miércoles, 11 de noviembre de 2009

SALVACIÓN, ÉTICA Y ELECCIONES

SALVACIÓN, ÉTICA Y ELECCIONES

Por Freddy Quezada

Debido a un malentendido nacido de la idea que, un vicioso y libertino como yo, escriba con placer destructivo sobre ética y sus extravíos, se me invitó a dictar una conferencia sobre “Ética y campaña electoral en Nicaragua”. Puesto frente al auditorio, lo único que atiné a decir es que me había equivocado de puerta, como cuando esos actores alcohólicos, contratados para una película de vaqueros entran a un set de terror por error e, intentando entrar al debido, en el siguiente, vuelven a equivocarse y se encuentran repentinamente de espaldas a un “negro hermoso” en uno de porno.

Al entrar al salón, poblado de un conjunto de personas respetables, y anunciarse la conferencia del caso, imaginé que esperarían recomendaciones para las campañas políticas, como esas que aparecen en el Arto. 3 del Reglamento de Ética para la campaña electoral, en el que según su letra “las ideas deben combatirse con ideas, sin ofender la dignidad ni el buen nombre de las familias”, etc. Probablemente esperaban códigos de cómo preguntar por la familia del adversario y la gripe de los niños; por los riñones de la abuelita del contrincante; de la silueta, uñas y cabello de las esposas de los rivales; de la salud y estrellas favoritas de las hijas y de la oferta de colaborar con los otros candidatos para ayudarles buenamente con el “data show” en la presentación de sus ideas programáticas que son, al fin y al cabo, las mismas de todos.

Viendo que las verdaderas campañas electorales nada tienen de amables y que su comportamiento real es violento, sucio, saturador, “vividor” de los fondos públicos, astutos, simulados, pérfidos, mentirosos, corruptores y traicioneros, empecé a actuar como profesor para no asustar al auditorio con lo que se merecía decirle. Y expresé, con un tono amanerado, como esos que ocupaba Octavio Paz en la televisión mexicana:

Probablemente le debamos a Séneca, el filósofo oficial del Imperio Romano, dividir en dos el mundo occidental desde el punto de vista de la salvación humana. Él, testigo de la decadencia, excesos y libertinaje romano, empezó a dudar de un principio de hierro en la Antigüedad clásica (desde Sócrates hasta él mismo): que los seres humanos (por supuesto sólo los griegos y romanos) podían realizar las virtudes con las que por naturaleza nacían en la polis y en la civitas.

Séneca, horrorizado por los emperadores libertinos, dijo que, en efecto, alguna vez en la época de oro de la Antigüedad, se podían desplegar todas las virtudes ciudadanas (desde la ética y la política que eran inseparables) para la realización del espíritu humano, pero que en su época ya era imposible. La única alternativa sólo era que tal salvación de las perversidades y lubricidades de su sociedad podían ser encontradas en el cielo de los dioses romanos. Sin saberlo, Séneca preparaba las condiciones espirituales y la continuidad que se gestaría con la doctrina cristiana de la salvación ante un Dios monoteísta, pero rompería con la idea sagrada de realizarse en la polis.

De ahí en adelante, la salvación de los fieles correría fuera de los muros de las ciudades, y las promesas de salvación estarían uncidas a un discurso inobjetable que conjugaría con el bonus communis aristotélico y una ética de la vocación y el servicio público que subordinaría e invisibilizaría las estrategias de poder de reyes y papas. La promesa de un cielo ético y bondadoso se ofrecía a los justos y hombres de buena voluntad desde las iglesias, en medio de sus cismas y guerras con los príncipes seculares.

Es hasta el siglo XV con la aparición de Maquiavelo que se nos revelan las interioridades del poder de los recientes Estados Naciones y sus leyes que, las promesas y su ética pasan a ser dispositivos subordinados al objetivo supremo de obtener el poder o mantenerlo si se lo tiene ya. La salvación moderna ya no estará por fuera ni por encima de nosotros (cielo) sino delante y dentro de nuestra naturaleza (futuro). Luego, recubierta por los nuevos discursos del nacionalismo y las ideologías universales rivales, se abrirá paso una ética del deber formal (kantiana) primero y una del deber histórico (hegeliana) después.

Con la crisis de la representación moderna del crédito a relatos prometeicos y redentores, la salvación regresó una vez más sus ojos a las ciudades, pero esta vez no mediada por el ejercicio del poder y la ética en ellas, sino en la fagocitación del placer de los sentidos y el presente por generaciones escépticas y desencantadas. La diversión y el consumo, pues, se convirtieron en el nuevo deber salvífico de las sociedades permisivas contemporáneas. Quien no se divierta, pudiendo hacerlo, deberá sentirse culpable. ¡Goza tu síntoma!, nos dirá Slavoj Zizek, recordando a su maestro Lacan.

