domingo, 15 de noviembre de 2009

El Estado-Nación ¿Sirve o no todavía?

EL ESTADO -- NACIÓN ¿SIRVE O NO?

Por Freddy Quezada

Un ciudadano nica que viene de Costa Rica, sabe que está en Nicaragua por varios detalles: el clima, el acento, el olor de la comida, la higiene, los pregones, la gente reunida en una esquina; pero no incluye en su canasta lo que algunos autores han llamado la “comunidad imaginada” o las “tradiciones inventadas”, es decir, la idea de que Nicaragua sea un invento, con un “efecto de verdad”, “una estructura de sentimiento” y un poder de imaginario, capaces de fijarnos la idea real de pertenecer a un Estado.

El Estado-nación reclama nuevas salidas o reconfiguraciones y los espacios (locus) donde fueron construidos están, al parecer, determinando su destino. En Europa, el país que inventó el Estado nación como lo conocemos, Francia, está presentando resistencias, con su población casi dividida, ante las nuevas modalidades federativas, regionales y unitarias (UE) que tratan de subalternizarlo. Pero es en América Latina, con Bolivia, donde el caso más dramático está desplegándose. Bolivia, unos de los Estados nacionales menos sólidos del área, amenaza con desintegrarse. Mientras el francés reacciona a la defensiva, éste otro al parecer se ahoga, en una ofensiva de la globalización que amerita para el caso centroamericano algunas reflexiones.

1. El Estado Nación en Centroamérica nace tarde y mal. Los procesos centroamericanos nacen bajo dos rasgos que los distinguen del Caribe, de Norteamérica y Sudamérica: no tuvo libertadores (como Washington, Hidalgo, Louverture, Martí, Bolívar, Sucre, O’Higgins, etc), sino notables criollos (cultos e ilustrados) que pacíficamente se independizaron de la metrópoli y, nacieron como una sola patria, teniendo que decidir después si aliarse o no a países más grandes, como México, o subdividirse en las provincias que le dieron origen. Nacimos con la experiencia de unidad y, al contrario de la mayoría de nuestras hermanas latinoamericanas, no empezamos a buscarla a raíz de la independencia. La sangre que no pagamos al inicio, nos la cobraríamos con creces, con nuestras guerras “nacionales”, posteriormente.

2. Se sabe que existen, desde los imperios, varias naciones dentro de un Estado (Roma, Inglaterra, España) o que hay naciones sin Estado (como judíos, gitanos, palestinos) y Estados sin atender naciones (como el “patriotismo constitucional” de Habermas que quiere desentenderse de territorios, sangre y valores). El sentimiento de identidad nacional que nace en América Central es muy débil. Las narrativas epopéyicas, simbólicas y literarias (históricas y culturales), las “comunidades imaginadas”, en definitiva construidas por los grupos de poder, apenas abarcan a élites ilustradas muy pequeñas que no responden, cubren, ni representan, partiendo de la concepción clásica del Estado-Nación, a la mayor parte de la población, aún indígena y afrocaribeña, mayoritariamente agraria y analfabeta. El territorio nada tenía que ver con los Estados, como en el caso clásico jacobino que los hizo coincidir, engendrando su fragilidad, caracterizados por una identidad disgregada.

3. La Centroamérica inicial va desde Chiapas hasta Costa Rica. Panamá no existe y Belice aún es una colonia británica. A ello le debemos quizás esa descentroamericanización que sufrió Panamá y la etnización de Belice. La mayor parte de la Costa Caribe centroamericana, desde Belice misma hasta Costa Rica, comprende a una población no autóctona (afrocaribeña) con características distintas a las criollas, mestizas e indígenas de todos los países centroamericanos en mezclas y dominios desiguales. Los extremos serán Guatemala (indígena) y Costa Rica (caucásica). Este país ganará en los últimos tiempos, por varias razones que no vienen al caso presentar, una condición de “excepcionalidad” que la mantendrá distinguida entre las demás, pero que, en los términos de Boris Groys, pertenecerá a la colección no por su “novedad” sino por su “diferencia”.

