miércoles, 11 de noviembre de 2009

¿HECHOS O INTERPRETACIONES?

¿HECHOS O INTERPRETACIONES?

(Comentario a “Subversión de la memoria” de Erick Aguirre)

Por Freddy Quezada

“No hay hechos, sólo interpretaciones”, grito apache del postmodernismo que hizo dominar el terreno de las problemáticas sociales desde de las filosofías del lenguaje, la crítica literaria, los estudios culturales, las teorías semióticas y las microfísicas del poder, todas tributarias de un modo o de otro de este aforismo de Nietzsche. Grito que tomó por asalto los Departamentos de Literatura de las Universidades del Norte y desde los cuales empezó a dominar los de las ciencias sociales en todos los países “rápidos”.

Me pregunto si el propio Erick Aguirre en su “Subversión de la memoria” está claro que milita en esta escuela. Su obra cuenta con un conjunto de temas abiertos en la agenda de la discusión académica, más que política, pertenecientes a esta corriente y donde la sociología tiene tanta propiedad y autoridad de hablar como la literatura y su crítica. El asunto me recuerda a un investigador “tico”, educado en la Escuela Cultural de Birmingham, que efectuó hace poco un estudio comparativo sobre los emigrantes nicas a punta de cartas privadas y relatos literarios de costumbre de los años cincuenta y sesenta.

Incluso por capítulos, en la obra de Aguirre, se advierten tales preocupaciones, que bien puede ser el índice de una tesis sociológica, girando alrededor de la narrativa centroamericana contemporánea: el discurso y el poder; el Estado-nación y la historia; la representación y la realidad; y el discurso estético de la violencia.

Todas las cosas parecen ser una construcción cultural. No sólo el género es construido, según repiten las feministas desactualizadas de nuestro país, sino también el sexo, como piensa Judith Butler, y es lo que hace que muchos seamos engañados, según ella, por los travestis y por las parodias que se hacen de cualquier sexo. Así, son construcciones culturales, unos intestinos que pueden ser afrocaribeños, el mal aliento de probable signo árabe, unos genomas nicas, unos riñones con enfoque de género o unos pulmones budistas, entre otros fenómenos biológicos que ya no escapan al exceso de la fórmula nietzscheana. Todos estamos dentro de la burbuja cultural. Nadie sabe qué hay afuera.

No sólo la imaginación, como sabe todo artista, es capaz de crear, sino el poder mismo, como sabe todo político (“el poder crea realidades”, dicen los poderosos de cualquier signo). Algunos sociólogos sólo han cruzado la primera con el segundo y han descubierto los imaginarios. Eso es lo que hoy hace de la Historia y la Sociedad (con mayúsculas), verdaderas novelas de finales abiertos y de las novelas reales, miles de historias sociales autopoiéticas.

Por primera vez las academias y sus miembros más prominentes, en nombre de no dejarse contaminar por la política vulgar y ordinaria, se encarga ella misma de hacerlo por la vía del terciopelo: Es la dictadura de los especialistas. Fernando Mires habla de las vacas sagradas en las Universidades alemanas y sus nubes de cortesanos en su texto “Miseria de la Sociología; Paul Feyerabend se burlaba de ellos en Inglaterra según cuenta en “Tratado contra el Método” y Ken Wilber en “Breve Historia de Todas las Cosas” describe cómo todos los postmodernos casi lo echan a patadas de las prestigiosas universidades estadounidenses por divulgar sus nuevos paradigmas integrativos y holísticos. Nelly Richards le llamó a esto “internacionalismo académico” y a las universidades, verdaderas agencias que posicionan sus temas financiables en la agenda pública. A veces, se advierte esta alianza cuando los especialistas son entrevistados en los grandes medios de comunicación.

Digo todo esto, porque creo que hay por parte de Aguirre un sobre uso de Seymour Menton, John Beverley y Werner Mackenbach, críticos literarios profesionales (norteamericanos y alemanes) que creo no escapan a ese “macondismo” que el propio Beverley le acuerda cierta pertinencia y que quiere reconducir como un “nuevo latinoamericanismo” en la crítica que le hace su propio discípulo, Mario Roberto Morales, novelista guatemalteco.

