viernes, 13 de noviembre de 2009

La Identidad de los Nicas

LA IDENTIDAD DE LOS NICAS

Por Freddy Quezada

En un Congreso sobre "Gobernabilidad Democrática", efectuado recientemente en el Olof Palme, y a cuyas ponencias asistí como invitado, me llamaron profundamente la atención cuatro exposiciones sobre la identidad de los nicaragüenses. Las cuatro giraron alrededor del "Síndrome de Pedrarias" que, antes de sociólogos y politólogos, como siempre sucede, había sido hermosamente trabajado por dos artistas en sendas novelas históricas de alta calidad literaria: Requiem por Castilla de Oro del poeta Julio Valle Castillo y El Burdel de las Pedrarias del poeta Ricardo Pasos Marciaq; ambos, también, invitados al Foro.

El síndrome de Pedrarias Dávila (el español que nos gobernó desde la Colonia y mantuvo una dictadura feroz sobre toda la provincia) ha despertado la curiosidad de los cientistas sociales para explicar muchas características políticas y culturales de los nicaragüenses, a propósito de la repetición de los pactos entre caudillos en nuestra historia.

Los ponencistas a los que me referiré fueron: El Dr. Emilio Alvarez Montalván (el primero que elevó el autoritarismo nicaragüense a rango de atributo político - cultural); el Dr. Oscar René Vargas (con una obra en prensa que precisamente se denomina el "Síndrome de Pedrarias"); el Dr. Alberto Saborío (un jurista preocupado por el oscurantismo institucional de Nicaragua) y la Licenciada Sofía Montenegro (con un enfoque inédito de género sobre el "síndrome").

· Cómo somos: La Enfermedad

El Dr. Alvarez Montalván, dentro de la tradición del "Nicaragüense" de Pablo Antonio Cuadra y de su "habla" de Carlos Mántica, definió con humor unas doce características que identifican al nicaragüense; entre otras, dijo que somos "expresivos, confianzudos, irresponsables, impuntuales, perezosos, mal hablados, exagerados, mágicos, autoritarios y familistas". De esta última, hizo una tipologización muy rica que envidiaría cualquier antropólog@ para comprender a la familia en este país. Creo que la definición es cierta exceptuando, quizás, la Costa Atlántica. Pienso también, que muchos otros países deben tener una imagen de sí mismos parecida a la nuestra. ¿Qué nos hace diferentes? Al Dr. Alvarez Montalván no le oí en su exposición llamar a cambiar nuestras características. Como buen conservador, se enorgullece de su identidad y tradición. Mataría por impedir que cambiemos.

· Cómo somos y seremos toda la vida: El destino

El Dr. Oscar René Vargas sólo pudo presentar cinco atributos, en la línea del Dr. Alvarez Montalván, de 25 que asegura examinar en su obra en prensa. En suma, dijo que somos prisioneros del "síndrome" y estamos condenados a repetirlo para siempre. Aún cuando quisiéramos cambiar no habría salida. Al parecer, el conferencista, lee la tradición como un destino del que cabría sólo lamentarnos. Es un desencantado que regresa a paradigmas premodernos.

· Cómo debemos ser: La medicina clásica

El Dr. Alberto Saborío exige, dentro de la más pura tradición emancipatoria de la Ilustración europea y el viejo dualismo modernizante norteamericano, que seamos modernos en el respeto a las instituciones; que cambiemos lo que somos (atrasados, agrarios, comunitarios y mágicos) por lo que debemos ser (modernos, institucionalizados, amantes del Estado de Derecho y racionales). Es un optimista que desea lo que precisamente nos tiene aquí (y así) ahora.

· Otra medicina (alternativa):

La licenciada Sofía Montenegro, por último, explica el "síndrome" como el fruto de una violación que fuimos objetos en nuestras ancestras indígenas. Desde entonces sufrimos la ausencia paterna (un poco como Octavio Paz dice de los mexicanos) que nos define y nos hace autoritarios y patriarcales. La base de esta explicación sirve para justificar la redención (esa necedad judeocristiana y racionalista) de un género (que sólo mira la mitad de una esfera) por el otro (que mira las dos) desde la lucidez de una vanguardia ilustrada que nos impondrá la luz a machos y mujeres alienadas. El feminismo es la única hija rebelde, pero tardía, de la Ilustración y sus valores de salvación, ejercidos hasta ahora en exclusiva por sus hermanos varones, por medio del uno mismo (liberalismo) primero; de emancipación de la Humanidad (Iluminismo) después; de la nación más tarde (fascismo); de las clases (marxismo) ayer; y, hoy, del género, la naturaleza y l@s otr@s. No dejan de ser continuidades de la idea primitiva de ganarse la gracia. Una gracia, por supuesto, secular y atea. Es una bella promesa ilustrada con otra fórmula más para redimirnos.

· Ni enfermedad, ni destino, ni medicinas: Sólo aceptarnos.

Conozco sólo tres modos de cómo se mantienen vivas las culturas: a) las culturas que lo primero que enseñan a sus hij@s es a atacarla (el Occidente crítico es la única que conozco); las que se hacen "las muertas" (wakon yosai) para aprender del más fuerte (la japonesa) y las que esconden su fortaleza en una debilidad perpetua, las que siempre dicen estar a punto de extinguirse y se mantienen (como los mayangnas en Nicaragua y sus pares de Brasil, Australia y el Africa Negra).

Hay una cuarta, como la budista, que es la que elimina todo deseo y búsqueda y parte del principio de aceptar lo que "es" o "somos". Sobre esta última es que me sirvo para reflexionar.

La fuente de nuestras desgracias, probablemente, está en buscar cómo reducir una brecha que, por el sólo hecho de querer cerrarla, se mantiene abierta. Lógica del dualismo. Si por un minuto todos los nicaragüenses aceptáramos lo que realmente somos (esa foto que nos tomó jocosamente el Dr. Alvarez Montalván), pero no como un destino, y, además, sin buscar ni desear cambiar, hacia arriba, abajo, adelante, atrás, a la derecha, a la izquierda, por medio de los hombres o las mujeres, tal vez, cambiaríamos; mejor todavía, nos disolveríamos en el "es" de las cosas, los seres y el cosmos.

Desaparecería el cambio porque desaparecería la identidad o al revés; una cosa no existe sin la otra. El dualismo se disuelve y regresaríamos donde todo sería quietud, silencio, como han estado desde siempre Tepeu-Gucumatz, nuestro Zeus maya, con todos los demás dioses que se escriben con minúsculas, porque no son los nuestros. En lo más profundo de nuestra identidad ya han estado presente siempre los otros y las otras, porque sencillamente somos todas las cosas y los seres.

¿Qué es lo que mantenemos como propio, entonces, si dejara de identificarnos un grito alrededor de una ciudad cuyo nombre es réplica de una que ya existe en España (!!!Viva León, jodido!!!) y de una tribu africana que resistió al colonialismo holandés (!!!Viva el Bóer!!!) para identificarnos con un deporte que nos fue impuesto?

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