sábado, 14 de noviembre de 2009

Qué ocurrirá cuando llegue la hora del olvido?

¿QUE OCURRIRA CUANDO LLEGUE LA HORA DEL OLVIDO?

Por Freddy Quezada

Muere un comandante de la Dirección Nacional del FSLN. Los sandinistas se dividen en varias tendencias. Un comandante acusa a otro de ser agente de la CIA. Las expulsiones menudean en los bandos en conflicto y todos se culpan recíprocamente de los errores cometidos cuando dirigían juntos... Supongamos esos ejemplos. Ya sucedió una vez. Todos lo saben y los sandinistas aún lo recuerdan en privado con la seguridad que les otorga saberse reconciliados en el poder y la felicidad de ignorar que pueden dividirse una vez más.

¿Qué pasaría en la sociedad nicaragüense si tales cosas acontecieran de nuevo? ¿Qué podrían hacer los creyentes en el partido de gobierno? Nadie lo puede saber. Pero todos tenemos la obligación de prepararnos ante esas eventualidades y obrar en consecuencia. Por tanto, no podemos más que repetir las palabras de Hamlet antes de su duelo con Laertes: "Si ha de ser ahora, no está por venir; si no está por venir, sucederá ahora; si no sucede ahora no obstante vendrá; todo estriba en hallarse prevenido..." (Acto V. Escena II).

En alguna parte de sus obras, Hegel expresa que un partido sólo es real hasta que se divide. En Nicaragua hemos tenido la oportunidad de confirmarlo hasta el absurdo. El FSLN utiliza a su favor, con evidente placer, la división de los partidos políticos y se regusta de saberse monolítico, olvidando que alguna vez fue víctima de la misma enfermedad que hoy lo divierte.

Los sandinistas ya se dividieron por asuntos que nunca tuvieron la importancia de lo que hoy está en juego: el poder. Por mucho menos que eso, en el pasado se ofrecieron mutuamente la muerte por supuestas traiciones a sus principios y disciplina. En consecuencia, es muy probable que se vuelvan a dividir. ¿El motivo? Puede ser desde el más noble hasta el más espúreo. La mayoría de los partidos políticos lo desean y muchos sandinistas sensatos lo temen. No sería nada divertido, al menos para el que alguna vez fue testigo de la lucha fraccional en su seno, asistir a una reedición de las viejas disputas sandinistas, esta vez con todo el poderío del Estado detrás de cada cargo contra la fracción adversaria, seguramente recompuestas con algunas figuras nuevas a su cabeza.

Sería una situación surrealista, en verdad, ver acusarse mutuamente a los dirigentes de sus respectivas miserias, tal como ahora se recriminan los partidos divididos y como lo hicieron la vieja GPP y la TP.

Las dos tendencias sandinistas que más se odiaban, a mediados de la década del setenta, resultaron ser las derrotadas al triunfo de la revolución. La Tendencia Proletaria, con su concepción ortodoxa de la construcción de un partido de perfil leninista y un manejo marxista simple de las contradicciones en la sociedad nicaragüense, siempre se opuso a la concepción de la Guerra Popular Prolongada acerca del papel del campesinado en la revolución y el combate contra el enemigo imperialista norteamericano, considerado por la corriente de Wheelock como "vago y abstracto".

Las contradicciones también se situaban en torno al tipo de gobierno que sucedería al derrocamiento revolucionario de la Dictadura. La TP educó a sus seguidores con la premisa de que al régimen somocista debía sucederlo un gobierno independiente de la burguesía, un gobierno de los trabajadores. Planteaba la consigna de "Todos contra la dictadura", que a la postre le serviría para claudicar ante la política de alianzas de la tendencia triunfante. La GPP, por su parte, nunca tuvo una noción clara del tipo de gobierno sucesor. Hablaba de una suerte de gobierno democrático, popular y revolucionario, sin mencionar su composición específica de clase. En cierto sentido, esa elasticidad permitió también conciliarla con las exigencias de gobierno de la tendencia vencedora.

Al final, la revolución triunfó no gracias a los devaneos de las distintas variedades sandinistas, sino a pesar de ellos. Ni se obtuvo el éxito cercando las ciudades desde la montaña, ni el proletariado tomó el poder, ni se cristalizó el programa de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional con un ejército patriótico mixto entre la oficialidad honesta de la Guardia Nacional y los guerrilleros más notables. Basta recordar que el primer Ministro de Defensa de esta Revolución fue nada menos que un Coronel de la GN: Bernardino Larios, un ministro sin reino, un adefesio político, un producto del programa tercerista rebasado por la dinámica de la revolución.

