miércoles, 11 de noviembre de 2009

LOS PELIGROS DE LAS DEMOCRACIAS TRAVESTIS

LOS PELIGROS DE LAS DEMOCRACIAS TRAVESTIS

Por Freddy Quezada

Siempre que viajo hacia la UPOLI, a la altura del Km 5 de la carretera sur, veo un gigantesco cartel publicitario que dice “la realidad para algunos... es el sueño de muchos”. Aparece un bello auto celeste, descapotable, Peugeot del año, y uno de verdad sueña con manejar ese coche para sentirse dueño del mundo, como gritaba en la proa del Titanic, Leonardo Di Caprio, ese rubio con cara de chuparse el dedo desde niño.

Cuando un amigo mío, Fernando Mires, sociólogo de origen chileno radicado en Alemania, me envió un interesante artículo suyo llamado “Diez peligros de la Democracia en América Latina” y que se puede ver en http://www.nuevasoc.org.ve/foros/foros.asp?idMenu=11&id=128 pensé en la frase del cartel y la combiné con el contenido del trabajo señalado. La democracia en general, y metropolitana en particular, me dije, es realidad sólo para algunos y el sueño de muchos. Esos diez peligros son:

1) El peligro de la (re) militarización del poder

2) El peligro de la economización de la política

3) El peligro de la corrupción

4) El peligro populista

5) El peligro de la personificación extrema del poder

6) El peligro de la desigualdad social

7) El peligro de la desintegración política

8) El peligro de la etnización de la política

9) El peligro de la ausencia (o de la escasa presencia) de una intelectualidad política

10) El peligro del democratismo

El trabajo cuenta con aportes interesantes y provocadores. Por mi parte, logré hacer girar algunas observaciones alrededor de cinco familias temáticas que me despertaron la curiosidad de este enriquecedor trabajo de un sociólogo lúcido y valiente, del que me confieso admirador y amigo.

Creo que en hay en las tesis el peligro de

a) desculturalizar la democracia, como en su tiempo hicieron los europeos con la modernidad y el progreso y los funcionalistas norteamericanos con la industrialización y la modernización;

b) hay, por otro lado, una compulsión por ordenar qué deben o no discutir los intelectuales latinoamericanos y una impaciencia por acelerar los ritmos de indiferencia mutua y paralelidad que tienen hoy y que, de paso, invito al profesor Mires a no confundir esta réplica mía como signo de cambio, sino como una deuda de amigo;

c) un tercer aspecto que llama la atención es el método prescriptivo y normativo que emplea donde una democracia abstracta se recomienda como un tribunal que reparte juicios, sub especie aeternitatis, como en su tiempo los marxistas hacían con la historia, ajustando las evidencias empíricas al esquema;

d) es irónico que este método lo lleve ahora, en lo que respecta a los pueblos originarios de América Latina, que él mismo ha sabido comprender bien en otras ocasiones, a recomendar las consignas que deben emplear para no incomodar a la democracia y

e) por último, los nuevos cursos que está recibiendo, impartiendo o los nuevos autores que está descubriendo, le obligan, una vez más, a aconsejar la búsqueda de la nueva identidad de América Latina a través de la acción política y la democracia, brindando la impresión de estar ante un nuevo Maquiavelo latinoamericano que quiere corregir a unas democracias travestidas cuando, si fuese yo el servidor, les recomendaría más bien un Marqués de Sade.

Pasemos, ahora, a ver una por una, cada familia temática.

a) La desculturalización de la democracia

Cuando un concepto se desculturaliza, es suficiente tener un poder significativo para, al imponerlo de grado o por fuerza, a otros, se universalice y con ello se le despoja de los atributos culturales, económicos e históricos que le dieron origen, lo explican y mantienen en su temperatura y ambiente. Cuando se universaliza, se convierte en un instrumento en manos de quien tiene todas las ventajas materiales de antemano.