4. Andrés Pérez Baltodano, el último de los investigadores que ha llegado con nuevos ideas sobre nuestro Estado, nos dice que: a) Somos un Estado conquistador fruto de la Colonia (arrastramos tradiciones y presencia de actores premodernos; b) poseemos una serie de características: “baja capacidad de regulación social, la fragmentación social y territorial de su base espacial, su alta dependencia externa, y un gran nivel de autonomía con relación a la sociedad” y c) estamos dominados por el pragmatismo-resignado, que le llega del providencialismo, expresable en “una visión de la historia como un proceso gobernado por Dios en corcondancia en sus planes y propósitos.” Pérez Baltodano recomienda, para superar “nuestras carencias” (idea muy rebatida por autores postcoloniales indios que señalan este punto de partida como la bisagra que une a colonizadores y colonizados) un Estado de Derecho basado en la racionalidad legal-formal y en la racionalidad moderna de la separación de esferas de la vida social (entre el arte, la política y las ciencias). Estas ideas lo acercan mucho a autores nicaragüenses como Alejandro Serrano Caldera, Carlos Tünnerman, Alberto Saborío y otros, que no son más que modernidades que solicitan otra oportunidad más. El problema de estas medicinas es que nos recomiendan la misma dirección que perseguimos desde que somos repúblicas y nos tiene precisamente buscándola otra vez. Pero es lamentable también constatar que el moderno – el perseguidor y por el que somos lo que somos-, está ahora en crisis y derrumbado. El del “desarrollo”, igualmente cansados de buscarlo y por el que estamos como estamos, está ahora devaluado y aborrecido hasta por sus propios creadores. El Derecho recomendado, por lo demás, es el que ya existe volviendo a recubrir la diferencia entre el derecho formal y el real. En fin, el Estado-nación que recomienda el Dr. Pérez Baltodano es el mismo que los europeo tratan de superar con sus federaciones y regionalismos o por las nuevas modalidades unionistas que están importando ahora (CAFTA, cumbre andina, etc) haciéndonos saltar la cuerda nuevamente. ¡Llegan tarde los refuerzos, caballeros !!

5. El Estado moderno clásico es un aparato que necesita tres pilares básicos para representar, no importa bajo qué forma política (monárquica, dictatorial, democrática, bonapartista, populista, fascista, soviética, etc.) a sus habitantes como se espera: a) una alta tasa de alfabetización (creer y saber) que se cultiva en lealtades a un estado laico (cuya “religión” es la ciencia) que se inventa o dramatiza tradiciones y se imagina a través de ritualidades narrativas epopéyicas y simbólicas, en las escuelas y en los canales formales e institucionales de un Estado invitando constantemente a respetar una constitución escrita; b) un ejército indivisible y estable que vigile la nación (mandar y obedecer) ante los enemigos externos e internos, que no se vea dividido y cuestionado constantemente por insubordinaciones, guerras civiles y aventuras políticas; y c) una industrialización basada en petróleo barato (producir y crear bienes) que reúna una masa de trabajadores disciplinados que junto a otros sectores urbanos constituirán demandas de consumo que después los diferenciará más y más. Al comparar, América Central sale perdiendo en casi todos los terrenos. Porque su alfabetismo, a excepción de Costa Rica, es más bien bajo; sus ejércitos, expuestos constantemente a divisiones por rebeliones, insurrecciones, golpes de estado o dictaduras y, la industrialización, una quimera recurrente siempre en los distintos modelos de desarrollo modernos.

6. La nación, en cambio, está más vinculada a otros aspectos que complementan y otras veces se enfrenta al Estado: a) el territorio (los límites) puramente físico y espacial (recursos, nacimientos– de aquí el término nación como señala Agamben-- y fugas como las migraciones, plataformas marinas y submarinas, espacios aéreos, delimitaciones con los otros países, etc); b) los diferentes grupos culturales (con el peso que tienen y reclaman) que habitan el territorio (la diferencia) y que se imponen por la fuerza, convicción, resignación, inercia, seducción, amenazas y promesas, sus respectivos imaginarios unos a otros, y c) la cultura nacional (identidad) cuya cobertura y credibilidad es clave para determinar la solidez de los procesos identitarios y debe cruzar de arriba abajo gran parte de los sectores élites (cultura escrita y refinada que en los Estados clásicos es la dominante), populares (cultura oral y mágica de preferencia agraria y suburbana) y de masas (cultura audiovisual que es la dominante hoy ), para posicionar los imaginarios nacionales. En este último ámbito los medios de comunicación han logrado descolocar y minar los fundamentos nacionales pasando por encima del paradigma de una cultura propia imaginada con todos sus habitantes alfabetizados, orgullosos de su pasado histórico y artístico, con un ejército oculto y en vigilancia, y un desarrollo económico boyante. Los medios de comunicación han llevado al seno de todos los Estados Nacionales, dos procesos contradictorios y complementarios a la vez: la globalización y la fragmentación socio cultural. Un inmensa publicidad gulliveriana que hace avanzar un pensamiento único y un conjunto de redes y tribus liliputienses que circulan todo el cuerpo mundial tratando de hacerlo caer.

7. A propósito de esto, es curioso que en América Central hayan empalmado los medios de comunicación como la radio, la televisión y el cine, que sustituyeron en nuestros países el papel de los libros, imprenta, escolaridades y periódicos, en la configuración de las identidades nacionales que cubrían sobre todo a sectores que no podían leer o la hacían con dificultad. Escuchando radio, viendo cine en los pueblos, y mucho después con la televisión, es como las “masas” semianalfabetas aprendieron los signos identitarios (habla, vestuario, dicción, valores, etc.) que le llegaban de los centros urbanos. Este papel lo continuaron y potenciaron todavía más en la época actual a cuyos regímenes mediáticos pertenecemos todos. Así, los medios a través de los cuales los sectores desilustrados adquirieron contacto con la construcción de sus identidades nacionales, son los mismos, pero mucho más potentes hoy, con los que la “consolidan” bajo sus lógicas extremas universales y locales.

