viernes, 13 de noviembre de 2009

En busca del Centro

LA OBSESION POR UN CENTRO

Por Freddy Quezada

Los humanos, seres sorprendentes, hacemos desde las cosas más graves hasta las más insignificantes, frágiles, ridículas y extrañas el centro de nuestras vidas, profesiones, hazañas y tragedias. A ello le debemos mucho de los avances y retrocesos de las distintas culturas que componen ese invento francés llamado, con una mayúscula tonta para enmascarar su divinización, “Humanidad”.

Se sabe, por ejemplo, que un par de estúpidos huesecillos pueden ser la obsesión de un arqueólogo; la interpretación de un verso aflautado, puede poner en peligro la cordura de un traductor de poesías; el comportamiento de unos gusanos asquerosos, puede privar de sueño a algunos entomólogos; una docena de axiomas “indecidibles” ya han significado el suicidio de ciertos matemáticos; el descubrimiento de la partícula más pequeña de la materia, la nada, está llevando a muchos físicos cuánticos a convertirse al budismo para recentrar sus vidas; la defensa de “tribus” en extinción, puede llevar al sacrificio a muchos antropólogos; la protección de ciertas especies animales, cuerpos de agua y bosques, viejos y sucios, pueden llevar a muchos muchachas/os, a crímenes contra los seres humanos que consideran responsable de la tragedia; la lectura de todos los males de la Humanidad por parte de un género, malvado y bruto, puede llevar a muchas mujeres a repetir lo que detestan; la búsqueda de otra idea atea, simple y atractiva, como la marxista, puede recompensar toda la fatiga intelectual de miles de desencantados/as que han entregado sus energías en esta última década del siglo XX para reencontrar el paradigma perdido.

No deja de ser igual el comportamiento entre los simples de espíritu: hacer dinero, fumar, beber, encontrar un empleo o no, por ejemplo, pueden ser el centro de las angustias más tormentosas de millones de personas; una suma pequeña de dinero representa todo el sentido de otros millones más; el sencillo acto de comer, puede encerrar toda la luz que necesita una persona para felicitarse de vivir; descargar todas las “ansias de creer” en una persona viva, puede desencadenar las consecuencias de quien ha dejado a cargo de “otro/a” todo el sentido de su vida: la locura o la felicidad, entonces, se encuentran tan cerca que ya no se las distingue más que por el estampido, en una noche cualquiera, de un simple disparo en la sien.

He querido decir, con todas estas ilustraciones que, al menos los occidentales, siempre centramos nuestras narraciones. Basta un fundamento, uno solo, cualquiera que sea, grande o pequeño, grave o ligero, para justificar todo lo que hacemos y decimos, para nosotros mismos, y para los demás. Vivir es narrar. Relatos, como conjunto de reglas, que siempre desembocan en reconciliaciones de la especie, en finales felices. Según esta idea, siempre viajamos hacia la luz pero, también, siempre “alguien” o “algo” nos está deteniendo. Cuando ayunamos de centros en la narración, decimos que vivimos gratuitamente, en desarreglo, y hacemos de vivir un arte. Sartre decía que para que un evento se convirtiera en suceso era necesario y suficiente contarlo. Los post-estructuralistas, sus grandes enemigos, le agregarían, después, que tales sucesos siempre se inscriben en familias de proposiciones, regímenes de frases y en géneros de discursos. El sentido, entonces, aparecerá como un nuevo centro. Entonces, se dice que la única libertad que siempre hemos tenido es la de elegir un Centro que construimos para perdernos en él y sufrir el dolor de haber sacrificado a los demás, que ya no conoceremos. La libertad, entonces, coincide con el arte por la arbitrariedad de su construcción.

Centrar una narración significa al menos dos cosas:

1) Hagamos lo que hagamos, a favor o en contra, siempre validamos un centro. Es el viejo principio circular de las religiones con sus dioses. Si aceptamos bueno, si no, también. Si los criticamos es saludable, porque los fortalecemos y les damos la oportunidad de justificarse para salvarnos y, si no, también es correcto, porque los desarrollamos y acordamos obedecerles. Dentro de este esquema, el ateo es necesario para justificar la existencia de Dios. “Oponernos a El es continuarlo”. Regalar una cerveza no ayuda a superar al alcohólico pero tampoco negársela. Freud, hace tiempo, dijo lo mismo con respecto a la cultura y la agresividad. Con una lógica parecida, Jürgen Habermas (y antes Hegel) defiende hoy a la Modernidad frente a sus críticos, en especial los postmodernos. Así hacemos todos con nuestros centros más profundos. Es necesario para nuestro equilibrio psíquico, sin duda, pero también es una astucia del sistema y la cultura. Si no podemos hacer nada contra él, lo critiquemos o no, lo declaramos, en consecuencia, eterno. No es contradictorio que Habermas, sin darse cuenta, entonces, coincida con Fukuyama al decretar el fin de la historia en su versión “modernidad para siempre”.

2) Hay centros de centros que, ordenados de mayor a menor, representan el sentido para las personas, verdaderas máquinas de encadenarlos unos con otros. Esta lógica, de hecho, es la que todos tenemos, pero cuando se rompe uno de los eslabones, sobre todo los primeros, el mundo se hunde. Preparan las crisis que invitan a la constitución de otros centros, o el regreso salvífico a los mismos. Asistimos, sin saberlo, a la emergencia de nuevos centros horizontales que son los mismos en otra escala. Nace lo que conocemos como recentramientos o refundaciones de nuevos órdenes. Sólo mucho después, en algún punto de la rotación del plato, descubrimos la asombrosa similitud con los otros círculos.

Es hora de decir, que otro modo de enfrentar la obsesión por un centro es descentrando nuestras narraciones, fragmentándolas, perdiéndolas, odiándolas, centrándolas otra vez, huyéndolas, repartiéndonos en todas, vagabundeando sólo en algunas. Iniciarlas desde cualquier punto que, al fin y la cabo todas son iguales, para jugar a las escondidas con uno mismo y poder decirnos: no hay malditos centros, ni siquiera descentramientos como centros. Sólo un intenso deseo de burlarme del dolor, como hace la Managua sin centro con sus habitantes, al sacarles su lengua de Avenida Bolívar, para olvidar y que me olviden.

Managua, Agosto de 1997

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