domingo, 15 de noviembre de 2009

La serenidad del cerote

La venganza de la política

—Por Freddy Quezada—

(10 tesis contra las modas que yo mismo defiendo)

Este trabajo se iba a llamar "La Gelassenheit (serenidad en alemán) del Cerote", ya se enterarán ustedes de las razones al final del mismo, pero en honor al respeto debido a unas buenas costumbres en las que cada vez creo menos, y sobre las que no tengo derecho de asumir que compartan mis reservas sobre ellas, decidí no hacerlo.

Tal vez el temor de una descalificación apresurada a lo que quiero decir, me obligó a llamarlo con ese término aburrido y vulgar de "La Venganza de la Política" que sonará a oídos de los jóvenes, como a la gente de mi generación sonaba "La venganza de Santo el Enmascarado de Plata", en blanco y negro, en medio de la masa de películas norteamericanas de sexo (con aquellas manos de Anouk Aimé abriéndose y cerrándose con lujuria en "Un Hombre y una Mujer"), de guerra (con la caída final de Frank Sinatra en "El Expreso de Von Ryan" donde muere como angelito nalgón sobre los rieles) y de vaqueros (con aquella armónica melancólica de Charles Bronson recordando la muerte injusta de su padre en la horca), todas en Cinemascope, que preferíamos.

Para este Simposio, originalmente tenía preparada una ponencia sobre la excelente obra de Erick Blandón "Barroco Descalzo" que se la puede encontrar en el web site del profesor Fernando Vallejos Suárez http://espanol.geocities.com/justoferva/barro.html

Pensé, sin embargo, que no valía la pena presentarse a un Foro en que se debatirán temas candentes y de agenda nacional, con algo sobre lo que otra persona ha pensado o dicho, por muy impresionante que sea. Sí, confieso, que la mayor parte de estas ideas fueron el fruto de un intercambio en una pequeña tertulia donde participaron mi compañera, Aurora Suárez, Erick Aguirre, Marlen Chow, Margarita Antonio, el propio Erick Blandón, como anfitrión, y yo.

Sé que muchas de estas tesis, están exactamente en contra de la mayoría de cosas que he defendido hasta hoy. Pero, qué le vamos a hacer, el primero de todos los derechos que gobierna esta época, y el que hace temblar a todos los demás, es el de cambiar de opinión.

Primero: la política en su ruina, quiebre entre representantes y representados, trasladó la ilusión de avance, participación y conciencia al lenguaje. Digamos que su desaparición fue el precio que pagó la filosofía de la conciencia para reinar en la del lenguaje.

Segundo: la modernidad al producir a sus gemelos enemigos: el hipócrita (el que no hace lo que dice ni dice lo que hace) y el cínico (el que dice lo que es renunciando a cambiarlo), defendió al primero, mientras la postmodernidad, en cambio, empezó a favorecer al segundo. Entre ambas se mantuvo, sin embargo, la idea que se tenía de la conciencia como fundamento para resolver y superar una situación por medio de la acción, así este principio continuó en el nuevo reino de la diferencia de un modo imperceptible.

Tercero: pero la conciencia sobre algo sólo nos permite el dolor de ella, como dijo Rubén Darío (me prohibí ser uno de los necios que no lo dejan en paz y ya ven) en uno de sus poemas más filosóficos, y nadie garantiza que se solucione algo. Unir una cosa con la otra (la conciencia con la acción) fue el gran fracaso de la modernidad. La postmodernidad continúa el mismo esfuerzo, pero desde los fragmentos del espejo roto.

Cuarto: la conciencia de la diferencia se ha expresado parcialmente en el derecho, pero no en la realidad. Un código de la niñez, una ley de igualdad de oportunidades, una ley para la discapacidad, o unos derecho de culturas propias no han mejorado las cosas, lo que han mejorado es la idea que tenemos de su desigualdad. No hay avance, sino la lucidez de un horror. No porque llamemos a alguien afroamericano o le pongamos otra vocal o plecas a los términos masculinos, mejora la situación de estas personas. Pero es la acción de estos movimientos sociales y el respeto al derecho ganado lo que nos hace creer que estamos mejores que ayer.

Quinto: la doble moral de lo "políticamente correcto" hace del lenguaje el nuevo instrumento de represión para trasladar los complejos de culpas hacia los narradores performativos. Lo que no pudo cumplir la política clásica moderna, lo heredó como obligación a los fragmentos sociales postmodernos por medio de la conciencia de la diferencia. Debemos sentirnos culpables, si no decimos, por ejemplo, "compañeros y compañeras", si definimos a la noche como "negra" y no como "oscura" y si llamamos "comelones" a los que han elegido una opción sexual distinta a las mayoritarias. Se cerraron las válvulas de certezas alienantes de ayer para abrir las cadenas del respeto a la diferencia... en el lenguaje, hoy.

Una feminista 1 puede hablar maravillas en las conferencias de Pekín y en las de Nueva Delhi, pero antes de salir hacia el aeropuerto de su país, ha abofeteado a su criada porque no le alcanzó el rímel para sus pestañas.

