miércoles, 11 de noviembre de 2009

CINCO NEGRITOS

CINCO NEGRITOS

Por Freddy Quezada

Atacaré un documento en el que yo mismo participé, por el puro gusto de provocar, como Lee Marvin en Cat Ballou donde, para impresionar a Jane Fonda, borracho, dispara al aire desde su caballo, por el puro placer de escuchar las detonaciones.

El borrador de documento se llama “Impacto del neoliberalismo en América Central”, efectuado por un colectivo de autores en el que este servidor figuró como delegado del CIELAC/UPOLI, convocados por la Fundación Friedrich Ebert y cuyo contenido está dividido en cuatro capítulos: económico, político, social y sobre el Estado.

En él se percibe una preocupación por la “igualdad”. Una preocupación por defender a los sectores más vulnerables. Sea demostrando la desigualdad de las políticas de liberación en los servicios, el mercado, la agricultura, la eliminación de los subsidios, entre otros, para el área centroamericana por medio de un CAFTA aterrador. Sea concluyendo que el pacto Ortega - Alemán le ha permitido al sistema una gobernabilidad “con la pobreza y falta de esperanza de muchos originada en el neoliberalismo”. Sea manifestando el impacto ocasionado por el “consenso de Washington” en la salud, educación, políticas de género y dependencia tecnológica. Sea, en fin, creyendo que el Estado nación es la fuente de todas nuestras desgracias.

Todo un discurso que tiene una finalidad prometeica y enfoca las situaciones desde el ángulo de los fines. Permítanme, por favor, ahora, hacer un comentario breve sobre un aspecto oblicuo de estos temas.

Toda presentación para un auditorio de izquierda, como fue el caso, se hace para la acción. Si fueran tesis, se examinaría del documento, la coherencia de las exposiciones, la bibliografía referida y la metodología empleada, para dictaminar el grado científico de lo aducido, como hacen los tribunales académicos. Como fue entre políticos, y nadie podía alegar inocencia en esa reunión, las presentaciones por muy académicas que sean se debaten en medio de la acción. Es una discusión sobre medios, no sobre fines, de los cuales teóricamente todos estamos más o menos de acuerdo. Sólo se hace en este último terreno una discusión, cuando se está frente al “otro”, al enemigo, al “macho”, al adversario, al extraño, a la “derecha”, a “nariz de plata”, el gemelo malo de Lee Marvin, para los que lo recuerdan en Cat Ballou, el film aludido al inicio; en fin, a lo que no somos o creemos no ser.

Desde hace tiempo, he llegado a la conclusión que si debe haber una izquierda, esta debe centrarse no sobre fines (que son estrategias discursivas), ni sobre medios (que son acciones ciegas), sino sobre controles. La pregunta es: ¿De qué forma controlo yo a mi dirigente, después de ser convencido por él, desde luego, para que no traicione su promesa? ¿De qué forma le hago llegar mi desconfianza hacia su discurso sin impedir la acción que emprendo con él? Alguien, me parece que fue Trotsky o Bakunin, definió una vez a los partidos como la desconfianza organizada. A nadie más le oí decir después cosa semejante. Incluso, en el propio foro al que gentilmente fui invitado y originaron estos comentarios, no capté preocupación por estas cosas. Y todos sin excepción le siguieron dando vueltas a la rueda del molino, a los mismos discursos de siempre.

Podemos presentar, como lo hace el documento, cuatro ángulos para descargar la culpa en el otro, cuatro ángulos para indignar al auditorio y desencadenarle su imaginación con propuestas para la acción (en la que usualmente desembocan estas reuniones, como no podía ser de otra manera), pero nadie se preocupa por hablar de los controles (esas cuatro reglitas famosas de la Comuna de París que impulsaron los anarquistas): a) temporalidad en los cargos públicos y partidarios, b) revocabilidad con la mitad más uno de los electores en cualquier momento, c) rotabilidad para que todos ejerzamos el poder y; d) salario de trabajador calificado para evitar las burocratizaciones.

De todos los teóricos políticos contemporáneos, Giovanni Sartori es el único que ha justificado el paso de la democracia directa a la representativa, por el poder del número (un argumento cuantitativo que en nuestra era tecnológica de procesamientos instantáneos de grandes cantidades de datos, ya no tiene sentido) diciendo que la población creció mucho desde la polys griega y la civitas romana como para seguir ejerciendo la democracia directa. Ahora que el Estado-nación (territorio de los muchos que eligieron la representación) está en crisis, vuelve la discusión y pertinencia de este asunto. ¿Se puede hacer en “grande” lo que siempre se ha hecho en “pequeño”?

El marxismo clásico, con su concepto de Dictadura del Proletariado, pero también la democracia, como la conocemos hoy, indirecta y delegativa, deformó o asimiló a su manera, las tradiciones directas que nunca le han pertenecido, a través de los soviets como hicieron los leninistas, o como los constitucionalistas con sus referendums y plebiscitos, residuos de la democracia directa, revocaciones de autoridades en tiempos diferidos y enfriables, periodicidad de unas elecciones delegativas por parte de las personas sencillas y sin tiempo cada cuatro o seis años y unos salarios a funcionarios partidaristas y públicos que nada tienen que ver con los ingresos de los trabajadores.

El fracaso de las burocracias socialistas siempre estuvo aquí y no en otro lado. De tal manera, pues, que estamos de acuerdo en divulgar los fines, en responsabilizar al otro, en indignar a la audiencia para formular alternativas y actuar en consecuencia, pero cómo, desde ya, controlamos a nuestros líderes para que no nos traicionen.

Cómo incluimos este aspecto en las agendas de discusión. No es sólo credo indispensable, sino reaseguro vital; no sólo santidad necesaria, sino control estricto; no sólo mística basal, sino desconfianza profunda; no sólo discursos sin garantías, sino prácticas desde nosotros mismos; no sólo ética, sino poder.

No hay que confiar en ningún discurso (ni siquiera en éste) salvo que lo controlemos o podamos devolver lucidez a los encantados, como en aquel chiste de los cinco negritos, donde cuatro de ellos desean ser respectivamente, blancos, millonarios, poderosos y cultos, mientras el último, a grandes carcajadas, los hace bajar a tierra, exigiéndole al genio de la botella que les otorgó el derecho de un deseo por cabeza, convertirlos de nuevo, a todos, en negros.

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