América Latina, nos dice Fernando Mires, es una “modernización sin democratización”. Como fracasó el primer término, que desculturalizaron los gringos funcionalistas del tipo de Rostow y Lewis, para exportarlo al mundo subalterno, ahora Mires parece ir por el segundo, con las mismas intenciones. Considera a la política separada de la cultura. Y en esto sigue a las viejas escuelas funcionalista norteamericanas. Y no creo que tenga mejor suerte.

Al abstraer el esqueleto, nos quedamos con su parte más útil. Así sucedió con la lógica clásica (tan llena de la metafísica griega) y con el álgebra (tan llena de la sacralidad islámica). La geometría analítica que nació de ese cruce, y les arrancó sus raíces, fue la base de la modernidad cartesiana para ubicar a las cosas y los seres en una coordenada precisa y exacta y no poder escapar de los controles que se emplearon después. Ahora Mires y muchos otros con anterioridad, hacen lo mismo con la “democracia”, “modernización”, “industrialización”, “desarrollo”, “pobreza” y otros términos.

Nada hay más cultural que un régimen político y una forma especifica de distribuirse el poder. La democracia desde siempre ha tenido una impronta imperial (desde Europa, pasando por Grecia, Roma, España, Francia e Inglaterra, hasta EEUU) o una mancha (o injusticia) que la mantiene bajo sospecha, como la mantuvieron Platón y Aristóteles desde la muerte de Sócrates, quien pagó con su vida la consolidación de ella.

La política es la forma (dictadura, democracia, socialismo, anarquismo, populismo, autoritarismo, fascismo, stalinismo, bonapartismo, etc.) en que se distribuye el poder, por medio de la familia, sociedad civil, clases, Estado, una comunidad en un espacio determinado (territorio, calle, casa, cama, pensamiento / lenguaje) y en un tiempo cultural específico (regímenes de excepción, períodos de estabilidad, décadas perdidas, yugos dictatoriales, entreguerras, períodos electorales, decadencias, ascensos, periodos prerrevolucionarios, etc). Todas estas formas coexisten y viven rivalizando, desde distintos sitios, o se imponen unas a otras por la fuerza o la seducción, el abandono o la inercia. La política no es igual a la democracia, como afirma Mires, sino su señora, a quien le sirve junto con sus hermanas y hermanastras (las otras formas).

b) La reconstrucción de los Estados Nacionales a través de la Democracia.

Por el locus, el punto de vista y el método que emplea, Mires se tiene a sí mismo como el reconstructor de nuestros estados nacionales, por medio de la democracia, enfocando sub especie aeternitatis, todas las situaciones latinoamericanas, como antes se hizo desde el socialismo, y poniéndola a juzgar, como antes se hizo con la Historia. Sustituye unas cosas por otras. Ha cambiado de discurso, sin duda, pero no de método.

Los científicos sociales y economistas hacen cosas que “suponen política y que en muchas ocasiones no lo es”. Mires sabe cuál es el concepto correcto. Construye antes de ver las cosas. Usa imaginarios instituyentes. Y cree que estas cosas sólo las hace el ideólogo. “Para el pensamiento ideológico... las posiciones ya están ordenadas antes que aparezcan los acontecimientos de los cuales las ideologías toman nota sólo si caben en el orden de sus sistemas”.

Cuando las cosas aparecen antes que sucedan, es debido no a la ideología, sino a la memoria. Uno ve las cosas que ya vimos. Para ver lo nuevo e imprevisible, no sólo nos tenemos que despojar de las ideologías, profesor, sino de la memoria, es decir, de la cultura, de la sociedad, de los imaginarios, de uno, de todo. Y ver las cosas exactamente como son: siempre nuevas. Para decir que “cada acontecimiento es nuevo”, se precisa deshacerse no sólo de los prejuicios sino, más difícil, de los juicios y conceptos.

