sábado, 14 de noviembre de 2009

Qué corona tienen los partidos políticos?

¿QUE CORONA TIENEN LOS PARTIDOS POLITICOS ?

Por Freddy Quezada

Cuando era un adolescente, acostumbraba a enamorar a las chicas con un recurso infalible. Les decía: "Te apuesto un beso a que no te dejás besar por mí". Con el viejo truco de igualar el resultado a su condición, esperando lo mismo desde respuestas opuestas, las atrapaba, terminando por besar a las muchachas que contestaran tanto "sí" como "no".

Era divertido. Las dejaba sin elección, a menos que rompieran el círculo con un acto de fuerza y, tal como me recuerdan aún algunos casos de sonoras cachetadas, descubrieran mi juego.

Algo parecido hacen ahora los partidos políticos en Nicaragua. Si no se confía en ninguno de ellos, por Ley, uno no puede invitar a la abstención porque debilita el sistema de partidos y, si uno intenta proponer, al menos para la presidencia y la vicepresidencia de la República, a un movimiento social cualquiera, por Ley también, no puede porque sólo los partidos son los únicos pretendientes legítimos de los más altos cargos del gobierno.

No es justo. Muchos nicaragüenses estamos sin salida por el único delito de no creer estructuralmente en ningún partido político. !En ninguno! Literalmente estamos obligados a votar, digamos "sí" o "no", como hacía este servidor con sus novias, a los únicos pretendientes de esa pobre señorita llamada Presidencia y Vice-presidencia de la República de Nicaragua. Si hay derecho, porque así lo establece la Ley Electoral, sin embargo, no hay justicia, no hay democracia.

Los partidos políticos, para bien o para mal, siempre han sido entendidos como mediadores entre la sociedad civil y el Estado. Así lo han entendido desde los más clásicos autores (Maquiavelo/Lenin/Gramsci), hasta los más académicos (Weber, Duverger, Sartori) llegando incluso hasta los nicaragüenses que más se han preocupado por estudiarlos (Orlando Núñez, Mariano Fiallos y Edgardo Buitrago).

Sin embargo, en nuestra época, los partidos políticos, verdaderas máquinas de crear promesas, están en profunda crisis. En la mayoría de los países gobernados por el sistema de partidos, siempre la gente que se abstiene, por millones de razones, supera a las que votan. Como pocos creen ya en los grandes relatos, de los que los partidos son sus intérpretes, buena parte de la gente prefiere las soluciones inmediatas y locales porque los partidos son como el Estado mismo, demasiado pequeños para resolver los grandes problemas de la humanidad (contaminación, crecimiento demográfico, deuda externa, narcotráfico, globalización, agotamiento de recursos naturales, migración, desestructuración laboral, etc) y demasiado grandes para resolver los pequeños (agua potable para un barrio, electricidad en la calle principal de un asentamiento, instalación de una cancha de basket en una esquina, puesto de salud en una comarca fronteriza, una escuelita por aquí, una letrina por allá, un centro de capacitación para esto, una promoción comunal para aquello, etc).

¿Por qué un movimiento social cualquiera no puede prresentar un candidato presidencial sin mediadores partidarios? No es que los candidatos partidarios sean buenos, malos o feos, sino que todo el sistema representativo e indirecto basado en partidos está en crisis. De hecho, la popularidad y recurrencia de los referendums y plebiscitos (que también figuran en nuestra Ley Electoral como recurso extraordinario previa recolección de cincuenta mil firmas) en estos sistemas, demuestra la vitalidad de estos residuos de democracia directa en nuestras constituciones. ¿Por qué no usar uno de ellos para que los nicaragüenses decidamos si en las elecciones del 2001, pueden o no postularse los movimientos sociales, gremios, asociaciones, cámaras y sindicatos a los cargos más altos de nuestro país? ¿Qué corona tienen los partidos políticos para arrogarse el monopolio exclusivo de los poderes decisorios del Estado si, desde hace tiempo, han dejado de resolver problemas para volverse parte de ellos?

Sería deseable que nuestra sociedad, al menos por un momento, se dejara conducir como ciertos grupos étnicos australianos donde, para ser dirigentes de la tribu, tienen que pasar antes por una ceremonia de golpes, patadas, escupitajos, mordiscos, pellizcos y bofetadas; donde el poder es un castigo y jamás, nunca, un premio.

Managua, Agosto 1996

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