8. El neoliberalismo emprendió, bajo su propio régimen, un proyecto que antes estuvo en manos de sus enemigos, desde marxistas radicales hasta morazanistas moderados: la abolición de las fronteras nacionales en Centroamérica para constituir una sola Gran Patria. Ironías de la historia: la gran promesa marxista de derribar las barreras de los estados nacionales para destrabar el desarrollo de las fuerzas productivas mundiales, terminó cumpliéndola su mayor enemigo. El centro (Estado) al entrar en crisis, ha precipitado el enfrentamiento de los extremos (regionalización vs. fragmentación).

9. Si un Estado nacional, por pequeño y débil que sea, ya no puede ejercer su soberanía (como exactamente ocurre hoy) sobre áreas tan sensibles como el presupuesto nacional, las políticas económicas, monetarias, financieras, cambiarias, mediáticas, tecnológicas y hasta de servicios públicos, entonces es que algo no funciona como antes en ese aparato. Del mismo modo, si hay la facilidad de pervertir la separación de poderes por medio de su reconcentración en uno de ellos (como lo hizo ver Maurice Joly en su célebre obra “Diálogo de Maquiavelo y Montesquieu en el infierno”) es que algo no sirve. Y no hablamos de eso como si fuera bueno o malo, sino de la relación política, jurídica, representacional y de credibilidad que cambia en el presente entre todos los actores y que es de recibo preguntarse si avanzar o no en esas nuevas direcciones y oficializar algo que ya es un hecho. Y si ha llegado la hora de revisar otras alternativas de hacerse representar ante autoridades electas desde territorios específicos cuyas legitimidades no provengan, al menos con la misma importancia de antes, de los Estados nacionales.

10. Y llegamos al meollo del asunto. Considero, que toda solución contemporánea de problemas siempre modernos de los países postcoloniales como Nicaragua, pasa por zanjar de una buena vez la discusión sobre el Estado-nación. Si se dice que el Estado nación ya es parte del problema y de ninguna manera de las soluciones, pues, esta corriente discute ya las nuevas formas de relacionarnos socialmente y los nuevos modos de representarnos (internacional, local y virtualmente). Su preocupación es cómo terminar de barrer los escombros de los Estados Nacionales cuya soberanía y autodeterminación ya fue superada por la presencia y concurso de fuerzas de la globalización, por encima, por debajo y por dentro de las fronteras nacionales. Bien se dice que los Estados Nacionales son muy pequeños para resolver grandes problemas (migración, terrorismo, medioambiente, deuda externa, epidemias, narcotráfico, crisis energética y piratería), demasiado grandes para resolver los pequeños (salud, educación, vivienda, empleo, infraestructura, letrinificación, etc.) y agotados por dentro (representatividad en crisis, abstencionismo, delegativismo, corrupción, secretismo, partidocracia, pactos, democracias travestis, prebendarismos, etc). Es decir, para proponer salidas socioeconómicas nacionales, antes se debe estar claro si el Estado-Nación sirve o no para algo.

11. Si, por otro lado, creemos que los Estados nacionales aún son posibles de ser reformados, pues, en esta corriente se situarán aquellos autores que se preocuparán por cambiar aspectos sustantivos del sistema (planes de desarrollo nacionales, reestructuración de los poderes, respeto a los Estatutos de Autonomías, estrategias para cooperar con dignidad ante la regionalización, modalidades de participación ciudadana, descentralización sana, reequilibrios democráticos incluyentes, reformas dentro del Estado de Derecho, unidad en la diversidad, pactos antiimperialistas y antiintervencionistas, pactos nacionales, etc). Incluso se pueden establecer entre ellos juegos y rivalidades que respetan ciertas normas, pero que prohíben romper las reglas más profundas del Estado nacional. Algo así como restaurar una escultura antigua.

12. Si no se pudiera efectuar esta última opción, recomiendo que los dialogantes, en especial los más intransigentes, dividan al país en tres partes: una, que comprendería toda la faja del Pacífico a la que podrían llamar "NICA", a cargo de las organizaciones afines al gobierno; otra, que comprendería la parte Norte y Central que podrían llamar "RA", a cargo de las organizaciones de la sociedad civil que podrían transformarlas en las siglas de “Repúblicas Autónomas” y, por último, todo el Atlántico, en "AGUAS", a cargo de las organizaciones costeñas y el FSLN. Así, cada quien, en sus respectivos países, se las verá como pueda y se enzarzarán en sus propias discusiones soberanas. Sólo los 30 de mayo de cada año, día de la Madre, y rotando las efemérides entre las fronteras de Managua, Sébaco y Puerto Cabezas, las nuevas capitales, se juntarán todos para recordar que alguna vez existió un país, como la antigua Checoslovaquia en la que se repartieron hasta el nombre, llamado NICARAGUA.

13. Viendo este carnaval de diferencias, a mí, por favor, me dejan las isletas de Granada como mi próxima patria

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