viernes, 13 de noviembre de 2009

Los tres nuevos Daríos

RUBEN DARIO A LA LUZ DE LAS NUEVAS TEORIAS

PROLOGO

LOS TRES NUEVOS DARÍOS

Reobservando al poeta, que una vez comparé con el Marlon Brando de “El Padrino”, en ese retrato suyo con la mano en la mejilla que figura en los billetes de cien córdobas, ahora reparo en que parece más bien estar orgulloso de mostrarle a las señoras un anillo de casado que no tiene. No hay nada que cambie tanto como el pasado. La idea que el pasado se mantiene intacto es un mito de la imagen moderna del tiempo. Con la crisis que ha sufrido la modernidad en todos los órdenes, los tiempos se han vuelto intercambiables. Los pasados se nos presentan de acuerdo al paradigma dominante que logra derrotar en el presente a los viejos y reina hasta que es destronado a su vez. Pero, además, en Nicaragua, y en general en los países postcoloniales, los tiempos también se yuxtaponen uno encima de los otros como palimpsestos, de tal modo que las visiones no pueden ser puras. Ahora, con unas matrices teóricas nuevas se interpreta en esta obra, que me honro en prologar, a un Rubén Darío que es un fundamento en Nicaragua y cuya inmovilidad eterna, por oposición, manifiesta el cambio, sean los que sean los paradigmas que se usen para interpretarlo.

Venimos de conocer y ser bombardeados por los otros Daríos: el preciosista, el modernista, el enemigo de los vanguardistas, el mestizo, el antiimperialista, el amante de las cosas viejas precolombinas, el diplomático y el liberal. ¿Qué nos hace estar cambiando el mismo pasado que nos condiciona, a su vez, para ver las cosas? ¿Qué significa cuando cambiamos una vez más el pasado? ¿Que estamos perdiendo? ¿La oportunidad de ver las cosas como son, en su silencio, en su vacío, sin decir ni pensar nada, será el último paradigma antes de disolver todo? ¿No ver atrás ni adelante, arriba ni abajo, ni en frente, a las cosas y las personas, sino en su singularidad sin opuesto, será concebible alguna vez?

En esta obra hay tres Daríos que luchan por hacerse notar y reclaman asiento propio en el concierto de los nuevos modos de enfocarlo. Ellos son: Rubén Darío como defensor de la cultura oral, popular, combinada con la alta cultura y la de masas, a través de su ejercicio periodístico. Un segundo Rubén, marcado por la crisis del progreso y del sujeto, propios de la postmodernidad y, un último, que está apenas despuntando entre la postcolonialidad y el postoccidentalismo que se debate actualmente en las universidades norteamericanas y europeas, protagonizadas por intelectuales llegados de las antiguas colonias de todos los países europeos.

El primer Rubén, el de la cultura popular y el periodismo como género híbrido (el periódico para el moderno era el complemento ligero del libro, hoy, en cambio, es la trinchera para dictar agendas, que no siempre logra, a la radio y a la televisión) nos recuerda el viejo debate de las tres culturas entre los franktfurtianos Walter Benjamín y Adorno/Horkheimer que terminó siendo reabsorbido por el cruce de los estudios culturales con los estudios de la comunicación contemporánea. Carlos Midence nos presenta con bibliografía actualizada, y una perspectiva interesante, a este Darío. La cultura que hoy domina el mundo es la cultura de masas cuya tiranía ejercida por la publicidad mundial subordina y refuncionaliza a las otras dos: la popular y la de elite. Si bien la televisión, el cine, el cable y el video han triunfado, la prensa escrita ofrece resistencia y venganzas imponiendo desde sus lógicas escriturarias, la agenda de los medios en general. La imprenta no ha muerto, sólo se ha introducido dentro del nuevo formato audiovisual. Quizás ello explique esa obsesión de los intelectuales de hoy por figurar en la televisión, a veces más que en las portadas de libros, o en las páginas de los diarios y revistas. La cultura popular, como esas tradiciones orales, agrarias y coloniales que ocupa el poeta en sus primeros cuentos y algunas poesías, y que son el eje de las reflexiones de Midence, se ven recuperadas por los nuevos formatos que no las eliminan ni desaparecen sino que se refuncionalizan dentro de la nueva tecnología, incluso, a veces gozan de la oportunidad de vengarse del silencio y desprecio impuesto por la imprenta y el reino escrito. La cultura de elite, por su parte, vive no la época de la reproductibilidad mecánica, como creía Benjamin, sino la de la electrónica con un resultado sorprendente: la desaparición del original, el rebajamiento y humillación del arte clásico.

