viernes, 13 de noviembre de 2009

Meditaciones Fragmentarias

DE CÓMO AL ESTAR LO GLOBAL EN LO LOCAL (Y VICEVERSA), UNO Y OTRO DESAPARECEN

Por Freddy Quezada

La última obra del Dr. Alejandro Serrano “Meditaciones Fragmentarias” me invitan a efectuar algunas reflexiones sobre el contenido y la forma de esta obra. El aforismo es un estilo muy postmoderno, a pesar que no sea ni propio de la cultura occidental (los “haiku”, “koan” y en general las sabidurías “orientales” las preceden ) ni nuevo (en la Grecia y Roma clásicas se cultivó con esmero).

Es una forma de expresar ideas telúricas y sacudidoras. En cuanto a su contenido, su efecto debe ser instantáneo y estremecedor, al mismo tiempo que nos obliga a reflexionar sobre la pertinencia y, muy a menudo, las paradojas a que se ve sometido el pensamiento y el lenguaje. En obtener estos efectos siguen siendo insuperables Nietzsche y Cioran.

Si no logra este efecto, el autor corre el riesgo de parecer responsable de repetir lugares comunes o pasar como autor de ideas simples y sin novedad. Supongo que los jóvenes deben fascinarse por un estilo que le viene bien a sus prisas y perezas, pero también a su curiosidad y deseos de saber en, digamos, “tabletas complejas”.

El Dr. Serrano, a mi parecer, logra el efecto. Veamos este aforismo: “La duda absoluta es una certeza”. La base misma de la modernidad, que inauguran Descartes y Hume con este principio auroral, al aplicarse a sí misma su racionalidad, se muerde la cola porque, al derrumbarse, ha terminado por ser lo opuesto y lo mismo:

“La certeza es una duda absoluta” (pero también la incertidumbre). Como todas las cosas, la una siempre estuvo en la otra. Y la modernidad, como las otras épocas inventadas por ella, no pueden advertirlo porque los fundamentos siempre han sido una excusa para la acción, la verdadera esencia de nuestra cultura ( “La inacción es la muerte del ser” – nos dice un Dr. Serrano claro del asunto, pero dolorido al descubrirlo).

Cuando una cosa se encuentra en la otra y, al revés, esta se encuentra en aquella, por fuerza conceptual las definiciones tienen que desaparecer y dar paso a algo que no podría más que experimentarse sin conciencia, que siempre se ha medido a través de un “otro”, siempre más fuerte. La comparación es la medida de las cosas. Es como darle la vuelta a la frase de Unamuno, que el propio Dr. Serrano nos recuerda, y que terminaría por ser así: “La inconsciencia es una salud”.

Si las miserias de la globalización se hallan en los gettos de las megalópolis y sus riquezas en las élites de nuestros países. Si hay pobres en los países ricos y ricos en los pobres, Nortes en el Sur y Sures en el Norte ¿cuál es la diferencia sino una cantidad? Y, que sepamos, las cantidades expresan “grados” no “naturalezas”.

Las clases medias altas de “Latinoamérica” (sigo preguntándome si existe este invento francés) se parecen más a las norteamericanas que a los propios desempleados y sectores populares de nuestros países, más emparentados con los mendigos, inmigrantes y “homeless” de los países ricos. Si en cada punto de las coordenadas está siempre la “glocalización”, no puede ser que “algo” que no sea ella misma esté por encima.

Es decir, si “todo está en todo”, las “partes” (en sentido cartesiano) desaparecen, pero también, por alteridad, el “todo” que teóricamente les dio origen, siendo que uno y otro no existen pero, para saberlo, hay que hacer este absurdo viaje de ida y vuelta.

“No hay que olvidar que si hay sombras es porque hay luz”. De tal modo que cada uno de los fragmentos del Dr. Serrano, por ejemplo, encierran todo el universo de sus meditaciones, al modo de las “polvaredas cantorianas”. Los matemáticos decían, a propósito de estas paradojas, que todos los números ya están entre uno y otro. Es imposible e inútil, entonces, contar. Y el infinito si está entre cada número y fuera de ellos, entonces no hay “adentro” ni “afuera” y el mismo infinito se anula al empezar a contar, porque no se puede pasar del primer número al siguiente.