Que le diga "mayangna", "miskito" o "creol" a un nicaragüense me permite una de dos cosas: que es diferente y me desobliga en ayudarlo o que sólo puedo ayudarlo hasta donde no lo ofenda, pero en los hechos no hago nada porque la conciencia en el lenguaje me ha liberado de una responsabilidad que sólo debo cumplir como acción si es mi grupo el que reclama derechos.

Sexto: ahora la realidad se levanta contra el arte. Es cierto que la crítica literaria ayudó mucho a las disciplinas tradicionales a imaginar nuevos paradigmas, pero fueron los críticos literarios no los artistas; los teóricos, no los creadores. La creación ahora está siendo la víctima del derecho. La justicia, como el horizonte del derecho positivo, está contra la libertad negativa, como la definía Isaiah Berlin. La libertad siempre ha sido insultante, ofensiva y destructora. Es negativa. Cuando el arte, creador destructivo por excelencia, sea visto, como ya empieza a suceder, como "políticamente incorrecto" por los teóricos de la diferencia y los juristas normadores, el verdugo emergerá dentro de las víctimas y tendrá que matar al propio Cristo para salvar la Iglesia, como aquel famoso diálogo dostoievskiano entre el Inquisidor y Jesús, acusado de hereje, que será sacrificado conscientemente por sus propios herederos. Ya no podremos decir cualquier boutade, ni pensar, por ejemplo, como dijo una vez Sábato, que Sartre había escrito toda su obra porque era feo y estrábico y correría hoy a callar sobre su rostro y a enderezarle la mirada con un brochazo. Patrick Suskind tendría que reformar todo el lenguaje de "El Perfume" para no insultar a Jean Baptiste Grenouille, su propia criatura, taponeándole la nariz, Víctor Hugo vendría a corregir la joroba a Quasimodo para respetarlo y Virginia Woolf, para quedar bien con todos, tendría, como en efecto hizo en su obra, quitarle y plantarle el chorizo a "Orlando", pero esta vez a solicitud del humor del movimiento social de turno. Hay derechos para todos, menos para los creadores que los originaron, que están a punto de perder su conquista favorita, el derecho al escándalo.

Séptimo: ¿Volveremos a la igualdad? No podemos, desde donde no hay más que ilusiones, regresar a aquella otra que fue la que nos empujó lejos de ella. Ir ahora de las diferencias a la igualdad es el regreso de los cobardes que aterrados a mitad del camino quieren regresar a casa. Seguir hacia adelante, hasta el fin, es descubrir la inutilidad del sentido a través de él mismo.

¿Será que el punto de la ruptura, hasta llevarnos navegando al caos, será el propio lenguaje como silencio, ya que si "todo está dicho" para qué seguir hablando, y que, al igual que la política, el lenguaje agoniza, ha perdido su propia identidad? La locura de Occidente sigue persiguiéndonos: como el Hijo Pródigo, debemos perder la cosa que ya tenemos para encontrarla.

Octavo: las igualdades distintas (propias de la modernidad) y las diferencias de lo mismo (propias de la postmodernidad) se anulan por estar las dos simultáneamente en ambos lados, pero, sobre todo, por ser invenciones del poder que, a su vez, es el invento de los inventores. De aquí su opacidad; su naturaleza inasible, fugitiva, que cuando se sitúa en un segundo grado de observación para reírse de todos, siempre tendrá a mano un tercero, este un cuarto y así hasta el infinito. Y toda la cadena, sin saber que el eslabón primario también puede reírse de los que se creen por encima, como le dijo aquella sencilla muchacha que se carcajeó del filósofo que se cayó en un hoyo: "Tales, tú quieres saber los misterios del cielo y ni siquiera sabes por dónde caminas".

Noveno: ¿Se puede romper el poder con los contrapoderes que, irónicamente, lo refuerzan y continúan al desafiarlo y, a veces, sustituyéndolo? Si contestamos sí, estamos dentro; si contestamos no, también estamos dentro. ¿Dónde está el punto de ruptura? Bastonazo zen.

Décimo: sabiendo que en la sociedad igualitaria siempre hay "unos más iguales que otros" y que, en las libertarias, siempre hay "unos menos diferentes que los demás", es decir, que entre más igual es uno que sus semejantes tendrá, en el primer caso, un poder de definir a los demás; mientras que el menos diferente que los otros grupos (como el que no habla y el que viene de ser dominante), en el segundo, pierde en identidad lo que pierde en derechos que exigir. La expresión, por consiguiente, "igualdad en la diferencia" o "diferencia en la igualdad" no es más que un juego de palabras que, además de anular todo tipo de diferencias reales, disuelve el verdadero poder. En consecuencia, ni la igualdad, ni la diferencia, ni la acción, que une a ambas. Sólo un dejarse ir en la corriente, y aunque todos sepamos de dónde haya salido y nadie hacia dónde vaya por la velocidad de nuestros tiempos, lo diremos: dejarse ir en la corriente como un sereno y bello cerote en avenida. Muchas Gracias.

Septiembre 2003

1 Judith Butler, la mejor de las feministas, hasta hace poco se enteró que el término "mujer" no existe y que todo el feminismo ha dado vueltas alrededor de una definición imaginaria de un poder performativo sin género.

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