Estos críticos (simpatizantes de los procesos revolucionarios del área) ven a los escritores centroamericanos, probablemente por el artista fracasado que hay dentro de todo crítico, al decir de Joyce, como personajes que ellos saben qué piensan, en qué paradigma se inscriben, para dónde van y qué harán mañana. Estos expertos hablan por los novelistas, como estos hablan por sus personajes. Los ven como Jostein Gaarder debe mirar “El mundo de Sofía”. ¿Qué nos hace creer que unos hablan de personajes reales y los otros no?

Y aquí viene la gran pregunta de G. Spivak, que ha pasado ser una delicia no contestar y una embriaguez recorrerla por dentro: ¿Se puede hablar por los otros? ¿Pueden hablar los subalternos? En “Subversión…” hay alusión insistente de cómo fracasan muchos narradores por hablar de sus “personajes desilustrados”, como en una ocasión intentó hacerlo Erick Blandón (otro discípulo de Beverley), pero los reclamos se desarrollan dentro de los límites del creador de los personajes, ilustrados o no, el lenguaje. Tocar estos límites puede llevarnos no a la lucidez, sino a la no ceguera y eso es suficiente. Es como soñar que uno está soñando.

Otro tema recurrente de una parte de los ensayos de Aguirre, es el insoluble debate si el fin justifica los medios. El desencanto y la nueva novela histórica centroamericana (donde me parece que existen algunos casos forzados) regresa sobre sus pasos, no para cambiar de fines sino para descreer de ellos, y “retronombra” los sucesos, otra vez, llamando a las “recuperaciones”, robos; a los “ajusticiamientos”, crímenes; a las lealtades, “servilismos”; a los héroes, “imbéciles”; a las órdenes cumplidas, “violaciones del derecho”; a los dirigentes, “villanos”.

Para distinguirse de la derecha, a la que parecerían regresar con estos términos, estos autores se declaran escépticos y cínicos. Empiezan a descubrir que nada cambia tanto como el pasado. Y que todos los tiempos siempre han estado aquí, como fruto de proclamar la abolición de todos los fines, absorbidos hoy por todos los medios.

Con todo, este sesgo que tienen las valoraciones de la nueva novela histórica en Centroamérica a partir de las experiencias traumáticas de sus revoluciones o procesos insurgentes, puede sugerirnos que más bien se refiere a la novela de “izquierda” centroamericana asumiendo, sin decirlo, la existencia de una novela de “derecha” y otra del “exilio”, de las que Aguirre no habla.

Lo que a sociólogos como yo les falta, a Erick Aguirre le sobra, pero también lo contrario es cierto. Sus ensayos no alcanzan a cubrir plenamente las nuevas teorías históricas, sociológicas y epistemológicas que con facilidad, creo, podrían hacer autores más jóvenes como Carlos Midence, Leonel Delgado y Moisés Fuentes, menos comprometidos a respetar a escritores canónicos contra los que usualmente se dirigen estas teorías (como Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez, Gioconda Belli, para la literatura; Alejandro Serrano, Carlos Tünnermann, Orlando Núñez, para el pensamiento social) que por ser nosotros mismos sus herederos no nos atrevemos a desconstruir con la crueldad y sangre fría que lo harían de seguro estos jóvenes, alejados del afecto y cariño que les tenemos a nuestros maestros en el oficio. Ya experimentarán ellos con nosotros, cuando nos llegue el turno, algo parecido.

Sin ser crítico literario, puedo percibir el manejo diestro de una prosa reposada y profesional por parte de Aguirre, que produce una curvatura óptica que nos haría pensar que Erick parece ser mejor crítico y ensayista que propiamente novelista y poeta. Quizás sea preferencia puramente subjetiva de mi parte. Algún pedazo de Aguirre tengo que elegir.

Lo que existe a fin de cuentas es una cadena de lecturas, donde una de ellas domina a las demás y se distingue porque es la que consigue consenso sobre lo que son los “hechos”. Y todo comienza de nuevo. No hay, pues, interpretaciones, sólo interpretaciones de las interpretaciones, es decir, nada.

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