragones de papel en los carnavales chinos se rompen por el centro, y que una parte de la población se quede con la mitad del nombre y la segunda con la otra mitad, como Chequia y Eslovaquia, por ejemplo. Es como si mañana, los costeños decidieran quedarse, con toda justicia, con el AGUA, y el resto del país, pacífico e interior, termináramos siendo conocidos como NICARA.

La diferencia, mientras rompía con la igualdad y los deberes, liberó una energía caótica en todas las direcciones. Puede ser confundida con las fiestas de Artaud, el carnaval de Bajtín, el caos postmoderno, el escepticismo postcolonial y la hibridez postoccidental.

Apenas las diferencias ganaron cierto consenso y lograron carta de ciudadanía, empezaron oprimir al "otro" vencido, que sólo la víspera era el verdugo o cómplice pasivo del viejo orden. Algunos que han advertido el asunto (que se quejan de no poder llamar a los afroamericanos, "negros"; a las personas con capacidades diferentes, "tartamudos" y "ciegos"; a las personas con opciones sexuales distintas, "cochones" y "marimachas"; al marxismo abierto, "totalitarismo"; al lenguaje ordinario, llenarlo de plecas y vocales alternas) creen, y no sin cierta razón, que es la justicia que ha progresado a costa de la libertad. Un día de estos, Vargas Llosa decía que uno ya no puede escribir nada sino está con el temor de ofender a alguien y se preguntaba si Sábato correría para hacerse perdonar ante los no videntes su célebre obra "Sobre Héroes y Tumbas".

A mi juicio, sin embargo, creo que más bien la diferencia pagó con su triunfo, obligar a expresarnos de forma "políticamente correcta", el precio que exige todo poder: reprimir al vencido. Mientras en el reparto del poder, la política se desenmascaró por el descrédito de la ciudadanía, en el lenguaje se cobró la revancha. Los "afroamericanos", no porque los llamemos así han modificado su situación un ápice, y ya sabemos que estar consciente de una cosa alimenta el dolor de ella pero no necesariamente la resuelve; ni las mujeres han mejorado mucho porque usemos las plecas de marras, a no ser que estemos convencidos de que la conciencia llegada de afuera le agrega algo a los sujetos a redimir. El marxismo pagó con su vida esta equivocación.

Se ha creado entre todos ellos una especie de clase media que habla con un discurso ilustrado de nuevo tipo, pero igual de cómoda y arrogante que la clásica pequeña burguesía, que ya a todos nos tiene sin cuidado recordar, después que la sepultaron los mismos que la creamos. Muchos tienen la piel oscura, pero se mueren por vivir como los blancos; otras, lanzan discursos radicales desde las conferencias internacionales de Pekín y Nueva Delhi lanzando e-mail mundiales para mujeres pobres desde sus laptop de 2000 dólares.

Es la diferencia de la diferencia, que jamás puede ser igual a sí misma pero que, en algún momento de verdad, lo es.

Ahora, la diferencia, en sus excesos, está cobrando el precio del mismo modo que sus enemigos, que no pueden ser "otros", porque es una categoría reservada para "otros", iguales en dignidad, derechos y respeto, es decir, ellos y ellas mismas. Siempre habrá, en estas lecturas, un otro/a, que no es deseable. Es decir, para repetir el error que queremos evitar, habrá diferencias buenas y diferencias malas, como las que un país puede ver entre turistas y emigrados. Así, pues, las diferencias se disparan en dos direcciones: son liberadoras mientras se están haciendo y opresivas cuando están hechas. Entonces no hay diferencia única

Dentro de la tradición de Leonel Delgado (aún muy literario en Márgenes recorridos) y Carlos Midence (todavía muy sociológico en Rubén Darío y las Nuevas Teorías), Erick Blandón nos trae el aparato de los Estudios Culturales y el postmodernismo de la diferencia, para deconstruir nuestros imaginarios nacionales, en particular dos: el Guegüense en el reino escriturario y el Torovenado en el oral.

Todos estos autores coinciden en destacar el poder de la narración como código maestro de deconstrucción en las combinaciones hasta hoy inadvertidas entre los canon literarios y la historia real, tiempo y narración (colonial y subalterna) de los Estados naciones. Las teorías literarias se funden con las filosofías de la historia y el poder que tienen después por medio de los intelectuales como imaginarios de referencias. Un poco como cruzar las perspectivas de Ricoeur y Foucault, e inscribirlas en las nuevas corrientes de los estudios culturales, subalternos y postcoloniales que se desarrollan en las universidades de los países rápidos.

