viernes, 13 de noviembre de 2009

Mi homenaje al Ché Guevara

SAN ERNESTO DE LA HIGUERA VS SAN IGNACIO DE LOYOLA

Por Freddy Quezada

Managua es una ciudad horrible, calurosa, polvorienta y peligrosa. Pero en una de sus calles, tiene dos personajes que la hacen simpática y ambos son un monumento a un lado y una estatua al otro. Casi diría que se miran a los ojos y que en cualquier momento desenfundarán sus pistolas. Cruzando en diagonal tal avenida, uno no sabe si está en los terrenos de una, la de San Ignacio de Loyola, situada en la entrada de la Universidad Centroamericana, o en los dominios del otro, San Ernesto de la Higuera, colocado a la entrada del Centro de Investigación, Promoción y Estudios para el Desarrollo. En medio de ambos tributos, uno se siente entre el FSLN y la UCA; entre NITLAPAN y el CIPRES; entre Peter Marchetti y Orlando Núñez; entre el revolucionario y el jesuita; entre el católico y el ateo; entre el campesino individual y el colectivo; entre Caribdis y Escila; entre el rudo y el técnico; máscara contra cabellera.

Oswaldo Guayasimín pintó, hace mucho tiempo, un Ché Guevara que era más bien como el fruto de un cruce entre Don Quijote y Cristo. La fuerza de luz que ilumina a esos tres señores, por separado, ya juntos, produce un arrebato indescriptible que es una conjugación de fe, ética y locura. Los homenajes de hoy, por el contrario, al guerrillero cubano-argentino no se distinguen mucho de un anuncio de las grandes firmas. Bien podríamos tener un Ché en la Rotonda fumando un Marlboro, o dejando ver en su barba las gotas de sudor para contrapuntear la Coca Cola bien helada que baja por su cuello. O la punta de su viejo mauser rozando apenas la etiqueta roja de sus Levi’s en las selvas de Bolivia.

El monumento al Ché Guevara, fustigado fuertemente por un Editorial de La Prensa, el cual Orlando Núñez cree que lo escribió Pablo Antonio Cuadra, quien también tiene su busto de Rubén Darío en su escritorio, no pasa de ser el testimonio de una época vacía, sin héroes, con lamentos de los intelectuales y ex-revolucionarios por constatar la ausencia de hombres como los de antes. Todo pareciese ser un baile de estatuas, donde nadie quiere hablar en nombre propio. Cada quien detrás de sus indefensos totems dice y hace lo que su voluntad de poder exige.

Al pobre Ché nadie lo invocaba cuando estaban en el poder los sandinistas y ahora todo es ética para la acción, ética para los mocos, para caminar, para respirar, para la derrota...todos reclaman ética pero nadie (tal vez sólo Madre Teresa de Calcuta) la cumple. Es la hipocresía vestida con una boina y un habano.

Le pasa al Ché lo que le sucede a todo muerto venerable, y en general a cualquier cadáver, no puede hablar. No puede decir que lo dejen en paz. Que dejen de usarlo como una máscara para cubrir oportunismos y exclusividades. ¿Quieren ser como él (yo no quiero)? Imítenlo en silencio y sin publicidad. Olvídenlo, no lo necesitan para hacer algo. Nadie necesita ejemplos para cumplir con su deber. Se cumplen o no y se acabó la mierda.

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