viernes, 13 de noviembre de 2009

El poder de las imágenes

LA CRISIS DE LOS PARADIGMAS SOCIALES Y

EL PODER DE LA IMÁGENES

Por Freddy Quezada

Para probar mi idea sobre la imagen y el poder, le pregunté a una de las mejores sociólogas rurales de Nicaragua que, por favor, me describiera a un vaquero. Sin preguntarme si me refería a uno nica, esperable de una investigadora agraria, procedió rápidamente a describirlo y dijo que eran hombres con jeans y a caballo, deteniéndose por un instante, antes de pasar a decir que fumaban, para mirarme fijamente, porque ambos comprendimos que hablaba del vaquero de los cigarrillos de Marlboro.

En otra ocasión, en un restaurante, cierta vez, Aurora (mi compañera) y yo, vimos entrar a varias personas de ojos rasgados. Le dije que los japoneses siempre caminaban en grupos, y a estos turistas en particular, sólo les faltaba la cámara al cuello. Ella, casi al mismo tiempo, me dijo que desde las Zonas Francas de Nicaragua nos estaban invadiendo los taiwaneses. Ambos nos miramos sorprendidos y nos preguntamos al unísono ¿cómo sabés de dónde son? Supusimos algo y, a partir de ello, juzgamos y hablamos en su nombre. Así sucede cuando usando una imagen, que no sabemos de donde proviene, activamos los juicios y las acciones que se le derivan para enfrentarlo. Sólo bastaba levantarse y preguntarles a los visitantes amablemente de dónde eran para romper apenas una de las capas más superficiales de un problema profundo que tiene que ver con la identidad, la imagen, la memoria y el poder.

Los paradigmas en las ciencias sociales hasta ahora venían siendo regidos por la imprenta. El mundo era un libro, una biblioteca, como decía Borges o un texto como creía Barthes. Y producía, aún produce en muchos de nosotros, placer interpretar y descifrarlo para dominarlo y controlarlo en función del bien de la Humanidad, de alguna clase socioeconómica o movimiento social en particular. El sentido inscrito en las narraciones escritas tendían, o tienden todavía, a ser muy reflexivos, alambicados y muchas veces francamente ininteligibles. Pero, a pesar de todo, uno sabía advertir paradigmas rivales que terminaban por reducirse a dos o tres opciones. Todos eran militantes y chocaban entre sí.

La imagen, por el contrario, nos ha hecho creer que la narración es más inmediata y nos acerca definitivamente a la realidad desde todos los ángulos opuestos, complementarios y concurrentes, como la perspectiva de los personajes de las primeras novelas de Milán Kundera o esos chistes inesperados e imaginativos propios del cine norteamericano que ocupa García Márquez en sus mejores novelas. El truco (trabajoso por cierto con los aparatos tecnológicos de punta aplicados a la televisión y al cine) consiste en hacer que la realidad se parezca a la imagen y que todo gire y sea contaminado por su formato, como los autores que acabamos de mencionar que ya fueron leídos como si estuviésemos viendo sus novelas en el cine. De hecho, buena parte de ellas las llevaron a la pantalla grande. Pero no es lo mismo ese Tomás y Teresa (Daniel Day Lewis y Juliette Binoche) de “La Insoportable Levedad del ser” y ese Coronel y su esposa (Fernando Luján y Marisa Paredes). Hay algo en esas películas que los directores no captaron y es que ya eran películas antes de serlo. Así, el mundo hoy, pues, es una inmensa pantalla cuyo menú podemos cambiar a voluntad y solicitud. Pero guarda el sentido de otro modo, más veloz, más simple y más espectacular; más quebrado y recombinable también. Los directores de cine por ejemplo rivalizan entre ellos por distinguirse como el “mejor contador de historias”.

LAS TESIS QUE QUIERO DECIR

· a) El modo de presentar los nuevos criterio de verdad pasan por la imagen que tiene el poder de condicionar todos los demás medios e imponerles su formato y sus procedimientos. Pero lo mismo han hecho los anteriores. Si partimos del principio sencillo que la realidad es irrepetible, lo que hace la memoria a través de los medios orales, escritos o audiovisuales (recursos de los poderosos) no es más que agregarle la ilusión de un movimiento que se reproduce desde ella misma. Así, siempre estamos bajo la ilusión que nos anticipamos a una cosa antes de hacerla cuando en realidad la vamos a repetir.