La propuesta de Blandón nos hace ver que los imaginarios nacionales son recursos de poder que usan distintas capas sociales, generalmente letradas, para mantener la cohesión social e identitaria del Estado nación. Darío y Sandino, no escapan a estas lógicas que Blandón centra sólo sobre el Guegüense, un personaje del Pacífico nicaragüense que se impuso a todo el país, bajo el discurso de un mestizaje sepultador de la diferencia étnica, sexual, de género y colonial.

Esta manera exige la solidaridad entre los ilustrados, independientemente de sus contradicciones (como la referida por el autor entre Carlos Cuadra Pasos y Jaime Wheelock sobre Pedrarias Dávila) para inventar las tradiciones (como demostró Erick Hobsbawm) o mantener una comunidad imaginada (como la concibe Benedict Anderson).

El método o los principios que usa Blandón son tributarios del diferencialismo derridiano que elogia las diferencias sean estas de sexo, raza, género, clase o colonialidad. A esta altura me parece, sin embargo, que llega tarde este movimiento que agoniza y ha sido reabsorbido por otras escuelas (como los Estudios Culturales mismos y el postcolonialismo), pero que en Nicaragua son una novedad. Una vez hizo notar Arturo Andrés Roig, uno de nuestros filósofos latinoamericanos más notables, que el barroco es nuestro postmodernismo (una especie de pre- post), y que en ese sentido nuestros teóricos han sido José Lezama Lima y Alejo Carpentier. Así, pues, siempre están llegando tarde a América Latina unas ideas que siempre han estado aquí.

Siguiendo esta línea, hay un aspecto sobre las diferencias que quiero tratar basado sobre lo que dijo hace tiempo otro autor latinoamericano, también considerado pre-postmoderno. "Pensar es olvidar las diferencias" -- decía. En efecto, ver diferencias en todos lados es matar el pensamiento (un perro no puede ser todos los perros del planeta en sus diferencias), pero la operación también mata la memoria, porque las cosas en su unidad siempre son y serán como las recordamos o como nos la contaron la primera vez. Es decir, no podemos ver más que a través de la memoria, es decir, del pensamiento. De ahí que Funes no pueda ser el memorioso, si no, al revés, el desmemoriado y esta es la gran broma que nos gasta Borges, porque Funes, al reconstruir un día entero en dos, no necesita la memoria, porque sólo se pueden ver diferencias sin ella. La memoria es la que permite las comparaciones al medir una cosa con otra e imponerse la que cuenta con el mayor poder de seducción y fuerza. Nadie sabe si Nicaragua es pobre o no, así como nadie conoce el tamaño de su cara, si no es en un cuadro comparativo donde nos imponen los referentes. La realidad sin comparaciones es infinitamente rica en sus diferencias, mata al tiempo, es atemporal al pensamiento y a esa diferencia que compara y mide. Se es lo real. Es.

El concepto de Estado nación en Europa, se impuso también como diferencia (homogenizada a lo interno con un himno, una bandera, una moneda, una lengua y una narración épica única) frente al "otro" diferente (las otras naciones que hacían lo mismo). La nación es un imaginario violento, impuesto por los letrados en forma de leyes, custodiado por un ejército y en el cual los intelectuales asumieron un papel de cómplices (ya sabemos lo delicioso que es ser opresor y, más todavía, defender a los oprimidos pero, faltaba más, sin confundirse con ellos). Blandón lo descubre así: "Es la pervivencia de una estructura de pensamiento de bases coloniales, que pone al descubierto las limitaciones del letrado en su solidaridad con el subalterno, que no pasa por negociar su lugar hegemónico de enunciación, ni por la renuncia al sitio en torno al cogollo del poder, que heredó de la colonia, y sobre el cual siguió cabalgando desde la independencia hasta la revolución sandinista y de esta a lo que corre en la era de la globalización neoliberal".

Pero ahora viene la gran pregunta autorreferencial que nos echa a perder todo ¿cómo un letrado, por medio de la escritura, llama a otro a no serlo? Yo sería, por ejemplo, en este escenario, si me uniera a Blandón, un eslabón más de la cadena, que no debiera decirse. Una de dos: lo digo para que de verdad, incluyendo al que lo dice, se suiciden todos de una maldita vez, o, lo digo como una boutade, para continuar el juego. Me parece que nadie puede estar en la primera opción porque está muerto o decidió callarse; entre los segundos, nos contamos muchos, porque son otros discursos más, sin decir que queremos imponerlo.