Pero más estéril es que crea que podrá ser escuchado por nuestros políticos o aprendices cuando recomienda a los político profesionales que “las emociones deben ser convertidas en argumentos”. Este es una receta de profesor, como nosotros, o consejeros, como se nos presenta el autor, pero no de un político real, de carne y hueso. No les interesa “darles formato político a las emociones ” sino, exactamente al revés, enardecerlas. Buscan ganar, nada más.

Pero sigue todavía sorprendiéndonos. “La democracia no puede ser juzgada por los buenos o malos gobiernos económicos que de ahí surgen... La democracia no soluciona, por su sola existencia, los problemas sociales, pero sí... crea condiciones políticas y jurídicas...”. “La democracia, antes que nada, es un campo de luchas cuyo resultado será siempre incierto”. La democracia, pues, no soluciona problemas, es incierta en sus resultados y no puede ser juzgada de manera inmediata. Estas características sólo las descubren los profesores que, en su caso, más bien las celebra, pero no la gente, y los políticos siempre las ocultan. A menos que usted conozca un político que haya dicho que no resolverá nuestros problemas o que no ganará contra el adversario. Pero estas características (injuzgable, incierta e irresoluta) hacen la identidad de la democracia, es decir, su debilidad es su fuerza.

La realidad es muy otra y él mismo la advierte cuando constata que hay “poderes fácticos, los que atraviesan a los poderes territoriales. Entre ellos encontramos a agrupaciones familiares, a sectas religiosas, a logias, a asociaciones empresariales, comerciales y sindicales, a los llamados carteles, a determinados grupos armados, e incluso a algunas mafias... desde el poder político son contraídas complejas relaciones de alianza con esos poderes... los hilos de poderes no políticos...El problema reside cuando actúan al margen de la Constitución, y este el caso de las mafias, de los consorcios de drogas, de guerrrillas de autosubsistencia...de organizaciones criminales adheridas al Estado, como las policías secretas, y sobre todo los grupos paramilitares... la política es sobre todo lucha por el reconocimiento.”

A mi juicio, por aquí debió comenzar el analista. Esta es la realidad. Y que actúen no sólo ellos, sino, sobre todo, la mayoría de los ciudadanos y los políticos, al margen de la constitución, que nadie respeta ni obedece, es la regla y no la excepción. Y los grupos a los que se refiere Mires, aunque no son democráticos, son políticos, porque sencillamente cuentan con poder, riquezas y capacidad de presión. Esa complejidad que reconoce es suficiente para endeudarse frente a los lectores con una buena obra. No lo que deben ser los latinoamericanos, sino lo que son.

El poder en sí mismo es político. No hay poder que no sea político. Y creo que aquí está la confusión de Mires, que considera como máxima expresión de la política a la democracia, siendo en verdad sólo una variedad de ella, que a su vez, encuentra (o debe hacerlo) asiento y reposo en los Estados nacionales. La política, como una rama o expresión del poder, puede ser pública, estatal, privada, íntima, civil, política, militar, diplomática, concentrada, expansiva, etc. Se comporta en las relaciones entre los actores de un campo cualquiera con un carácter totalmente algebraico, donde las funciones de la fórmula pueden convertirse en valores (de todo tipo) dentro de la fórmula distributiva del poder entre ellos. Por este carácter es que no podemos prever los resultados, sólo calcularlos y manejando escenarios alternos e incluso imposibles, de lo contrario no entenderíamos las alianzas más cínicas e inesperadas. Uno siempre le está haciendo, por acción u omisión, el juego a alguien, decía Gramsci, pero lo importante es hacérselo uno mismo.

Ideas como las que he presentado, son las que me permiten decir, por ejemplo, que cualquier dictadura es tan política como cualquier democracia. Fidel, Somoza, Pinochet, Ortega, Chávez, etc. fueron y son políticos y en algunos momentos mejores de los que muchos profesores de ciencias políticas piensan.