· b) Los paradigmas sociales en particular, pero en general científicos, usaron y aún privilegian la escritura (junto a su forma más abstracta, el cálculo) y el experimento, pero cada vez lo combinan más con la imagen y el simulacro virtual (el mismo procedimiento para crear dinosaurios en la pantalla es el que se usa para aprender a manejar aviones).

· c) hay retroalimentaciones casi siempre en beneficio de la iconografía, aunque débilmente, a veces, se recupera un medio a través del otro, el caso de “Harry Potter” y el “Señor de los Anillos” es elocuente en el sentido que ha logrado llamar la atención sobre la lectura entre los niños y los adolescentes. Pero es sólo el viaje de vuelta del que emprendieron los García Márquez y Kunderas. Es un efecto no deseado que produjo el mercado. Los defensores de la escritura pueden convertir esta necesidad en una virtud.

· d) la realidad busca parecerse a su reflejo; somos la sombra en la caverna platónica cuyo cielo es la imagen. ¿Quiénes somos? por eso, pasa a ser clave que, en Latinoamérica, siempre lo ha sido. La eternidad, por esta vez, coincide con la urgencia.

· e) la iconografía puede ser engañosa. Se necesitan aparatos, selección de ángulos, guionista, director, actores, narración (sigue siendo fundamental, según todos los grandes directores de cine, “contar una buena historia”) y público. Lo único que ofrece como participación esta modalidad (dentro de la filosofía de la libertad del consumidor) es cerrar los ojos o cambiar de canal. El público no puede cambiar un guión y a nadie le preguntan si vota por ampliar o restringir financiamiento para proyectos de películas.

· f) los sociólogos del mañana se parecerán mucho a los críticos de cine, los nuevos amos del conocimiento, que determinarán que será lo bueno y lo malo para el público no sólo en términos de películas (para ello tendrán que ser versátiles, multidisciplinarios y enciclopédicos) sino en la forma que tenemos que ver a los demás y a nosotros mismos.

· g) la construcción de las imágenes nos vienen de la cultura que no es más que memoria colectiva en el cual no es ajeno un poder formativo de esos imaginarios que hoy están claramente ubicados en el universo iconográfico.

· h) la construcción o destrucción de imaginarios son las nuevas luchas políticas de hoy que libran los publicistas e ingenieros de imágenes (editores, guionistas, dueños de cadenas mediáticas, asesores de imagen de gobiernos, relacionistas públicos de los ejércitos, áreas de prensa de diplomacias, etc.) porque las imágenes son campos de batalla en manos de los políticos. El caso más claro es Osama Bin Laden que, de paso, ha desaparecido por el momento de las pantallas por los mismos que lo hicieron aparecer. Fue el hombre del año pasado sin necesidad que lo nombraran los medios de EEUU o que trataran de salir de su propia trampa eligiendo a un bomberito newyorkino del que nadie se acuerda y que sólo conocen donde fía.

· i) los nuevos paradigmas sociales como el postcolonialismo y el postoccidentalismo ya están brindando su lugar a estos enfoques de donde han derivado esas imágenes que nosotros mismos nos creemos (y donde ha participado el poder) en las cuales los latinoamericanos somos alegres, perezosos, copiones, literarios, aventureros, machistas y charlatanes.

Deleuze tiene un par de tratados sobre todo este asunto donde sospecha las tendencias postmodernas de la imagen a través del cine La imagen no es más que las narraciones de las viejas identidades fijas (fotográficas) bajo la ilusión de movimiento que provocan las cámaras y la velocidad que sufren sus transmisiones. Pero no es más que eso.

Donde de verdad radica la relación más interesante es en la memoria y el poder, los otros dos términos de la ecuación que debemos tratar de vincular con los paradigmas sociológicos. La memoria es la unidad más pequeña del sistema con que nos dota la cultura. Son como los chips que todos llevamos dentro. De aquí es donde proviene el cardumen de imágenes que activamos cada vez que necesitamos enfrentar lo inédito que sucede todos los días frente a nosotros. Desde ahí se programan casi todas las cosas que veremos en el futuro. Es decir, veremos lo que ya hemos visto. O lo que otros u otras nos han dicho que veremos. La memoria es el vehículo del poder por excelencia. La memoria es la fuente de los imaginarios y la construcción de las identidades. Desde aquí y por diferentes modos de narrar (oral, escrito o audiovisual) nos imponen, e imponemos a la vez, las maneras en que debemos ver el mundo. No nos referimos a la vieja concepción de los estereotipos que son daguerrotipos fijos y mecánicos, sino a las imágenes móviles y recombinables que sobre esos estereotipos se ocupan para mantener el poder de un sistema basado sobre los media, la democracia y el mercado.

