viernes, 13 de noviembre de 2009

La Judea de Mel Gibson *

EL SENTIDO DEL DOLOR EN NUESTRA CULTURA

Por Freddy Quezada

Para estas cosas se prepara un sociólogo. Sueña, desde que es estudiante, con poder explicar los nuevos fenómenos sociales, desde los paradigmas en que más cree. Así lo hicieron también sus viejos colegas al reflexionar sobre el fenómeno “Beatles”, la TV, los hippies, el feminismo, el anticolonialismo, el vanguardismo y otros movimientos que generaron el asombro de las generaciones testigos de tales corrientes emergentes y aparentemente súbitas.


¿Por qué esa marea de espectadores para ver algo que ya saben, veneran y, a veces, y pocos, practican? ¿Qué hace, como un Tsunami, que se levante una ola gigantesca en todo el mundo, al menos en el mundo Occidental, por ver una especie de Judea de pueblitos (incluyendo la expiación en la cruz que interpreta Caviezel, convertida por nuestros actores populares, como en el “Jesús del Yanke”, en un vómito sobre la muchedumbre, fruto de la borrachera del día santo anterior) colonizados por España y Portugal, con una suerte de Rocky sangrante y grogui en el papel principal? ¿Dónde está la magia de un film que, cuadro a cuadro, diálogo a diálogo, reproduce esos retablos en madera de La Pasión, que todavía guardan las iglesias en el interior del país y que recuerdan mi niñez cuando, megáfono en mano, los antiguos sacerdotes salían a las calles para narrar las estaciones, empezando con el clásico “Jesús cae por primera vez. En aquellos tiempos...” ¿Qué hace que una masa impresionante se sacuda como si vieran por primera vez o no se imaginaran el dolor sufrido por alguien azotado y crucificado?

Yo, cuando subo a un bus de Managua y bajo más maltratado que el Cristo de Gibson, me pregunto por qué nadie se escandaliza y a nadie conmuevo. Pero así hay miles en este país y en otros, que han rutinizado el dolor hasta hacerlo desaparecer, a fuerza de repetición, peso en número y espectacularización en medios de comunicación.

La refascinación por el dolor de unas generaciones que han desdolorizado (de dolor no de dólar, jóvenes) los iconos más profundos y seminales de una cultura que, por perseguir valores que se auto impuso con rigor, terminó por ser cínica, lúdica y calculadora.

El efecto no deseado, previsto o imaginado por Gibson, más allá de asegurarse el reembolso de sus ahorros en riesgo y honrar el fundamentalismo católico de su padre, es que devuelve un dolor original (a punta de unos azotes que, en otras manos y en otras películas, parecían más bien caricias en la nuca y, cuando querían ser crueles, se presentaban débiles y compasivos) a una época descafeinada por todo el hedonismo que nos envuelve. Los chicos y chicas de nuestra era, no saben qué es sufrir desde los iconos fundacionales de su cultura, que les produjo el consumo y publicidad impidiéndoles verlo. La repetición no sólo crea series performativas, como creen esas autoras (Sedgwick, Wittig y Butler) que hasta ahora descubren los principios más elementales de la socialización del aprendizaje, sino que también satura, desgasta y borra todo origen.

El dolor más profundo en el que cree nuestra época es en la pérdida de poder. Nada es más humillante que ser un perdedor, ni la muerte de seres queridos y amados, ni los golpes más lacerantes, se le pueden comparar a perder o debilitarse el dominio que ejercemos sobre otras personas o cosas. Alguna vez Maquiavelo entendió bien el asunto, cuando dijo que uno puede olvidar la muerte de sus padres, pero jamás la pérdida de su patrimonio. La cultura occidental produjo su opuesto y ahora se asusta.

Todo se parece al matarife amnésico de aquella novela clásica (¿de Chandler o Hammet?) en que se encuentra, de pronto, con un cuchillo en la mano en el escenario sangriento y no puede reconocerse en medio de la ejecución que él mismo ha desencadenado.

El Corán, la Biblia, La Tora, le asignan un sentido al dolor de los justos, inocentes y víctimas que, sin él, sería inexplicable. No es posible, por ejemplo, que un niño o niña sufra, mientras no existe castigo para el responsable o recompensa para las víctimas. No es posible que el dolor, sobre todo el de los inocentes, no tenga un significado. ¿Qué es de estas sociedades que han perdido el significado del dolor de los demás, si ya olvidaron hasta el de su propio fundador, reducido a un rito coronado por un pedazo delgado de pan y la toma de una pinta de vino, para transferirlo al poder por el poder mismo? Si nadie puede por impotencia, indiferencia o conciencia, defender a los débiles, justos e inocentes, entonces es hora, otra vez, de los redentores y profetas auténticos que insisten en hablar en nombre de los demás. A mi juicio, el dolor humano no tiene sentido alguno. Sé (y la conciencia de una cosa nunca la resuelve) que es una crueldad extrema reconocerlo pero, al mismo tiempo, es la mayor lucidez de quienes se resisten a dejarse reencantar, otra vez, con las mismas promesas de siempre. El dolor sin redención, secular o religiosa, no tiene, no debe y no puede tener sentido. El dolor por el dolor mismo es un acto disolvente.

El dolor es la fuente por excelencia que sirve de vehículo para asignar sentido trascendente y prometeico a la existencia humana; es el sentido que comparten todas las grandes religiones a excepción, como tiene toda regla que se precie, del budismo y el taoísmo, que le dieron al dolor otro enfoque, vinculado al placer que, al ser buscado, precisamente lo produce.

Si Gibson logra lo que no se propuso en primer instancia, refascinar a Occidente, en medio de una fiebre por el placer, para ver de frente su otra cara, el dolor, podremos decir que estaremos asistiendo, sin saberlo, ni desearlo nadie, a sentar las bases desde el origen de las nuevas utopías que vendrán y que han fracasado, hasta hoy, por querer sustituir a las viejas desde el final y no desde el principio. Valores aurorales y profundos como la solidaridad, sensibilidad, fraternidad, compasión, piedad y el amor entre enemigos, que ya una vez tuvo Occidente y cuyos excesos lo llevaron a olvidarlos, pueden de nuevo limpiar, por un minuto aunque sea, antes de que todo vuelva a repetirse, a las sociedades.

Si fracasa a medias, a Mel Gibson (hace poco ese peludo con faldas a cuadros sobre un caballo y con la cara de bandera de “hincha” de fútbol europeo) lo recordaremos vagamente sólo como un director morboso de una escena en la que castigan la espalda de un hombre bueno, hasta dejarle más rayas que una falda hawaiana; si fracasa totalmente, creerán dentro de poco que “La Pasión” fue de James Cameron con un Silvester Stallone cargando una cruz de poroplast, en medio de un charco de tinte rojo de utilería para sacrificio de piaras.

Si tiene éxito, figurará todas las semanas santas que le quedan a la Eternidad, junto a “El Manto Sagrado” , “Ben Hur”, “El Mártir del Gólgota” y “Los 10 Mandamientos”, como películas clásicas para entretener a abuelitos los días de guardar.

En lo que me concierne, suelo definirme, en un sentido procesual, cada día, como menos ateo. Incluso, mi compañera creyente, cada vez que me invita a acompañarla a la iglesia, desata en mí, por medio de una ritualidad que me hunde en la infancia, un profundo amor y respeto por ella y sus convicciones, y la conmoción que siento logra ser derrotada, siempre, por un silencio sagrado.

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