La democracia actual es una defensa persuasiva, lúdica y diferencial del mercado. Y si no son iguales, parece que se llevan muy bien. El mercado exige libertad como condición (no determinación) de posibilidad, esto es lo que hace político su triunfo tanto contra el absolutismo feudal como contra el totalitarismo socialista. Ahí está la bisagra. Aquí es donde Popper y Hayek se convierten en filósofos políticos. Y es donde el mercado y la política (no sólo con democracia funciona el mercado, también con autoritarismos, ahí está China) se unen.

La democracia es una manera exquisita de darle larga a las cosas. La democracia sirve para evitar los conflictos con los subalternos, no para resolverlos. Los asume en sus órganos como la Asamblea, los tribunales y el ejecutivo (el electoral es una elegante arena donde sólo discuten los partidos del juego) donde los debate, los legisla, los refracta, los fragmenta, los debilita, si puede los disuelve, luego los reglamenta y por último los aplica, usualmente cuando ya pasó todo, a su manera, lenta y llena de reglas, normas y especificidades que muchas veces anulan su origen o no se entienden en contextos tan cambiantes y veloces, donde son otros los que reciben los magros beneficios o los rigores de la penalización. Cuando son los intereses de la clase política o grandes intereses económicos o de Estado, ahí sí, los resuelven rápidamente a su favor.

La corrupción se genera “cuando el dinero y el poder se encuentra muy cerca...” , nos dice con aplomo, este profesor. Me pregunto si en los tiempos modernos alguna vez han estado separados. Que el uno se encuentre en el otro, sólo significa que la economía es política concentrada, como decían los leninistas, y, al revés, la política es economía sintetizada, como dicen hoy los hayekianos. Ambos son cálculos de poder y riqueza. Maquiavelo y Adam Smith, vieron en los vicios privados, virtudes públicas. La “hidden hand” en este y la virtú en aquel.

c) La indiferencia entre los intelectuales latinoamericanos.

Los intelectuales latinoamericanos producen en abundancia pero “se trata de artículos o ensayos paralelos, sin ninguna comunicación interdiscursiva. Y eso es grave...la base de monólogos paralelos entre voces que no se interfieren ni interrumpen.” “El antagonismo es condición de pensamiento... El pensamiento es siempre crítico”. La condición del pensamiento, profesor, desde el punto de vista clásico, es el diálogo y el pensamiento no tiene nada de crítico, es viejo, pasado y memoria. Imagínese que esta discusión ya la tuvieron otros y quizás más rica que la nuestra y la tendrán otra vez en el futuro, un par de personas que aún son niños o niñas.

Mires quiere que los intelectuales latinoamericanos polemicen, otra vez, entre sí (antes nos mandábamos a matar, nunca por mano propia, siempre por los "tontos útiles" a los que podíamos envenenar y convencer) pero, a mi juicio, me parece muy bien que no se dignen a mirarse el uno al otro. Lo de la indiferencia de los intelectuales latinoamericanos entre sí, son nostalgias de profesor en el exilio, que a lo mejor tiene muy pocos amigos con quien discutir de sus países. Déjelos ser, profesor, como decían aquellos cuatro peludos de Liverpool. Que se desahoguen y digan lo que quieran. No los corte, no les dé órdenes sobre qué deben o no discutir, sobre qué polemizar, qué le importa a Usted. Viva y deje a vivir a los demás. Déjelos escribir sus cosas, como usted escribe las suyas, profesor. ¿No puede reconocer la situación como el nuevo modo de practicar la tolerancia ( la que nunca conocimos)? Déjele al tiempo, la maduración para discutir entre nosotros como usted sueña, como profesores alrededor de una gran mesa, con café y vino a la orden.

d) La actitud ante los pueblos originarios y su relación con la democracia.

