domingo, 15 de noviembre de 2009

El Credo Cero

El credo cero

—Por Freddy Quezada—

A mi amigo Fernando Vallejos Suárez y su web académica (http://espanol.geocities.com/justoferva/)

Como si me persiguiese una maldición gitana, probablemente lanzada por mis acreedores, y en la que tal como dice el Tao: “sólo se habla de paz donde hay guerra”, me veo obligado a hablar nuevamente de ética, el menos llamado a hacerlo, un sodomita en medio de un convento gobernado por una orden severa en sus votos de castidad y silencio.

“Las relaciones de mercado estimulan la honestidad como virtud”, dice Jerry Muller, en uno de esos sabrosos artículos que El Nuevo Diario le adquiere al Project Sindycate, y donde el profesor nos quiere hacer pasar su ingenuidad como sencillez, de seguro por la limpieza de su prosa; otro, Pedro Schwartz, más astuto, pero igual de cándido, nos afirma “la buena opinión de los demás es el motor de la sociedad mercantil”; un tercero, Harold Acton, autor del libro neoclásico “La moral del mercado”, más parecido a San Francisco de Asís, a quien por lo demás odia ver en sus enemigos, nos dice “para mí la grandeza de la sociedad abierta está en que nos impulsa a contentar a los demás en vez de reclamar lo que creemos se nos debe”.

Todos unos santos estos teóricos. Me los imagino con sus hábitos de monjitas neoliberales, como antes hacían con estos temas los frailes marxistas, cuchicheando entre sí la mejor forma de levantarse las faldas para sorprendernos con lo que cargan debajo. Y el hermoso, largo y peludo secreto lo enseñó hace rato el maestro de estas novicias “carmelitas”, Friedrich Hayek: “Las únicas reglas morales --decía este “jayán”-- son las que llevan al “cálculo de vidas”: la propiedad y el contrato”.

Lógica igual en ambos lados, pero de signo contrario a la del otro alemán, que creía que las únicas reglas morales eran establecer la propiedad socialista y el único contrato social legítimo el de imponer una dictadura de bribones.

Curiosa esta ética de marras en la cultura moderna practicada por sus gemelos enemigos. Y no voy a salirles ahora que la verdad está en medio de estos dos asesinos alemanes, o equidistante, chiste de clase media expresado con una seriedad que sólo puede ser recibida, para reírse, con esos grititos de quinceañeras norteamericanas y esos brinquitos de gay enterado de la soltería de un negro hermoso presentado en la fiesta del día anterior.

El mercado, como el poder, no tiene moral, porque no la pide ni la necesita. Y si alguien desde afuera le impone una ética, pues sería como ponerle nombre a un pez que nos vería indiferente y frío desde su pecera, agitando sus branquias sin significado alguno.

La moral fue separada del poder (desde que dejó de serle útil en la subordinación de los actores sociales) primero; y del mercado (desde que dejó de ser un obstáculo para el comercio y los negocios) después, por la modernidad. Pero siempre quedó un pequeño malestar “moral” (sentir pesar por el dolor de los seres que nos rodean) y “metafísico” (pesar por seres que jamás conoceremos pero que sabemos que sufren) como los definía Kierkegaard.

Ser postmoderno, ahora, --según Zygmunt Bauman-- no es más que eliminar ese complejo de culpa de la separación entre la ética y el poder. Sólo para crearlo de nuevo, juntando esta vez el placer --como dice Slavov Zizek-- con el deber.

¡Qué bien se está entre estos polacos arrepentidos!

El debilitamiento de la moral por el mercado y el poder, es lo que llevó al nihilismo de nuestra era. No tiene derecho a quejarse esta cultura de sus propias consecuencias. No creer en nada es sólo el precio que le pagamos a nuestra madre. ¿En qué creen los que no creen? Es una pregunta, que se la hizo una vez Umberto Eco, y que nos sitúa en los límites del pensamiento y el lenguaje descubriéndonos sus trucos, trampas y astucias. Trabados con estas paradojas, a diferencia de las certezas que los hacen moverse como la ilusión que nos produce el movimiento en el cine, ya no pueden hablar ni el pensamiento ni el lenguaje. Por eso la respuesta es el credo cero. No creer en nada ni en nadie, menos en los discursos de nuestros autores favoritos.

Krishnamurti que siempre combatió la memoria, el pasado y el dualismo epistemológico, soñó con un proyecto educativo muy parecido a una transnacional, que de hecho existe, para que lo inmortalizara; Wittgenstein, que destruyó dos veces las bases de la filosofía moderna, con su filosofía analítica paradójica primero y sus juegos de lenguaje después, se preocupó por solucionar cosas que no valían la pena y que sabía insolubles; Feyerabend, que despedazó la inocencia de la ciencia sobre sí misma y cultivó la sospecha sobre todo tipo de investigaciones académicas al amparo del poder, vivió siempre de las universidades de las que se reía y Cioran, que decía odiar todo, en primer lugar a sí mismo, no fue más que un enamorado pendejo de la música clásica europea, como yo ahora lo soy de la Chica de Ipanema.

Todo se parece a aquel soldado de M.A.S.H, la serie televisiva anti-bélica de los setentas que, para adquirir su baja del ejército norteamericano, se disfrazaba a diario de mujer sin obtenerla nunca, tal vez por seguir manteniendo su masculinidad intacta, advertibles en aquellas piernas peludas que se le dibujaban en un divertido arco fuera de su falda verde olivo. ¿Qué le vamos a hacer? Vivir es traicionarnos todos los días.

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