Esta expresión nos saca de la lógica del discurso y nos mete de cabeza en la de la fuerza. Cuando uno exige, como lo hace el Dr. Blandón, que haya diálogo y consenso entre las diferencias y cito "Donde haya diálogo con el respeto que ello implica para todas las diferencias, y no el monólogo de una voz tonante desde el lugar de la hegemonía letrada", no perseguirá mi viejo profesor, ser él la voz tunante (otra vez ilustrada) que condena?

Hay una diferencia entre Blandón y yo (y no puedo decir si es de la buena o de la mala): él cree que se puede conocer a los subalternos y corre el riesgo de construir otros sufrientes. ¿Es que no puede mi querido profesor, como dice Peter Sloterdijk, "aceptar con gesto hosco cualquier dación de sentido a partir de sí mismo y de ahí el shock nihilista cuando se reconoce que no hay sentido, sino que nosotros lo fingimos (y después lo olvidamos, le agrego yo) para después consumirlo"?

Blandón, mi viejo y respetado profesor, cree que los "otros" pueden hablar con voz propia porque la han perdido o se las han silenciado, pero porqué no piensa que son también un invento "...las historias emergentes pueden ser escritas, dichas u oídas e inscritos los signos de las identidades contrahegemónicas. Es decir, que el subalterno desde su etnia o comunidad, desde su sexualidad o género recupere la voz o la representación perdidas en el proceso de colonialidad y homogenización"?

La pregunta sería entonces, si la igualdad, ese término áspero e ilusorio que nos ha perseguido, no rompió las ataduras de los subalternos, el diferencialismo las anudó aún más, haciéndonos representar una nueva máscara, la diferencia por fuera de nosotros mismos.

No puedo decir que los otros u otras se pueden conocer o no, para mi es una indecidibilidad godeliana. Esa suspensión, como la colgadura del árbol donde muchos debemos pender, es la única opción que tienen los desesperados del saber como yo. Nadie puede saber quién es el otro, porque ya lo es, y está en serlo no saberlo. El otro puede llegar a ser construido por un infinito de imaginarios para el otro que nunca sabrá quién es.

Nuestra cultura no puede entenderse mientras no conciba seres sufrientes marcado por el cristianismo. El sentido más fuerte de nuestra cultura es el dotar de sentido mediante recompensa y castigo al dolor ajeno. El sufrimiento, sobre todo el de los inocentes, no quiere, no debe y no puede quedar sin castigo para los responsables, y sin recompensa (en el cielo, en el mañana, en el hoy) para las víctimas. En estas coordenadas el intelectual, construye sucedáneos de sufrientes: esclavos, siervos, individuos, trabajadores, colonizados, mujeres, etnias, minorías sexuales, y ahora subalternos.

Pero también la venganza que se ha tomado el espíritu postmoderno en contra del dolor de los sufrientes, imaginados por sus intelectuales, es el placer por el placer, no sólo de romper con los redencionismos sino de quemar el puente que los unía con la sustitución del deber por los derechos: así, dolor y placer, unidos por una bisagra, el deber, para alcanzar la felicidad, vienen a ser la misma cosa en la modernidad. Los postmodernos sólo la invirtieron: placer y dolor, unidos con otra bisagra, el derecho, para evitar el sufrimiento. Total, como descubrió Buda, el dolor y el placer son lo mismo, y se pasa del uno al otro, y viceversa, por medio del deseo, cuyo nombre en occidente es la promesa emancipadora y el consumo.

Las cadenas de diferencias son círculos concéntricos elásticos que sólo una voluntad de saber y poder decide donde detenerlos. Es como la inútil búsqueda del átomo de los viejos físicos y el descubrimiento del holismo de las partículas más pequeñas. La modernidad detuvo las diferencias en las fronteras del Estado-nación primero (siendo el "otro" Estado, el enemigo) y, en las clases sociales, después (siendo el "otro", el burgués, el enemigo).

Ahora se ha reducido el nudo y por lógica los defensores de la diferencia tienen que colegir que el Estado y las clases sociales se han debilitado. Hay que decir en consecuencia que el Estado-nación tiende a desaparecer como imaginario dominante para dar paso al archipiélago de diferencias que nos circula y que exigen nuevas mediaciones. Y, como Blandón no lo hace, no sé si por prudencia o desconocimiento de las conclusiones de sus propias premisas, al amparo de aquel refrán luterano, que me permitirá este exquisito auditorio reproducir con respeto, "un culo estricto rara vez deja escapar un pedo jovial", déjenme decirlo a mí:

¡Muera la nación,

viva la diferencia!

7 de agosto de 2003

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