Sobre las reivindicaciones de los pueblos originarios, no entiendo cómo Mires puede adelantarse a los hechos, si en otro lado dijo que la democracia es incierta: “La identidad no es negociable”. “Una reivindicación étnica, en cambio, al no postular demandas políticamente realizables, tiende a caer en posiciones fundamentalistas”. [1]

. ¿Cómo sabe lo que pasará entre una Democracia abstracta y sin apellidos y una reivindicación de un pueblo indio teórico? ¿Cómo lo puede saber? Y como puede prohibirle consignas al subalterno con el tono del policía que, según él mismo, aparece cuando se silencia la polémica. O es un confidente del porvenir o es un intelectual autoritario que quiere imponerle a otros sus esquemas.

Toda nación es constitucionalmente indivisible y ningún gobierno nacional estará dispuesto a negociar sobre ese principio básico. Si utilizan el argumento de los ‘derechos históricos’ sus demandas se convierten en innegociables, y con ello sólo pueden perder ”.

e) La nueva identidad latinoamericana

La identidad pasa a ser tema de agenda, también, de Fernando Mires. Nos dice: “La democracia debe ser nacional o no ser”. Por eso, es que hablamos de un nuevo Maquiavelo. “La política sobre todo la política democrática es y será en América Latina una fuente de identidad”. La acción, el viejo principio de identidad de la modernidad, se recomienda para dotarnos de personalidad. El reloj, de regreso a cero, empieza a tañer. No debe ser excesiva:“Un exceso de democracia puede ser nocivo para la propia democracia”. Tañidos de Saint Just: Ninguna democracia para los enemigos de la democracia. “Tiene que continuar manteniendo el atributo de peor a fin de que sea alguna vez mejor”. Tañidos de Blanqui: Los desposeídos no deben tener absolutamente nada para que algún día tengan todo. “Si bien la democracia implica el gobierno de la mayoría, la política implica las luchas de las minorías para llegar a ser mayoría”. Tañidos de Rousseau: Las minorías en sí mismas son bondadosas, sustituyen al “pueblo”, al “pobre” y a los “movimientos sociales”. Las minorías pueden ser muy destructivas y aquí surgen las paradojas de la tolerancia. Dejamos que los enemigos de la democracia actúen y la pongan en peligro o nos adelantamos y los eliminamos para defenderla, y en este caso, es ella quien se suicida. Película vieja!!!

“En ningún país latinoamericano la democracia (re) surgió de una insurrección popular o algo parecido”. Cucú, cucú: Como no, amigo mío, en Nicaragua. Sólo que de una revolución fracasada, nació una democracia que se convirtió en una travesti. Alguien que hace parodia de un supuesto “original” (que sólo usted conoce) es también, como dice Judith Butler de los géneros, performatividad citacional. Acaso por ello la “pobreza” se mire más “pobre”, y los sueños, si cabe, más sueños.

En vez de diez afirmaciones desde el ángulo del desenlace, le pregunto con todo respeto a Fernando Mires, sino es mejor hacerse tres interrogantes, y, dependiendo de cómo se responda a cada una, así se modificarán las otras en un cuadro que nos puede brindar más perspectivas de fondo: a) ¿sirven o no los Estados Naciones en América Latina? b) ¿Existe o no América Latina? y c) ¿Quiénes son las clases medias a las que Usted y yo pertenecemos?

Todas estas reflexiones me surgieron en el pequeño jardín central de nuestra universidad, sentado en esas bancas blancas, como en las que muere dulcemente Al Pacino en El Padrino III, mirando hacia los árboles y dándole vuelta a mis pulgares sobre el vientre. Ahora me pregunto si el cartel publicitario que me impresiona siempre al venir aquí, y del que hablé al inicio de este artículo, a la luz de la democracia travestida que vivimos, no se podría invertir, convirtiendo el descapotable en un carro fúnebre, y diciendo: “la realidad para muchos... será la pesadilla de algunos”.



[1] “Nosotros debemos regresar a los gloriosos tiempos de los Incas”. “Frente a una reivindicación de ese tipo, no hay negociación posible”.

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