Entonces, si el “todo está en todo”, la vieja fórmula holística, por qué molestarse en definir, salvo que sean actos de fuerza para subordinar a los esclavos, algo por definición “inseparable”.

Si los poderosos tienen la capacidad que, por definición tienen, de definir a sus desiguales y estos últimos se creen el cuento para devolverlo como “fait acompli” , cómo se supone que rompamos el círculo.

La complejidad del asunto ya se está extendiendo al campo de las identidades, hasta el grado de sospechar que el “otro” o la “otra” no existe, más que como invento de quiénes pueden definir desde el poder, las academias, los medios de comunicación, las iglesias, los ong´s (cuyo negocio principal es precisamente definir nuevos actores sociales), los centros de investigación, los intelectuales, y cuya eficacia se mide por el grado de aceptación, rapidez y profundidad con que los “definidos” devuelven el recurso.

Se sabe que a la pregunta sobre identidad ¿qué somos? La modernidad siempre ha respondido: “lo que queremos ser”. Esta es la base de toda la concepción habermasiana de modernidad como proyecto inconcluso, buscando una razón comunicativa (versión semiótica de la vieja racionalidad sustantiva de Weber) que domine a la instrumental, sin enterarse que aquella siempre origina a esta.

Si somos lo que queremos ser, entonces no desear algo o alguien, nos anula, no somos nada. En esta concepción, la identidad debe venirnos siempre de los fines que perseguimos, es decir, es un medio que debe su contenido a lo que se propone. Cuando se cumple, en las pocas veces que ocurre, tiene que seguir deseando más para mantener la identidad o defender lo alcanzado frente a los que no lo han hecho.[1] El deseo cumplido, entonces se convierte en un conflicto.

Por supuesto, ahora lo sabemos, la identidad es algo más complejo que estas simplezas aristotélicas.

El Wittgenstein del Tractatus lo vería de este modo: si somos lo que queremos ser, al conseguirlo (es decir, al obtener lo que nos proponemos) nos disolveríamos, siendo, al final, la nada que somos, por definición, al inicio. Es, por la tanto, inútil el recorrido, pero es necesario hacerlo para saberlo, siendo el sentido un sinsentido cuyo secreto más profundo es descubrirlo.

Uno, entonces, está tentado de preguntarse: si somos la nada al comienzo y al final, por qué (contradictio in objecto) molestarnos en la acción de iniciar algo o en preguntas sobre un segmento inservible construido entre un extremo y el otro.

Si los “desarrollados” nos definen como “subdesarrollados” (o los “globalizados” como “lentos”) con sus propios indicadores, jamás podremos salir ganando en ningún sentido de este campo de fuerzas. Pero si sabemos que nosotros somos ellos y ellos nosotros, qué nos puede separar más que una fuerza desnuda y oscura que va desde las armas más sofisticadas hasta los lenguajes más abstractos. Algo que, de igual manera, nosotros replicamos frente a quienes queremos controlar. Y no se le puede romper ni oponiéndose ni continuándolo, ni suspendiéndonos por encima de él, porque todas son respuestas que lo alimentan, dado que nos ha educado con sus códigos desde que nacemos y necesita que le respondamos con la memoria que es su secreto.

La memoria es la unidad más pequeña de nuestro ser. Son los chips que cargamos para dotarnos de sentido. Es el sistema dentro de uno. Esta confesión bastaría para detenerme de inmediato y suspender la escritura. Y mi silencio, no como lo “otro” del lenguaje (desdoblamiento de sí mismo y siempre representable), sino como la renuncia del juicio, me obligaría a callar sin saberlo.

Cuando Cioran dice que los suicidas siempre se matan tarde ya que el verdadero problema es haber nacido, quiere decir que el asunto es el aprendizaje que el sistema nos prepara desde que venimos al mundo. ¿Olvidar todo será la fórmula? y ¿atender sólo el instante será la solución? No lo sabemos porque, en todo caso, aunque fuera cierto, serían intransmisibles tales verdades, que se desharían al sólo expresarlas.

Managua, 1 de enero del 2002



[1] Es la lógica del dolor como “placer no alcanzado” y el placer obtenido como el “dolor de prolongarlo y defenderlo frente a los desdichados que nos lo quieren arrebatar”.

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