Los media transmiten en gran parte cosas sin importancia. Creo que Marcel Proust fue el que una vez se preguntó para qué queremos comunicar más rápido un chisme. Qué ganamos con enviar a mayor velocidad y a un mayor número de personas, un volumen increíble de información inútil. La velocidad, es cierto, no anula y no está por encima de una narración y esto es lo que explica que se mantenga el sentido esta vez en las películas y series de televisión. ¿Pero qué nos obliga a perseguir el perfeccionamiento de las imágenes? ¿Resultará que ahora el mapa a escala 1 a 1 que obsesionaba a Borges, y en general a la correspondencia como verdad del objeto con el sujeto en la modernidad, está a punto de coincidir con un original que nunca existió? El mismo mapa en todas las escalas siempre fue el auténtico. El uso de las cosas ha sido siempre la verdad.

En cuanto al segundo Darío (el postmoderno), el sujeto, el progreso y el “Faunida”, que son los ejes de este segundo corte en la propuesta de Midence, se atacan los principios más profundos de la modernidad y el autor cree ver señales y alusiones en algunos poemas y piezas narrativas del poeta. Vivimos en la época que dominan tres actores ubicuos y sin rostro pero muy poderosos: Los media, el mercado y la democracia. No son muy diferentes de los que dominaban el contexto del Darío vivo. En vez de INTERNET, desde luego, la fiebre era el telégrafo y un poco más tarde el teléfono (que también eliminaron el espacio) y en vez de los aviones, los trenes y barcos; el mercado era un poco menor y la democracia industrial ha dejado de estar amenazada por un socialismo pujante en la época del poeta pero hoy sustituido por millares de movimientos sociales. El progreso, liberal ayer, neoliberal hoy, en suma, no fue recibido a ciegas por Rubén. Mantuvo, según la versión de Midence, unas reservas que lo ubican en contra del racionalismo instrumental propio de las ingenuidades de la época y la recuperación de las tradiciones precolombinas. Elementos necesarios, aunque no suficientes, para determinar a Rubén Darío como un intuidor del postmodernismo en su acepción sociológica. Darío presintió que el progreso trae consigo sus propias necesidades y que mientras mantenga su carácter endógeno, es decir lineal, pueden admirarse sus bondades. Todo el problema del progreso, del “desarrollo” como se le conoció después de él, es cuando llega con sus frutos y resultados a regiones y países que no los invitan , no los buscan y sobre todo no los necesitan, pero se les impone en nombre de la comodidad y el confort de la gente feliz de sus países. Se abre desde ese momento una relación de poder mucho más allá que las meramente económicas. Nos dicen “una sociedad sólo se plantea problemas que puede resolver”. Pero, al imponernos soluciones que no necesitamos, por cada problema que se resuelve aparecerán cinco problemas nuevos más. Así como nadie necesitaba relojes en el siglo XV, nadie necesitaba televisores en Bismuna, una comunidad miskita en la RAAN de Nicaragua, por ejemplo. Pero ahí están. En un tiempo a esto se le llamó desarrollo desigual y combinado pero era cuando se hacía del modelo industrial y, hoy de punta, una virtud que debía subordinar a todo lo que desde él fuera atrasado, inferior, agrario, primitivo y bárbaro. Ahora se nos presenta como imponiendo algo donde el sistema mismo aserra la rama donde se sentará. Destruye el sentido que necesita para imponerse. Lleva su “felicidad” donde destruye la ajena para venderla.