Los sandinistas, sin distingo, jamás se imaginaron tomar el poder en toda su dimensión. Siempre se vieron a sí mismos como la fracción opositora leal dentro de un parlamento que sostuviera la legitimidad de un Gobierno de Unidad Nacional. Ese fue el éxito, si cabiera, de los tercerista. El programa de la fracción de los Ortega, surgida para mediar entre las otras dos, resultó ser, al final el que se materializó a medias. Aprovechó la debilidad de la GPP exterminada casi por la GN y persuadió sin fatigas intelectuales, por su peso en hombres, armas y su apoyo internacional, a la TP. Sin embargo, arrastró consigo todas las tensiones que, por la fuerza de los hechos, tendrán que manifestarse.

Entre la variedad increíble de obras destinadas a desfigurar y a racionalizar la historia de las tendencias sandinistas, hay dos interpretaciones clásicas, una de la derecha y otra de la izquierda, acerca de los móviles de la escisión sandinista de los años setenta. La más conocida es la racionalización de Martha Harnecker apoyada en las declaraciones retrospectiva del Comandante Wheelock sobre la génesis y hegemonía entre las tendencias. La otra, Ideología y Revolución en Nicaragua, a pesar de su autor, David Nolan, diplomático norteamericano recientemente expulsado por el gobierno de Nicaragua al inmiscuirse en asuntos internos del país, es definitivamente mucho más objetiva que las declaraciones del Cmdte. Wheelock, quien se traiciona a sí mismo en la obra de Harnecker, retroasignándole sentido por segunda vez a los actos de la ex-tendencia proletaria en favor de una posición de poder en la que dominan sus adversarios de ayer y sus protectores de hoy, es decir, los terceristas.

Hace una relectura bondadosa de las actividades de los insurreccionales y una evaluación totalmente alejada del papel de su propia fracción. Le sucede lo que a Charles Bovary cuando leyó las cartas de Emma, después de muerta, a sus amantes. Vivió dos veces el mismo momento. Uno como felicidad mientras la creyó fiel y el otro como amargura al conocer la verdad. Sólo que en este caso, para la TP, lo último fue realmente lo primero y la felicidad, el sentimiento con que lo narra el Ministro de Desarrollo Agropecuario.

Actualmente se especula mucho con las contradicciones

entre lo que fue la GPP y la Tendencia Insurreccional. Sea cierto o no, la TP como corriente ha desaparecido. Posiblemente, incluso, la hipótesis que baraja La Prensa de que hay un voto que aún no decide por Ruiz o por Ortega, para candidato del FSLN en los comicios venideros, sea el de un miembro de esa antigua fracción. ¿Quién será? Sólo su peinador lo sabe.

Aparentemente no hay tendencias dentro del FSLN. Desde la invasión a Grenada por las tropas norteamericanas, que derrocaron el régimen del Movimiento de Nueva Joya, en su momento de escisión, los sandinistas decidieron prohibirse a sí mismos y a sus bases expresar sus diferencias en público, por temor a ser víctima a un ataque semejante. Creyeron abolir las diferencias con una orden. Hace pensar que lo que aún mantiene unido al FSLN es la agresión imperialista, pero apenas se aligere la presión, si damos crédito a esa lógica, los sandinistas podrían partirse en mil pedazos. Las contradicciones, mientras tanto, se han acumulado. Lo último advertible ha sido la reelección del Presidente Ortega. Las declaraciones del Ministro del Interior, sobre la discusión del futuro candidato, que al parecer puede ser Henry Ruiz, pondrá a prueba el monolitismo publicitado y las tensiones tendenciales.

En la base de todas las contradicciones dentro del FSLN, está un eje fundamental: homogenizar todo el aparato partidario y estatal al servicio de las orientaciones del ejecutivo. Por eso es que las contradicciones se expresan con particular lujuria en los feudos institucionales de cada comandante. Sin embargo, ninguna tendencia preferiría apoyarse en el movimiento de masas para imponer su voluntad a las otras. Los sandinistas de todo tipo no confían en la movilización revolucionaria de la población porque los puede desbordar o, en todo caso, no apelan a ella porque puede ser capitalizada por los partidos de oposición. Tienen que dar la batalla, en consecuencia, en órganos palaciegos donde abundan los cortesanos, los bufones, los sacerdotes, los escribanos, los juglares y las favoritas. O sea donde no hay amigos, sólo aliados e intereses. ¡Qué peligro, señores, cuando el Príncipe no se apoya en la población!

Cornelius Castoriadis, un estudioso ex-marxista, en una de sus obras más amargas acerca del procedimiento de Marx al poner sobre sus pies la dialéctica de Hegel, afirmó que en verdad no cambió la esencia de esa lógica, insuficiente a su juicio, pues no se cambia la esencia de las cosas, invirtiéndolas. Recomendó que le cortaran la cabeza. Sin embargo, aplicada a sí misma, la dialéctica se la volaría sola. Si las fricciones, apenas visibles, de los sandinistas llegaran a incrementarse alguna vez, correremos el peligro de presenciar un espectáculo semejante: observar bajo el brazo de algunos comandantes sus propias cabezas.

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