“Mentes brillantes”, por ejemplo, es una suerte de telenovela venezolana con ecuaciones no lineales en las ventanas. Es la vida que le hubiera gustado al director Ron Howard que fuera la existencia real del profesor John Nash, en verdad un científico autoritario y de segundo grado que acostumbraba salir de los baños públicos gritando por hombres para satisfacer sus apetitos sexuales, imagen bastante usual también en algunas de nuestras universidades.

Ron Howard, el amigo rubio y tonto de “Funzie” del popular programa de televisión “Happy Days”, tiene el poder de contar (al fin y al cabo sigue ejerciendo la misma función que los hechiceros, viejos sacerdotes y antiguos científicos) y narrar una vida como cierta y encantar con sus historias. ¿Qué importa si es verdad o mentira, si todo el cine es una gigantesca fantasía al que le agradecemos las veces que nos sabe engañar y a la que le llamamos “excelente” cuando lo consigue? El colmo es que pagamos para que lo haga.

Los directores de cine moderno no son más que los viejos jefes indios sentados contando historias a los niños sin olvidar que la lógica narrativa desde los medios de masas no son inocentes para nada. Y, como ellos, son los que deciden hoy a qué temer y a qué adorar, como antes los sacerdotes, los guerreros, los políticos y los científicos. No es estereotipo vulgar y muerto sino el poder de la imagen viva, cotidiana y operativa que nos es impuesta (en virtud de un mecanismo que provoca la ilusión del movimiento) para abrazarla, adorarla y devolverla llena de historias que la alimentarán más y más. Por eso, John Nash será para la posteridad el que nos presenta Howard y no el “real” que al fin y al cabo a nadie le interesarán sus mariconadas.

Mientras la otra imagen, la que de verdad interesa, la imagen del poder, permanecerá siempre oculta, en penumbra, sin rostro, porque no tiene. Es el lado oculto de nosotros. Si alguien me pidiera definir al ser humano como es, no como debiera ser, diría que es “deseo + poder”. Una cosa que descubrió Buda y la otra que descubrió Nietzsche.

Hoy casi todos y todas nos queremos parecer a los héroes/antihéroes o heroínas de las buenas películas o de las malas (que más da para los hijos de la imprenta que somos los intelectuales de viejo tipo). De hecho, no hay circunstancia en la que nos movamos que no deseemos que se parezcan a las películas. Un saludo desde un auto a la chica pretendida con sonrisa de Tom Cruise; un guiño coqueto con unos ojazos azules desde unas pestañas de Nicole Kidman; un chiste simpatiquísimo, a lo Bruce Willis, en una mesita a media luz o un grito de triunfo, a lo Leonardo Di Caprio, después de dar el primer beso al chico o la chica de nuestros sueños, de ser el dueño del mundo, pronunciando, después, nuestro nombre a la persona de nuestro agrado con el acentito de “Bond, James Bond”; unas palabrotas de mujer independiente como las de las actrices de Sex and the City, o un cruce de piernas espectacular ¿adivinen? a lo Sharon Stone o esas despedidas de Jennifer López que, al girar, concita las miradas sincronizadas, como una maniobra de gala militar, de todos lo hombres (y de algunas mujeres) al sitio donde la espalda pierde su nombre.

Frente al público, término que compite seriamente con el de sociedad civil, sustituyendo al viejo de sociedad de clases o de nación, nos sentiremos al dirigirnos a él, como en una limosina de ocho puertas dejando ver una pierna al bajar o una sonrisa rutilante de guapo, con corbatín de gala, agitando una mano desnucada en todas las direcciones.

¿No era yo, por ventura, quien una vez quiso morir tocando una triste melodía con una armónica de bolsillo alrededor de una fogata, como Audie Murphy, ese vaquero flaquito del que ya nadie se acuerda, actor de tercera fila, que inspiraba lástima y ternura?

Muchas Gracias

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