Una línea que comparte la modernidad en sus tres variantes liberal, marxista y neoliberal es la economía como dimensión clave, sea en el mercado, en la producción o en el consumo. Siempre este sobredimensionamiento de la economía ha tenido rivales desde el arte, la religión, la sociología, la antropología, el psicoanálisis y la cultura pero no la derrotan. ¿Por qué? La postmodernidad es la única corriente que puso ante nosotros el asunto de la identidad y el sentido de las narraciones con mucha más fuerza y poder que las disciplinas que venían haciéndolo desde mucho antes. Pero al parecer han sucumbido estos asuntos por la fuerza que la misma postmodernidad comparte con la modernidad en el ámbito del consumo, la economía, la producción, que su rama neoliberal ha copado. Los postcoloniales y los postoccidentales, basados en parte sobre aspectos postmodernos, han vuelto a la dimensión socioeconómica y geocultural. Este es el último Darío que veremos en el enfoque de Carlos Midence.

Un único ensayo cubre este aspecto de un Darío que el autor aún no sabe inscribir en las coordenadas del postcolonialismo o el postoccidentalismo que ameritan una explicación que aún sus propios autores no se encargan de precisar con mucha claridad. El postcolonialismo es como la venganza ilustrada, desde las universidades del autodenominado “Primer Mundo”, contra la Ilustración europea y sus sucedáneos, en todas las dimensiones que uno pueda imaginar. El postoccidentalismo, por su parte, no es más que postcolonialismo pero referido al papel que España y Portugal (y después EE.UU) jugaron como potencias coloniales modernizadoras en la formación de las imágenes que nosotros los latinoamericanos tenemos de nosotros mismos y de los demás. Quizás por el carácter experimental, provocador e inédito, este ensayo sea el más polémico y el que sea sometido a duras pruebas por los especialistas que supondrán abuso y confusión en el uso intertextual del amor del poeta por las cosas viejas americanas y un anti-eurocentrismo larvario y tangencial.

Si algo queda por agregar es que el papel de los intelectuales está de nuevo en discusión entre estas corrientes. Autores como Carlos Midence, que la conocen muy bien, saben que cada vez es más difícil justificar el papel de los intelectuales como los intérpretes de los subalternos que no pueden hablar. En lo personal, me parece que los intelectuales, dentro de los que me incluyo con mucha vergüenza, son los fabricantes de los blancos a los que disparan los amos. Son los que le sirven la cabeza de los esclavos a sus señores. No sirven más que para jugar entre ellos, en vez de dedicarse a hacer algo material, práctico y útil para que alguien menos abstracto que la Historia, la Humanidad, el Desarrollo Sostenible, la Equidad de Género, como los parientes de uno, por ejemplo, nos recuerden. Inventamos conceptos, métodos, instrumentos, actores sociales y naturales para superarnos los unos a los otros. ¿Cómo puede saber alguien qué piensa y quién es un homosexual con delantal y con los brazos en jarra en una calle de Managua?

Tribus nómadas, modo postmoderno para evitar decir "vagos", resérveseme un lugar especial entre ellos, los intelectuales sólo sabemos envidiarnos en vez de tomar un serrucho, un martillo y unas tenazas para reparar algo en nuestras casas, en las vecinas o en la de los desconocidos que decimos amar tanto. Un niño de la calle, por ejemplo, no es nada de lo que dicen y se imaginan los defensores de la niñez. Son personas que saben luchar y se defienden en la calle mejor que cualquiera de nosotros. Y son tan peligrosos con el extraño/a, como nosotros los somos para ellos.

Hubo una época, que espero regrese otra vez, en que un gran dirigente chino y otro kampucheano, en nombre de francas estupideces marxistas, los enviaron a trabajar a todos en las cosechas agrícolas del país, el uno, y a vivir en el campo, para siempre, el otro. Que les costaba decir a los dos dirigentes asiáticos, que hoy recuerdan con horror sólo los cobardes, que todos los intelectuales eran castigados por ser lo que eran: holgazanes sin oficio ni beneficio.

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