Cada una de estas variedades de salvación que ha ensayado nuestra cultura, desde la griega hasta la postmoderna, desde la ciudad, el cielo, el futuro y el placer, han estado condicionadas por la promesa en los discursos de cada una de ellas con una ética de la participación ciudadana en el caso de la griega, obedencial en la cristiana, emancipatoria en la moderna y epicúrea en la postmoderna. En ninguno de los casos hay garantía que la promesa, que es toda desembocadura de los metarrelatos, pueda ser efectuada. Jacques Derrida, para salvar, por su origen religioso, la Historia de salvaciones que es la cultura Occidental, dijo una vez: “...no hay religión sin promesa de decir la verdad prometiendo decirla, de mantener la promesa de decir la verdad -- ¡de haberla dicho ya¡ -- en el acto mismo de la promesa. De haberla dicho ya, la veritas, en latín, y por tanto considerar que ya está dicha. El acontecimiento que vendrá ya se ha producido. La promesa se promete, ya se ha prometido; he ahí la fe jurada y por tanto la respuesta. La religio comenzaría aquí”. La promesa, pues, sólo puede prometer que promete y, también, a la inversa, sólo puede dejar de prometer que no promete, manteniendo salva e intacta la verdad que la justifica.

La polis y la civitas, quizás las más saludables formas éticas, fueron sin embargo muy excluyentes e incluso dentro de los iguales que podían considerarse griegos y romanos, sus formas de gobierno, como lo planteó Aristóteles y Polibio, no escapaban de perversiones, en especial la democracia, cuando con frecuencia se transformaba en demagogia; o la ética cristiana que ocultaba las implacables luchas por tesoros, poder, y territorios entre reinos y papados; o la moderna, que hizo descansar todos sus crímenes en la promesa de un futuro pletórico y luminoso ocultando su ratio de poder o, por último, la indiferencia de la diferencia postmoderna, demasiado incluyente hasta el grado de justificar la fuerza del verdugo en nombre de respetar la diferencia del débil.

Todas estas variedades de salvación tienen unas éticas reducidas al crédito de los discursos que dicen sobre sí mismas, como lo comprendió Derrida, sin garantías, controles, pruebas o demostraciones, más que la coherencia y efectos demostrativos internos de un discurso librado a sí mismo, dispensado de ofrecer pruebas y sin penalizaciones de sus faltas e incumplimientos.

Desde Maquiavelo, al separar la ética de la política, intervino un factor que se volvió a ocultar por las ideologías que le sucedieron y eso fue el “poder” como fin de la voluntad humana y objetivo de los narradores de discursos. Así nació esa idea que nadie confiesa, mucho menos los políticos, pero todos sabemos: que la ética se hizo para los gobernados y la libertad y el placer para los gobernantes.

La ética, al menos la clásica, pertenece al reino del deber ser, mientras la política, el poder, pertenece al reino de las estrategias, de las relaciones de fuerza concreta y presente y cuyos limites no están determinados por la ética, sino por la astucia, potencia y versatilidad de los adversarios.

Con la llegada de la democracia, se volvieron a disimular o a regular las pulsiones de poder de la que hablan con justicia Maquiavelo, Sade, Hobbes, Nietszche y Foucault. Pero la democracia también tiene sus servidumbres y vulnerabilidades de las que hace virtud. ¿Qué pasaría si la abstención fuera activa, que se ejerciera un simulacro de votación respetando todos los procedimientos y normativas para que a la hora del escrutinio los votos en blanco fueran mayores que los efectivos? Esta idea simple y peligrosa fue la que llevó a José Saramago a imaginar su última novela “Ensayo sobre la lucidez”. Es una bomba de relojería dentro del sistema democrático. La abstención (mal vista en Nicaragua, pero no penalizada, a menos que la propaganda la incite y terceros obliguen a primeros) y los votos en blanco son una violencia silenciosa de los desencantados y de las víctimas de las promesas de los liderazgos de cualquier tipo.

Sabemos que en virtud del Arto. 108 de la Ley Electoral en vigencia, se promulgó un Reglamento de Ética compuesto de 18 Artos. Muchos de ellos junto a otros de la Ley Electoral (Artos. 87, 107, 173 y 174) prohíben y penalizan las infracciones y delitos electorales en torno a abusos de los bienes y lugares públicos, acceso a fondos ilegales, ofensas a la dignidad y buen nombre de las personas, y la propaganda a la abstención. Todo esto está muy bien. Pero la gran pregunta es: ¿dónde está el castigo no a los medios de obtener la victoria, de hecho ya debidamente reglamentados, sino a los fines prometidos y su posterior burla, violencia y traición?

Recuerdo que, hace unos años, el Dr. Haroldo Montealegre, para entonces candidato a Presidente de la República de Nicaragua, en una conferencia sobre su programa político en una universidad, lo invité, alzando unos papeles en blanco, a encabezar las cinco mil firmas necesarias para una iniciativa de ley. Le pregunté: ¿está dispuesto Usted, sí o no, a impulsar una iniciativa de ley donde se penalicen las promesas incumplidas de los candidatos a cualquier cargo público? El Dr. Montealegre – desde su sonrisa de enemigo de Batman – me respondió: “evidentemente es una pregunta trampa. Si le digo que ‘sí’, corro el riesgo de sufrir un arresto inconmutable y si le digo que ‘no’, usted me presentará como un demagogo. Así que me abstengo de contestar”. En efecto Dr. -- le respondí con la determinación de Robin cuando golpea la palma de su mano con el puño de la otra -- es una pregunta trampa, pero para que las ratas no vuelvan jamás a comerse el queso”.




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